ERA UN HOMBRE QUE LE GUSTABAN MUCHÍSIMO LAS MUJERES (MICRORRELATO)

mujer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Se llamaba Primitivo Rodríguez. Era bajito, escuchimizado, medio calvo y trabajaba de contable. Tenía 53 años y no se había casado porque su falta de atractivo personal había espantado a todas las mujeres a las que él se había acercado. Esta realidad la llevaba muy mal porque idolatraba a las mujeres. Sus ojos se incendiaban siempre que una fémina hermosa pasaba cerca de él, y su embelesada mirada la seguía hasta que la multitud o la distancia se la quitaban de la vista.
Una mañana se encontró tumbado de espaldas en la acera con la nariz ensangrentada y rodeado de un pequeño grupo de personas que, preocupándose por él, le estaban preguntando qué le había sucedido.
Primitivo sacudió la cabeza, recobró la memoria y, por vergüenza no les confesó que se había dado de narices contra la farola que tenía a menos de un metro de él, por haber caminado con la cabeza vuelta siguiendo con mirada admirativa a una imponente rubia de curvas extraordinariamente voluptuosas envueltas en un ajustado vestido rojo y calzada con una zapatos altísimos del mismo color que hacían a sus bien torneadas piernas interminables, y dijo mintiendo, aceptando el pañuelo que le entregaba una señora regordeta para que limpiase sus ensangrentados nariz y boca:
—Me ha dado un pequeño mareo…
—Debería acudir a un médico. Posiblemente tenga la tensión baja —la samaritana.
—No, creo que ha sido por culpa de mi vista.
—Entonces vaya a que lo vea un oculista.
Quería ayudarle la mujer gordita, la única que se había quedado junto a él pues los demás curiosos todos habían seguido ya su camino. Primitivo enredó sus ojos cargados de interés en los ojos bondadosos, solícitos, de la atenta mujer y sintió que se le despertaba hacia ella en vez de deseo, afecto, y le preguntó:
—¿Está usted soltera?
—Sí. Nunca tuve suerte con los hombres.
—Ni yo con las mujeres.
—¿Qué le parece si intentamos juntos cambiar eso? —risueño.
—Perfecto —alegre ella, tendiéndole una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Y continuaron juntos chalando animadamente. El destino, desde lo alto de su torre del capricho, les observaba sonriente.

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