DOS NIÑOS POBRES ANTE UN JUEZ (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El juez de menores tenía un fuerte dolor de cabeza aquella mañana. Se la producían siempre las sesiones de juicios rápidos múltiples.
El dueño de una tienda de animales de compañía le había traído dos niños de ocho años a los que acusaba de haberle robado un cachorrito.
El señor juez examinó detenidamente a los dos acusados: iban mal vestidos y sucios. Dedujo por su aspecto que pertenecían a algún barrio de chabolas habitado por marginados de la sociedad. Parados hundidos en la miseria, ladronzuelos, supervivientes gracias a lo que una sociedad consumista y despilfarradora tiraba a los cubos de basura, y niños candidatos a la delincuencia y al analfabetismo. Los pequeños estaban asustados, temblaban, anidaba el miedo en sus grandes ojos. Cruzó su mente un pensamiento derrotista: “No creen en la justicias, solo la temen”.
El dueño del negocio había terminado su denuncia exigiendo un firme castigo para los dos ladronzuelos. El letrado no le demostró con su mirada el desagrado que le había producido el modo en que el tendero había formulado su acusación, despectivo, con manifiesto odio.
—Bien. Puede sentarse —le dijo sin demostrarle simpatía ninguna.
A los niños les ordenó se pusieran en pie y procurando no mostrara severidad su voz, les preguntó si admitían haber robado a un cachorro. Los chiquillos, trabucándose, hablando los dos a la vez admitieron el hurto y una razón por la que haber perpetrado el mismo, demostrando su nerviosismo con movimientos continuos de sus manos sucias. A la anciana Mercedes, que no tenía en el mundo nada más que su fiel perro, este se le había muerto y habían decidido regalarle otro para que la hiciese compañía y dejase ella de estar llorando todo el tiempo. Y como no tenían dinero para comprarlo, se lo habían llevado de la tiende de aquel hombre gordo que, no habiéndose conmovido con su historia, y habérselo regalado, no tuvieron más salida que robarlo.
El juez les creyó. Tenía una dilatada experiencia tratando con delincuentes y conocía muy bien leer en sus ojos si le decían la verdad o no.
En aquel momento. El hujier trato de echar de la sala a una anciana que se había colado a la fuerza. Llevaba ella en sus brazos, acunado como si de una criatura humana se tratara, a un perrito blanco.
—Déjela que hable —indicó el magistrado al empleado del juzgado.
La anciana, con lágrimas en los ojos, le contó lo buenos chicos que eran los dos acusados y que ella devolvería el perrito aunque ya lo quería con toda su alma, con tal de que a los pequeños no les ocurriese nada, no recibiesen ningún castigo.
—Si la justicia castiga sus buenos sentimientos, su reacción en el futuro puede ser dejar de tenerlos, señor juez —explicó con voz entrecortada.
El hombre de la toga desgastada por infinidad de lavados, observó con la serenidad que le caracterizaba al acusador, a los acusados, y a la anciana que había salido en su defensa. Él era una persona bondadosa, pero también justa.
—¿En cuánto valora ese cachorro que le sustrajeron estos dos chiquillos? —preguntó al comerciante.
—En cien euros.
—¿Y si lo comprase yo que me cobraría?
—A usted, señoría, le haría un precio especial.
—¿Qué precio? —manteniendo el magistrado una seriedad que no sentía.
—Para usted cincuenta euros, señoría.
—Bien, acérquense usted y la anciana.
Los dos llegaron junto al estrado. El primero con expresión desconcertada. La anciana llorosa y asustada. El juez sacó de un bolsillo de sus pantalones la cartera, contó cincuenta euros se los entregó al tendero y le dijo:
—Tenga. Ya puede marcharse. El perrito es ahora mío.
—Cierto señoría, que lo disfrute.
El comerciante se marchó feliz. Había ganados en aquella venta veinticinco euros. El magistrado llamó a los dos niños y cuando los tuvo delante, mirando temerosos hacia arriba pues sus cabezas apenas llegaban a la parte superior del estrado, ordenó a la anciana:
—Señora, tenga la amabilidad de entregarme el perrito.
La mujer dudó un momento. Le había cogido ya tanto cariño. Cuando el juez tuvo al animalito en sus mano se lo entregó a los niños y les dijo:
—Os lo regalo. Sois dueños de hacer con él lo que queráis.
Los pequeños, presurosos, se lo dieron a la anciana. Los tres se abrazaron riendo alegremente, le dieron las gracias al hombre de leyes y se marcharon juntos haciéndole carantoñas al perro que no paraba de darles lengüetazos y mover contento el rabo.
El señor magistrado reparó en que, de repente, el dolor de cabeza que llevaba un buen rato atormentándolo había desaparecido. Y no solo eso, sino que notó que una oleada de bienestar recorría todo su cuerpo. “Qué raro, pero que bien me siento”, se dijo. Y además de lo anterior reparó en que llevaba tiempo sin sentirse tan feliz, y consideró que para emitir juicios como el que acababa de realizar había él querido desde su adolescencia estudiar jurisprudencia.
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