CARAMBOLA, DRAMA Y FELICIDAD (MICRORRELATO)
Populosa ciudad suramericana. Verano. Hora de la siesta. Un viajero, de los muchos que descendieron del tren recién llegado a la estación, echó a andar tirando de su maleta con ruedas; ruedas que transmitían al aire tórrido un ruidito desagradable, monótono, saltarín por los baches en el asfaltado.
Expresión de angustia y cansancio en la cara morena y sudorosa del hombre que la llevaba. Cruzó dos calles. Insoportable el calor que hacía.
Vio un carrito de helados. Pensó en el placer de su paladar y de su estómago y se detuvo allí. Soltó el asa de la maleta dejándola en posición vertical y pidió un helado al hombre panzudo, vestido con un guardapolvo blanco bastante sucio. El vendedor metió en su bolsillo el pañuelo con el que se había estado secando el sudor, y se lo sirvió.
Un soldado, con su fusil al hombro, al pasar cerca del viajero se quedó mirando a una chica hermosa, de ondulante cabellera oscura y voluptuosas curvas, que ella movía con excitante sensualidad.
Tropezó el soldado con la maleta del viajero y, al caer se le disparó el fusil. La bala atravesó el ventanal de un bar, dio en el cordel que sujetaba un jamón colgado del techo, el jamón se cayó, dio en la cabeza de un orondo gato que dormitaba feliz y desprevenido, y lo mató.
La hermosa hembra se reunió con su virtuosa madre, toda enlutada ella y se alejaron juntas, ambas ignorando, que la más joven de las dos acababa de ser la principal e involuntaria protagonista de un drama involuntario que había costado la vida a un inocente felino.
El soldado se puso de pie limpiándose el polvo que ensuciaba sus pantalones, sorprendido de no tener descargada su arma tal como él creía.
Al viajero, asustado por el ruido del disparo, se le había caído el helado. Preguntó al heladero si se lo cobraría considerando que no había llegado ni a probarlo.
—Claro que se lo cobraré. Yo no tengo la culpa de que usted sea tan bobo que ha permitido se le cayera —indignado su interlocutor.
El dueño tendero de ultramarinos se quedó llorando la defunción de su pequeño gato, que tanta compañía le hacía en su triste viudedad.
Aprovechando su congoja y distracción, un perro famélico salió corriendo, con el jamón que se había caído, entre sus dientes. Fue, de esta rocambolesca historia, el único que sacó buen provecho y felicidad.
(Copyright Andrés Fornells)