EL MISTERIO DE LA DESAPARICIÓN DE MIS MULETAS (VIVENCIAS MÍAS)
Todos damos en la vida algún que otro traspié, o muchos dependiendo de nuestras temeridades o mala suerte, pues esta veleidosa señora toma, muy a menudo mayor protagonismo del que algunos deseamos.
Cierta mañana, cuando iba a salir al jardín tuve el desacierto de resbalar al colocar uno de mis pies en el umbral de la puerta, rodar por los tres escalones que allí tenemos y fracturarme un tobillo.
Elena, mi mujer, que me quiere infinitamente más de lo que merezco, me prestó su ayuda y, realizando un considerable esfuerzo, al que yo contribuí empleando mi pierna sana, llegamos hasta el coche, conseguimos que yo ocupase el asiento del copiloto, y mientras ella me daba ánimos y yo procuraba quejarme lo mínimo posible por el intenso dolor que sentía llegamos al hospital donde ella trabajaba. Allí me atendieron inmediatamente. Me dieron un calmante y me enyesaron el pie que me había roto.
Para entonces el calmante me había hecho efecto y me permitió incluso bromear:
—Elena, lo siento por mi equipo de futbol, mañana tendrán que apañárselas sin mí.
—Así sabrán lo muchísimo que tú le aportas al equipo —ella secundándome en la broma.
Nuestra próxima parada fue en un establecimiento de ortopedia donde mi mujer adquirió para mí un par de muletas.
Cuando llegamos a casa, nada más bajarme del coche ensayé los primeros pasos con ellas. Tristán, nuestro perro, un pastor alemán, empezó a oler las muletas con exagerada curiosidad al tiempo que no daba descanso al rabo y me forzaba a mantenerme parado para no tropezar con él y empeorar el accidente sufrido anteriormente.
Elena logró calmarlo y mantenerlo algo alejado de mí.
—Qué, ¿te gustan mis nuevas piernas? —pregunté al noble animal, recuperado mi buen humor y habiendo aceptado con resignación mi contratiempo.
Su reacción a mi pregunta nos provocó a mi consorte y a mí una estentórea carcajada, pues consiguiendo escapar de mi mujer, Tristán levantó la pata derecha y le orinó a una de las muletas. No sé si su intención habría sido mearse en la otra también, porque no le dimos la oportunidad ya que mi esposa y yo nos metimos con ellas en la casa dejándole a él fuera, en el jardín, como teníamos por costumbre.
Ese día no lo saqué de paseo, pero sí lo hice al día siguiente. Y en cuanto llegamos a una gran parcela de terreno yermo que era donde solíamos echarnos una carrera los dos, él, excitadísimo, empezó a dar saltos alrededor mío y a ladrarme. Yo siempre había sostenido que Tristán era tan inteligente que solo le faltaba hablar, así que dándole a las muletas unos golpecitos con mis manos le expliqué:
—No puedo correr, Tristán. Tengo un pie roto. Y gracias a la ayuda de estos dos palos puedo desplazarme y no estar todo el tiempo sentado o tumbado. Vamos. Corre tú solo. ¡Venga!
Él insistió con sus ladridos, pero ya no me ladraba a mí, sino que les ladraba a las muletas. Fue el nuestro un paseo frustrante en el que Tristán y yo nos decepcionamos mutuamente. Cuando regresados a casa, mi mujer me preguntó cómo nos había ido el paseo, le expliqué que nuestro perro no entendía que yo no pudiese correr con él, como hacía antes de mi accidente.
—Y mira que le he repetido varias veces que me he roto un pie y puedo moverme, aunque sea torpemente, gracias a las muletas, pero no correr.
—La inteligencia de Tristán llega donde llega, y no más —muy sensata esta hermosa mujer que un día, afortunadísimo para mí, tomó el enorme riesgo de compartir su existencia con la mía.
Aquella noche dormí mal. Mi pie escayolado me impedía mover mi cuerpo de la forma que yo estaba acostumbrado. Me desperté a las cinco de la mañana con la garganta seca. Decidí ir hasta la cocina y beber agua. Llegué allí con la ayuda de las muletas que comenzaba a manejar con la soltura que la forzada práctica me permitía ya. Después de haber bebido un poco de agua dejé las muletas junto al sofá y, a la pata coja me desplacé hasta el dormitorio.
No escuché el despertador de mi mujer a las siete de la mañana y no me desperté hasta las ocho y cuarto, cuando Mary debía estar ya trabajando en la clínica donde prestaba sus servicios.
Después de realizar algunos bostezos que permitieron a mi boca conseguir sus límites de expansión, mi vista buscó las muletas y recordé que las había dejado en el salón junto al sofá. Salí del dormitorio. Manteniendo la verticalidad gracias al pie sano llegué al lugar donde la noche anterior había dejado mis muletas y, perplejo descubrí no estaban allí. Pensando en la posibilidad de que mi mujer las hubiese llevado a la cocina me desplacé hasta ella. Mis muletas tampoco estaban en la cocina. Cerré la puerta de allí que daba al jardín y que mi mujer, en contra de lo habitual, se había dejado abierta. Registré el resto de la vivienda y ni rastro de las muletas.
Finalmente, me dejé caer en el sofá con la pierna que todo el tiempo había aguantado el peso de mi cuerpo, cansada y doliente. Descansé unos pocos minutos y, de nuevo a la pata coja fui hasta el dormitorio. Mi mujer se había dejado sus pendientes de oro encima de su mesita de noche. En lo alto de la mesita de noche mía estaba mi teléfono. Marqué el número del móvil de mi esposa y, cuando me respondió le pregunté qué había hecho con mis muletas que no las encontraba.
Elena me dijo que no las había tocado y que cuando ella se marchó a su trabajo las muletas estaban apoyadas en el sofá del salón donde yo las había dejado la noche anterior antes de que nos dirigiéramos al dormitorio, yo apoyándome con una mano en el hombro de ella.
—Te dejaste la puerta de la cocina abierta. Quizás entró por esa puerta algún ladrón y se llevó mis muletas.
—Cariño, los ladrones no se llevan muletas, sino cosas de más valor. ¡Dios mío!, dejé encima de la mesita de noche mis pendientes de oro.
—Siguen allí no te preocupes por ellos. ¿Crees posible que algún vecino haya querido gastarnos una broma? —sugerí.
—Mmm… ¿A quién crees capaz de gastarnos ese tipo de broma?
—La verdad que no se me ocurre ninguno. El único al que podía ocurrírsele una tontería así es a nuestros vecinos los Sánchez, pero siguen de vacaciones en Canadá.
—¿Y a Tristán no lo has escuchado ladrar?
—No; no lo he escuchado ladrar. Ya sabes el sueño tan profundo que tengo. Si ha ladrado, yo no lo he oído.
—Tendremos que averiguar si a algún vecino se le ha roto una pierna y nos ha robado las muletas—con una inflexión de buen humor en su voz—. Bueno, no nos calentemos la cabeza, ya aparecerán las muletas y si no aparecen comparemos otras. Te dejo. Cariño, tengo mucho trabajo hoy.
—Hasta luego, mi amor.
A su regreso del trabajo, la mujer de mi vida, con mucho tacto y delicadeza no exenta de astucia, investigó entre el vecindario descubriendo que ninguna de las personas que teníamos cercanas había sufrido accidente físico alguno por lo que no tenía necesidad de servirse de muletas.
Mientras comíamos los espaguetis carbonara que yo había preparado, saliendo de una profunda reflexión Elena puso a prueba mi memoria.
—¿Te acuerdas, cariño, de esa temporada que desaparecían prendas íntimas de mujer de todos los tendederos del barrio?
—Sí, y también recuerdo que dejaron de desaparecer cuando murió ese viejo tan extraño, el viudo Merchán.
—Pues puede ser que tengamos otro vecino extraño que le da por coleccionar muletas.
—Todo es posible —acepté lleno de dudas, pues no le encontraba ninguna sugerencia erótica a unas muletas ortopédicas. (Continuará…)
(Copyright Andrés Fornells)