DIEGO EGARA, DETECTIVE (PÁGINAS 15 Y 16) ACTUALIDAD
—¡Pura vida! Disfrutemos un rato más del preámbulo. ¿Te gusto? —deliciosamente coqueta.
—Me enloqueces. Moriría por ti, Pasión —con arrebato por las voluptuosas sensaciones del momento.
—No menciones a la muerte, mi Conde, que trae mala suerte.
Hubo algo en su melosa voz que me provocó un estremecimiento. Nos dimos una pausa para beber. Bailamos más y nos besamos menos porque ella me dijo que en aquellos momentos prefería escuchar la música y gozar el estrecho contacto de nuestros cuerpos. En ese momento pensé que la había cagado y que pronto mi noche terminaría enfriándose.
Continuamos bailando juntos, pegaditos. No sabía cómo acabaría la noche, pero disfrutaría al máximo lo que quedara de este ardiente contacto. Para mi sorpresa Pasión decidió:
—Si tú quieres, mi Conde, podríamos ir ahorita a ver qué limpio está ese apartamentito que tienes —bromeó.
—Mi apartamentito no está para ganar un concurso de limpieza, pero tampoco tendremos que entrar en él con un traje de protección.
Mi comentario le soltó la risa, una risa que sonaba go-zoso gorjeo. Llegamos junto a mi baqueteado utilitario, le entró risa al verlo y fue divertidísima su exclamación:
—¡Oh, mi Conde, es divino! ¡Tan viejito!
—Es el coche de mi chófer. Me pidió mi Rolls-Royce para salir con su novia y se lo presté. Soy buena gente.
Se rio más fuerte y para embrujo mío, me besó de pronto en la boca. Acto seguido abrió la portezuela y ocupó el asiento vecino al del conductor. Sentándome junto a ella busqué con los míos sus labios de almizcle y nos besamos hasta quedar sin aliento. Enardecido, llené mis manos con sus pechos. Duros, turgentes, sensibles. Cuando nos sepa-ramos leí placer en el intenso azul de sus ojos. Sin embargo me frenó cuando iba a besarla de nuevo:
—No gastemos todas las municiones ahora, mi amor. Nos queda toda la noche por delante.
Aquellos “mi amor y toda la noche por delante” suyos, destilaba miel y mil lujuriosas promesas. Significó para mí un heroico esfuerzo vencer la tentación de estar más pen-diente de ella que del tráfico intensísimo del que formaba parte.
No tardó Pasión en apoyar su cabeza en mi hombro y cerrar los ojos. Tuve la impresión de que se había dormido. Se me hizo interminable el recorrido. La fragancia de su abundante cabellera deleitaba mi olfato. El calor de su cuerpo parecía atravesar los tejidos que nos envolvían y penetrarme por todos los poros de mi piel. Mi mente, exaltada, gozaba imaginando todo el placer que podríamos experimentar muy pronto.
—Hemos llegado, Bella Durmiente —le avisé cuando aparqué el vehículo cerca de la entrada del edificio donde estaba ubicada mi humilde vivienda.
Ella abandonó mi hombro y sacudió la cabeza. Mechones de sus negros, sedosos cabellos me azotaron suave-mente la cara.
—He soñado con un oasis… —dijo somnolienta.
—¿Un oasis vacío?
—Sí, aparte de nosotros dos no había nadie más.
Bajamos del coche riendo. Hacía frío. Pasión me obligó a acele-rar el paso. Dentro del ascensor se abrazó a mí entregándome