DIEGO EGARA, DETECTIVE (PÁGINAS 13 Y 14) ACTUALIDAD

—Jamboree, significa en zulú: reunión de tribus.
—¡Me cuadra! Vamos —decidió colgándose de mi bra-zo.
Saltó de gozo mi impresionable corazón. Salimos a la calle y nos mezclamos con la gente ávida de diversión. Me sentí ufano de la impresionante compañía femenina que llevaba. Y me envaneció observar fogonazos de miradas de admiración para ella y de envidia para mí.
En el momento que nos detuvimos junto a la fuente de las Tres Gracias rodeada de personas que la gozaban visualmente y le hacían fotos, Pasión se volvió hacia mí y leí en su mirada lo que, desde hacía muchos momentos, yo más deseaba en el mundo: permiso para besarla.
Coloqué mi cuerpo en la mejor postura para hacerlo, cerré suavemente mis manos en sus hombros e inclinándome hacia ella busqué recortar la distancia que separaba mis labios de los labios suyos, encontrándomelos a mitad de camino que es la mejor manera de acortar distancias. Y partir de aquel momento nos devoramos a caricias. Caricias que, demostrando ser yo más insaciable, detuvo ella advirtiéndome, no obstante estar complacida:
—No gastemos nuestra fortuna de una sola vez. Guardemos parte para luego.
Este “para luego”, me hizo creer que, para los adultos, también pueden existir los cuentos de hadas.
La más famosa sala de jazz de Barcelona la encontramos abarrotada de gente. Este local con su iluminación discreta, íntima, acogedora, sus techos curvados y el escenario con el nombre Jamboree en letras negras sobre fondo rojo favorece, al entrar en él, la sensación de haber penetra-do en otro mundo, un mundo misterioso, mágico. A Pasión le encantó este lugar. Le dije muy satisfecho por cómo esta-ba reaccionando:
—Pasión, cincuenta años de historia nos dan la bien-venida.
—Vamos a rumbear, Conde —tirando de mí.
El ritmo que sonaba en aquel momento era trepidante, ideal para lucirse realizando acrobacias, como las que esta-ban haciendo algunos de los presentes. Pero la sicalíptica intención de mi acompañante no era la de demostrarme la flexibilidad, el contorsionismo y el frénico ritmo que era capaz de practicar. Era muy otra y me lo demostró ense-guida. Colocó sus brazos alrededor de mi cuello y unió su cuerpo al mío, dejándolo tan unido que no habría podido pasar un papel de fumar entre su vientre y el mío, entre su pubis y el mío. Con los zapatos de altos tacones que lucía, Pasión igualaba su estatura a la mía.
Disfruté su cálido, perfumado aliento en mi cuello. Se me cerraron los ojos y multipliqué la sensibilidad del resto de mis sentidos. Acaricié con ambas manos su espalda; la sentí estremecerse, contonear su cuerpo de placer, especialmente cuando mi poderosa exaltación se aplastó contra su bajo vientre. Y ambos entramos en ese estado de total obnubilación que deja a dos personas encerradas dentro de un círculo mágico.
—Mi Conde, estás ardiendo. Hay un infierno de pasión dentro de ti —susurró junto a mi oído.
—Creo que estamos ardiendo juntos. Oye, tengo un apartamento, que no es el palacio de Versalles que tú mereces, pero en el que haré, si me acompañas, que te sientas una auténtica reina.