ELLA DEJÓ DOS «VIUDOS» (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pedro Mendrago permaneció más de una hora esperando en la calle, metido dentro de su coche donde terminó fatal de los nervios, amargado y desesperado. Pues durante todo este  angustioso  y eternizado tiempo, llamó por lo menos un centenar de veces al celular de Telesfora Tortosa y le envió otro número parecido de mensajes, preguntándole por qué demonios no bajaba de una maldita vez a la calle a reunirse con él.
Finalmente, Pedro Mendrago se marchó convencido de que ella, en el último momento, se había arrepentido del decisivo paso que habían acordado: el  de escapar juntos.
La verdad resultó muy otra, Telesfora Tortosa no se había arrepentido de nada ni cambiado tampoco de propósito. Le sucedió que, en la cocina, por lo muy nerviosa que estaba se le cayó al suelo el contenido de un vaso de agua, resbaló al pisarlo, tuvo la mala fortuna de dar su cabeza contra un canto de la mesa de formica que allí había y quedar muerta junto a la enorme maleta que tenía preparada.
Durante el entierro, y también horas antes de que tuviera lugar el mismo, Pedro Mendrago lloró desconsoladamente por Telesfora Tortosa y se avergonzó de todo lo que había despotricado contra ella, y también se avergonzó de la infinita cantidad de veces que le dijo a Rafael Peláez (su mejor amigo), que no tenía ni la más remota idea de porque su mujer había metido dentro de su maleta la mejor ropa que poseía y asimismo algunos objetos de valor, evidenciando con ello su intención de abandonarle.
—El corazón humano es un enigma —comentó Pedro Mendrago muy compungido.
—Desde luego que es un enigma. Yo creía que Telesfora era muy feliz conmigo —se lamentó Rafael Peláez– y parece que planeaba huir de mí.
Pedro Mendruga ahogó un sollozo mientras pensaba que su cornudo amigo nunca sabría que Telesfora Tortosa, con su muerte, les había dejado viudos a los dos.

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