ROSAS DE AMOR PARA ASUNCIÓN (MICRORRELATO)

rosa-rosa
Asunción Muñoz era una chica de nuestro barrio que gustaba mucho al personal masculino, por su buena figura, su feminidad y su donaire. A lo largo de los cinco minutos que ella tardaba en ir de su casa a la parada del autobús, que la llevaba todos los días a la boutique donde trabajaba de dependienta, recibía numerosas miradas de admiración y descarados requiebros.
Una mañana, al ir a cerrar la puerta del piso que compartía con sus padres y demás miembros de su familia, Asunción encontró una rosa roja en el pomo de la puerta, sujeta por una gomita, para que no se cayera. Y en compañía de la flor una tarjetita con su nombre.
Este hecho la sorprendió agradablemente y también la intrigó. A mí, que me tenía confianza, cuando fui a buscar a su hermana, con la que yo estaba saliendo por aquel entonces, me contó lo de la rosa, terminando su revelación con una pregunta:
—¿Tienes tú alguna idea de quién puede haber dejado esa rosa en la puerta?
Encogí los hombros. Me había comprometido a no decírselo. La rosa la había dejado yo, de parte de mi primo Agustín, perdidamente enamorado de ella, y que jamás se lo confesaría porque estaba imposibilitado en una silla de ruedas. Yo intenté animarle a que le revelase a Asunción sus sentimientos, pero él se oponía, enérgicamente todo el tiempo aseverando, con total convencimiento:
—Yo nunca podría hacerla feliz, aunque ella por lástima llegara a hacerme caso. Déjame disfrutar del misterio que le representará encontrar todas semanas esa rosa con su nombre escrito en una tarjetita.
Pasadas algunas semanas, contrariando los deseos de mi primo, le revelé a Asunción que las rosas eran cosa de él, y lo que Agustín sentía por ella. Tras unos momentos en que la enmudeció la sorpresa, Asunción exclamó con los ojos cuajados de lágrimas:
—¡Pobrecito! ¡Lo siento! Me sería imposible ser feliz con él.
Asunción era una chica admirable. Con un gran corazón. En adelante, cada vez que veía a mi primo en la calle se acercaba a saludarle, a interesarse por su salud y se despedía de él dándole dos besos en las mejillas, besos que a él le reventaban el pecho de felicidad.
Yo seguí dejando rosas en la puerta de la casa de Asunción hasta que ella se casó y abandonó el domicilio de sus padres. Fue ella la única mujer que mi querido primo Agustín amó en toda su vida.

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