EL ANCIANO Y LA SUERTE (MICRORRELATO)
—Toc-toc —se escuchó en la puerta de la humilde morada de un anciano.
—¿Quién es? —preguntó él caminando hacia ella con cansino arrastrar de pies y ayudándose del cayado que asía con su mano derecha.
—Abre que te traigo buenas nuevas —dijo una voz desconocida.
El viejo abrió la puerta y se encontró a una persona extraña que tenía el rostro muy blanco y vestía ropas femeninas muy antiguas.
—¿Quién eres tú? —preguntó el anciano mirándola con extrañeza.
—Soy la suerte. La buena suerte.
—¿Qué quieres tú que nunca te acordaste de mí? —reprochó el viejo.
—He venido a traerte todas las cosas que me pediste mucho tiempo atrás, y no te di entonces. Fortuna, éxitos y amores extraordinarios.
—Lárgate de aquí antes de que mis artríticas manos te cojan por el cuello y te estrangulen —amenazó quien jamás había sido favorecido por su inesperada visitante.
—No te entiendo. He venido a favorecerte y me tratas como a una enemiga.
—¿No me entiendes, desalmada? Me traes fortuna cuando ya no voy a poder disfrutarla por estar a un paso de la tumba, me traes éxitos, cuando ya no me queda tiempo para disfrutarlos, y amores extraordinarios cuando llevó ya tiempo sufriendo impotencia. ¡Vete rápido de aquí antes de que te dé más palos que a una estera con el bastón que me sostiene de pie!
Y aquel viejo furibundo le dio a la suerte con la puerta en las narices.
MORALEJA: No confiar en la suerte porque la suerte es sorda, ciega y desorientada y, por ello, al que la necesita, en el poco frecuente caso de que lo visite, suele llegarle cuando ya no la necesita.
(Copyright Andrés Fornells)