POBRECITOS ADÁN Y EVA, TAN INOCENTES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
No estoy de acuerdo con la versión que de Adán y Eva nos han vendido. Nos los han vendido como una pareja de adultos maliciosos, ambiciosos, pecadores y hasta malvados. Yo los veo como una pareja de adolescentes que vivían profundamente fascinados con todas las maravillas que les ofrecía el Edén. Bellos animales, flores hermosas cargadas de perfume que les llenaban los pulmones con las esencias de sus aromas y bandadas de pájaros multicolores que les regalaban los admirados oídos con sus alegres y hermosos trinos.
Gozaban de un cielo limpio de contaminación iluminado por un sol deslumbrante durante el día, y por las parpadeantes estrellas a lo largo de la noche. Nada había que los asustase. Desconocían el miedo. Carecían de enemigos. Estaban hermanados con la flora y la fauna a la que pertenecían.
Provistos ambos de la virtud del deseo, gozaban todo el tiempo de la magnificencia de sus cuerpos sanos, poderosos y sensuales y del inmenso placer del sexo que habían descubierto en cuanto su instinto natural entró en funcionamiento. Y lo gozaban sobre la verde y blanda hierba, sobre las blancas y limpias arenas de las playas y hasta dentro del mar de aguas puras, cristalinas, acariciantes.
Desconocían el pecado, desconocían la vergüenza, la depresión y el miedo a perder la salud, el empleo y a preocuparse por su futuro. Y se amaban en cualquier momento que se les despertaban las ganas, allí donde les pillara. Nadie había que pudiera criticarles. Los animales que les rodeaban se refocilaban lo mismo que ellos.
Nos cuentan que un día, Dios quiso ponerlos a prueba. ¿Por qué tenía que querer Él ponerlos a prueba? Adán y Eva eran tal como Él los había creado. Si contaban con algún defecto original debía atribuírselo Él pues era su creador.
Siguiendo con lo que nos cuentan, Dios puso al alcance de aquellos dos inocentes, ingenuos y dichosos jóvenes el árbol del bien y del mal y les prohibió comer de sus frutos. Esta prohibición significó una irresistible tentación para dos jóvenes que se pasaban el día realizando las mismas cosas, aunque fueran muy de su agrado. Aquel árbol especial significaba algo nuevo, diferente. Despertó poderosamente su curiosidad. ¿Qué tendrían los frutos de aquel árbol para habérseles prohibido gozarlos? Seguramente algo tan extraordinario que superaría todas las maravillas conocidas por ellos hasta entonces.
Y lógicamente les venció la tentación. Era absolutamente previsible. Cualquiera de nosotros, insignificantes mortales, que tan lejos estamos de la suprema sabiduría de su Creador, lo comprendemos así.
Adán y Eva comieron frutos del árbol prohibido. Eva, más curiosa que Adán, fue la primera en catarlos. Y los encontró tan exquisitos que, entusiasmada, se lo ofreció a su compañero del paraíso y de los placeres:
—Cariño, prueba esta manzana. ¡Es increíble! Es la cosa más rica, más buena, más exquisita que he probado en toda mi vida.
Y Adán, todo ilusionado, comió también. Todos los mortales hemos compartido con las personas que amamos generosamente, manjares deliciosos. Lógico, ¿no?
Y entonces, inesperadamente cayó sobre ellos un ángel enfurecido a más no poder, blandiendo una espada flamígera, les dio un susto de muerte insultándoles de un modo atroz. Y no contento con ello realizó lo peor de lo peor: los echó del paraíso, de muy mala manera y les dijo que Dios les había condenado, en adelante, a ellos que tan sanos y ociosos habían vivido hasta entonces, a ganarse el pan con el sudor de su frente y a conocer las penurias, el dolor, la desdicha, las enfermedades y la muerte.
¿Qué buen padre puede infligir semejante desproporcionado, cruelísimo castigo, a sus hijos por una sola desobediencia? Yo soy partidario de creer que este antiquísimo suceso nos lo han contado mal. Dios fue un perfecto ejemplo de magnanimidad, de inteligencia y de tolerancia.
Que cada cual opine al respecto según le aconseje su mente y su corazón. Yo ya lo hice.

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