UN HOMBRE APOCADO Y UNA MUJER SOÑADORA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfredo Penas consideraba, en su innata modestia, que él poseía un único mérito: era una buena persona. Ayudaba a las ancianas y a los ciegos a cruzar la calle y llevaba un puñado de caramelos en el bolsillo para dárselos a los niños que, yendo él por la calle veía llorar, y conseguir con este detalle suyo se les animase la carita y dejasen de hacerlo.
Por lo demás, Alfredo era bastante menguado de estatura, desprovisto de musculatura y rematadamente feo. Tanto era así, esto último, que se vio obligado a dejar de ir al zoológico porque montones de simios, cuando lo veían, intentaban romper los barrotes de sus jaulas para reunirse con él creyéndole familiar suyo y, más de un pequeñín lo llamó, desesperadamente:
—¡Papá, papá!
Además de su falta de encantos físicos, Alfredo era patéticamente tímido y si una mujer lo miraba, aunque fuese con indiferencia o lástima durante un segundo y medio, se ponía rojo como las flores del granado, temblaba todo su cuerpo y se llenaba de truenos su timorato corazón.
Y para añadir más sufrimiento a su apocada persona, a Alfredo le gustaban las mujeres tanto como a los niños gustan sus tartas de cumpleaños. Y cuando ellas no miraban en su dirección, él las contemplaba con arrobo hasta el punto de tener que vigilarse para no babear embelesado.
Una tarde de primavera, Alfredo fue a pasear al parque con la intención de admirar y embriagarse con el perfume que las sonrientes flores desprenden en esa privilegiada época. Se entretuvo observándolas en los parterres asomándosele a los labios una sonrisa alelada, de tierna admiración.
De pronto se detuvo delante de él una mujer joven y muy agraciada que lo dejo boquiabierto de sorpresa al preguntarle:
—¿Cómo se llama usted?
—Alfredo —dijo él trabucándose, adorándola con sus ojos mansos.
—Lo sabía —dijo ella, entusiasmada.
—Pues no sé cómo lo sabe. Creo que no nos conocemos de nada —sensato él.
—Bueno, usted puede que no me conozca, pero yo si le conozco a usted. Y le conozco muy bien.
—¡Vaya! ¿Y de qué me conoce usted? —cada vez más perplejo él.
—Pues porque sueño con usted todas las noches.
—¡Vaya! Me resulta increíble —reconoció él con total incredulidad.
—Pues le aseguro que es cierto. Sueño con usted todas las noches —mostrándosele muy ilusionada ella.
—¿Y qué sueña usted, si me permite preguntárselo? —destrozándose él las manos de tan nervioso.
—Sueño que es el hombre de mi vida y que casada con usted seré inmensamente dichosa.
Una de las virtudes que Alfredo poseía era la capacidad de leer en los ojos de las personas si éstas decían verdad o decían mentira, y aquella joven decía la verdad. Pero como otra virtud suya era la honestidad, manifestó:
—Oiga, pero si yo no valgo nada. Si he tenido que dejar de ir al zoológico porque los monos me creen un pariente suyo y quieren escapar de su jaulas para abrazarme.
—Usted, como todos los seres maravillosos, no sabe valorar lo muchísimo que usted vale —afirmó ella convencida—. ¿Dispone usted de tiempo para que nos acerquemos al zoológico? Me encantaría ver lo que acaba de contarme sobre los primates que hay allí.
—Para usted tengo yo la vida entera de tiempo, y mil vidas más que me prestaran —galante, envalentonándose.
Ella rio feliz, y Alfredo rio feliz también. Y ambos cogidos del brazo caminaron en dirección al lugar donde tienen presos a los animales. Y una vez allí rieron y se conmovieron con las acrobacias de los simios, las demostraciones de afecto hacia Alfredo y sus grititos de papá, papá.
Y ellos dos, tal como ella había soñado, jamás se separaron. Para los curiosos que sientan interés por conocer el nombre de aquella joven bonita y soñadora, les informo que se llamaba Eva.
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