DESAYUNO PARA DOS (MICRORRELATO)

desayuno bueno

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Amadeo despertó. Giró la cabeza. Ella estaba allí, a su lado, con su cara angelical, dormida. Sintió ganas de soltar un estentóreo grito de felicidad; unas ganas tan fuertes de hacerlo, que se tapó la boca con toda la mano para evitarlo. Por nada del mundo debía molestar a criatura tan divina. La contempló embelesado durante varios minutos. ¡Dios, qué hermosa era, Y le quería ella! Le quería con locura. Se lo había repetido varias veces mientras se amaban desenfrenadamente.
Una idea repentina, genial, lo puso en movimiento. Abandonó el lecho poniendo sumo cuidado de no despertarla. Su propósito era preparar dos suculentos desayunos y, cuando los tuviera listos, la despertaría con un beso, ella le sonreiría amorosamente y desayunarían juntos. Y mientras desayunaban se mirarían todo el tiempo al fondo de los ojos y seguirían amándose con la mirada.
Cuando él regresó al dormitorio con el desayuno para dos en lo alto de una bandeja en la que, además llevaba una rosa amarilla que había robado del jardín de su vecino, comprobó que la cama se hallaba vacía, cayendo entonces en la frustrante cuenta de que todo lo anterior lo había soñado.
Esta realidad le produjo tanta rabia que se comió él los dos desayunos diciendo entre bocado y bocado:
—Ñam ñam, esto te perdiste por tonta… Ñam ñam, esto te perdiste por ton-ta…
Llegó él, en su decepción y enojo hasta el extremo de que, quitándole las espinas, también se comió la rosa amarilla con tallo y todo. Esa mañana llegó tarde a la oficina porque la flor o el disgusto le causó diarrea.
Tomar demasiado en serio los sueños, a menudo, resulta perjudicial.

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