SOY DE LOS QUE LLORAN EN LAS BODAS (MICRORRELATO)

soy de los que lloran en las bodas

Copyright Andrés Fornells)

Soy de los que lloran en las bodas. Y mucho. Lloro en las bodas porque me recuerdan la mía. Y es que son tan bellas, conmovedoras y emotivas las palabras que el señor cura dirige a los contrayentes (casi siempre hermosísima e ilusionada la novia, casi siempre sobreexcitado y asustado el novio) llegado el momento, para mí, supremo de la ceremonia.
El sacerdote invita a la pareja a que declaren su consentimiento, con estas palabras:
—“Como es su sagrada intención entrar en el matrimonio, unan sus manos derechas, y declaren su consentimiento ante Dios y ante la Iglesia”.
Ellos, los contrayentes, unen sus manos temblorosas.
El novio dice con voz poco firme y bastante timorata:
—“Yo, Antoñito Perales te tomo a ti, María Manzano, como mi esposa. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
La novia dice a continuación con voz dulce y aterciopelada:
—“Yo, María Manzano, te tomo a ti, Antoñito Perales, como mi esposo. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.
Entonces, el eclesiástico oficiante les dice a los recién esposados que pueden besarse, cuando en los tiempos que corremos lo más acertado sería decirles que salgan flechados a por una cama y que se refocilen en ella hasta quedar hechos unos zorros.
Pero bueno, esto es lo que hay, y a ello me remito.
Sí, sí y sí, soy de los que lloran en las bodas, pero no lloro sólo por esta bonita escena que acabo de describir. Lloro por lo que les ocurre a muchos matrimonios después de transcurrido algún tiempo de convivencia (corto o largo, depende de muchos factores en los que no entraré para no alargarme y deprimir a los amables lectores).
Y ocurre, en muchos casos, que el esposo se cansa de su esposa. Y la esposa se cansa de su marido. Y los dos, mutuamente decepcionados y compartiendo un aburrimiento mortal, caen por las pendientes de la tentación que les llevan, también mutuamente, a adornarle cada uno la frente al otro.
Y si añadido a lo anterior van muy mal en lo económico y se las ven y desean para llegar a final de mes sin pasar hambre ni aumentar las muchas trampas ya acumuladas, vienen las desavenencias, los insultos, las recriminaciones y el desamor.
—No tenemos dinero ni para llegar a final de mes y tú, desgraciado de mierda, te has comprado un teléfono móvil nuevo.
—No tenemos para comer y tú, malgastadora de mierda, te has comprado un vestido nuevo.
Aquí empieza el matrimonio a fallar en lo de ser mutuamente fieles en lo próspero y en lo adverso. Y por las noches, para aumentar ingresos, él echa horas haciendo de puto, y ella haciendo de lo mismo pero cambiando la última vocal “o” por “a”.
Las cosas van de mal en peor y como han dejado de amarse y respetarse todos los días de su vida, entienden que lo mejor que ambos pueden hacer es divorciarse. Y entonces tienen que ahorrar porque la Iglesia les castiga económicamente por haber roto su consentimiento ante Dios y ante la santa iglesia, dos cosas consideradas de suma gravedad religiosa.
Total, que más de uno de los que lea este crudo y revelador escrito mío terminará soltero el resto de su vida, o al igual que yo, llorando en las bodas porque pensará en lo dramática y tristemente que acaban tantas de ellas.
A todos los que no les ha ocurrido esta triste y traumatizante rotura matrimonial, mi más admirada felicitación y, si les sobra algún pañuelo les agradeceré me lo den, pues yo sigo en lo mío.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *