ELLA ERA COMO LA REINA DE HONOLOLÚ (MICRORRELATO)

flor-buena

(Copyright Andrés Fornells)

Yo no sabía nada del reino de las flores cuando conocí a Margarita. Las consideraba cositas de colores que encontrabas presentes en los jardines de parques y plazas públicas. Cositas que atraían la especial atención de las zumbadoras abejas y que, algunas de ellas, si te daba por emplear el olfato, considerabas olían hasta bien.
Fue Margarita cuando, arrebatado de pasión le declaré que me había enamorado de ella, quien, mirándome con la benevolencia con que una reina miraría a un vasallo insignificante que le demostrase incondicional adoración, me dijo:
—Encanto, si yo perteneciera al reino de las flores, yo merecería el nombre  de reina de Honolulú.
—Divino —contesté yo en mi ignorancia, y añadí, galante—: Las flores sois preciosas y, muy especialmente lo eres tú que posees el rango de reina.
—Bueno. Estás avisado —respondió ella, enigmática.
De haber poseído yo un más amplio conocimiento sobre estas bellas criaturas vegetales, entra dentro de lo muy posible que jamás me hubiese enamorado de Margarita. Lo reconozco así porque el amor de Margarita me duró tanto, por su parte, como dura la flor reina de Honolulú: una única noche.
Creo que su veloz pérdida, afectó bastante negativamente a mi cerebro, me lo traumatizó, pues fue a partir de entonces, de la brevísima duración de nuestro idilio, que comencé a coleccionar cactus.
Llevo reunidos, más de trescientos ya, y raro es el día en que alguno de ellos no me pincha los dedos. A todo el que me pregunta por qué colecciono cactus si me causan dolor, mi respuesta es que, ese dolor que me causan sus pinchazos traen a mi memoria a Margarita a la que, a pesar de los pesares, y de la fugaz relación que nosotros dos mantuvimos , no quiero olvidarla. ¿Estoy solo en esto de creer que, de recuerdos hermosos también se puede sobrevivir?

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