UNA GALLINA REBELDE (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo una vez una gallina muy lista y contestataria. Se llama Cacaracá y era tan lista que había descubierto ella solita algo que los humanos llevan siglos debatiendo y sin tenerlo nada claro: ¿qué fue primero el huevo o la gallina?
Cacaracá sostenía, sin albergar la menor duda al respecto, que el huevo fue primero. Pruebas científicas, pruebas fiables que lo demostraran fehacientemente: ninguna, aparte de que lo decía ella y, a su modo de ver, cuanto ella decía, iba a misa.
Un buen día Cacaracá picoteó un huevo, descubrió que su contenido estaba riquísimo e hizo la siguiente reflexión progresista: “Yo fabrico mis huevos, entonces me pertenecen por lógica y por esfuerzo, así que en adelante me los comeré y no dejaré que comercie con ellos ese granjero explotador que, sin más trabajo que cogerlos, los vende y se enriquece a mi costa.
Su decisión no le gusto lo más mínimo al granjero que la alimentaba, y le advirtió muy seriamente:
—Oye, Cacaracá, como sigas comiéndote los huevos me voy a enfadar. Me voy a enfadar muchísimo. Y mi enfado puede ser muy peligroso para ti. Quedas avisada.
—Enfádate todo lo que quieras, abusón, negrero —decía la gallina rebelde, sin dejarse intimidar—. Yo fabrico los huevos, por lo tanto son míos y puedo hacer con ellos lo que quiera. Y quiero comérmelos. Así que te aguantas.
—Bien, tú te lo has buscado, insubordinada lenguaraz.
El granjero, por un par de días, castigó a la gallina rebelde privándola de comida. Resultó inútil. Cacaracá se mentalizó para pasar hambre y mantuvo la misma postura: huevo que ponía, huevo que se zampaba.
El granjero, sintiéndolo mucho porque Cacaracá había sido muy buena ponedora, le cortó el cuello antes de que cundiera el mal ejemplo entre sus otras ponedoras, y antes de que adelgazara demasiado y el carnicero le diera una miseria por ella.

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