CUANDO MI ABUELO JUAN SE JUBILÓ (VIVENCIAS MÍAS)
Cuando cumplió los 14 años, edad en que las familias humildes de su época necesitaban que todos sus miembros contribuyeran al sostén del hogar, entró a trabajar en una obra, pues siempre había tenido muy claro que quería ser albañil. Consideraba que era una profesión mágica, pues combinando ladrillos, bigas, cemento y graba se creaban viviendas, palacios y castillos.
—Soy un tío afortunado, pues no solo gano dinero trabajando, sino que además disfruto con ello —solía asegurar él.
De joven, mi abuelo Juan fue techador y según me contó, mientras fue joven, como no padecía de vértigo y de valor no iba falto, los techos no muy inclinados, los techaba sin siquiera ponerse un arnés de seguridad. Cuando notó que tenía problemas con la vista y debía llevar gafas, dejó esa especialidad cambiándola por la de enlosador.
Mi abuelo Juan, siendo yo todavía muy niño, después de comprobar que no teníamos a nadie cerca que pudiese censurárselo, me quitó una buena capa de inocencia contándome chistes verdes que echaban por tierra esa absurdidad que, en respuesta a mi curiosidad, me habían contado mis púdicas madre y abuela de que los bebés los traía de París una cigüeña.
Una mañana de domingo mi abuelo Juan me llamó por teléfono para revelarme con voz jubilosa:
—Mocoso, me han jubilado. (Seguía llamándome así, aunque yo llevaba un lustro afeitándome). Si quieres ver como lo celebro, ven a verme antes de las diez.
—Antes de las diez estoy en tu casa, abuelo Juan.
Por el camino compré una botella de vino tinto. Yo tenía, por esa fecha, más de dieciocho años y, por lo tanto, nadie podría censurarme por compartir esa bebida con él.
Llegué a su casa y él me abrió la puerta. Debido a que solía abrírmela su mujer, mi abuela Ágata, le pregunté por ella.
—Ha ido a visitar a una amiga que está algo pachucha y no regresará hasta la una. Yo cocinaré el almuerzo, ¿sabes qué voy a preparar?
—Como tú dices siempre, abuelo, los adivinos lo pasan fatal porque sufren las desgracias mucho antes de que les ocurran.
Mi abuelo cocinaba, como él solía decir, con toda justicia: <<De puta madre>>.
—Abuelo, si me invitas me quedo.
—Por ser un tío que sabe apreciar las cosas buenas, podrás quedarte a comer el riquísimo pollo en pepitoria que voy a cocinar.
Le acompañé en la alegre carcajada con que escandalizamos al comedido aire otoñal.
—Deja la botella que has tenido la maravillosa ocurrencia de traer, ahí en la mesa, y ven conmigo al patio.
El patio en cuestión tenía veinte metros, un melocotonero que daba frutos riquísimos y un limonero de que daba frutos tan malos que su zumo causaba diarrea a quienes lo consumían.
En el centro del patio, entre estos dos árboles él había cavado un hoyo de medio metro de ancho por otro medio de hondo. Cuando lo vi le pregunté:
—¿Qué vas a plantar aquí, abuelo Juan?
—Voy a plantar algo que no va a prender. Siéntate en el banco —señalándomelo— y disfruta con comodidad del espectáculo.
Y el espectáculo me sorprendió, de lo más, por lo inesperado. Consistió en él ir tirando dentro de lo ahondado, todas sus herramientas: Palustre, cincel, machota, plana, etc. A cada una de estas herramientas le cantaba con su voz ronca, pero agradable:
—“Adiós con el corazón, que con él alma no puedo. Al despedirme de vosotros, quedo la mar de contento”.
Entre risas, lo acompañé en esa canción, con mi voz aflautada. Cuando hubo tirado todas las herramientas (menos el pico y la pala) lo cubrió todo con la tierra previamente sacada. Pisamos los dos esa tierra para darle el nivel que había tenido, pero no lo conseguimos por completo.
Terminada esta tarea nos sentamos a beber un vaso del vino que yo había traído. Y mientras lo disfrutábamos, le hice la siguiente observación:
—Abuelo, no enterraste ni el pico ni la pala.
—Lo he hecho adrede. El pico y la pala te los voy a regalar para cuando te jubiles tú hagas lo mismo que he hecho yo.
Conmovido, las lágrimas engordando mis párpados, le di las gracias. Y guardo bien guardadas ambas herramientas para cuando decida yo enterrar el teclado con el que escribo.
(Copyright Andrés Fornells)