LOS PAPÁS DE ALBERTITO TRATARON DE ASUSTARLE CON EL HOMBRE DEL SACO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfonsito era un niño de lo más desobediente. Bastaba que sus papás le dijeran: no hagas esto, para que él lo hiciera inmediatamente. Los papás intentaron asustarle con amenazas tan antiguas como:
—Si nos desobedeces vendrá el Hombre del Saco y te llevará con él.
—¡Bah!, no me da miedo el Hombre del Saco —desdeñaba el niño—. A mí me da risa hasta el monstruo Frankenstein.
Los padres de Alfonsito era personas influyentes. Andaban metidos en ese chanchullo tan desprestigiado que llamamos: Política. Tenían amigos dentro del gobierno, muy influyentes, así que hablaron con el Ministro de Exteriores y le pidieron:
—Amigo Marcelo, ¿no podrías tú contactar con el Hombre del Saco, pedirle que venga a nuestra casa y le dé un buen susto a nuestro hijo para demostrarle que, cuando le amenazamos con algo, ese algo existe de verdad?
—Queridos, estimados y amados amigos, eso está hecho —inmediatamente dispuesto a ayudarles el amable señor ministro—. Pero, como una mano lava la otra, aumenta un cuatro por ciento el presupuesto de las obras que vamos a encargarle a tu empresa este invierno.
—Cuenta con ello. Aumentaré un cinco por ciento para que tu distinguida señora pueda comprarse ese relojito de platino con diamantes incrustados con el que ella sueña y también media docena de modelitos cuando visite un desfile de moda en París.
—Perfecto, entrañable benefactor. Qué sabiduría la de aquel embajador que dijo: Hablando se entiende la gente. Hablaré con todos nuestros embajadores en el extranjero, les encargaré localicen al Hombre del Saco y lo envíen a vuestra casa.
Los padres de Alfonsito se fueron del Ministerio muy ufanos y satisfechos. ¡Que hermosa y fecunda es la amistad interesada!
El Ministro de Exteriores cumplió su palabra, y una mañana estando solo en su casa Alfonsito, llamaron a la puerta. Los previsores papás del niño le habían advertido que no le abriese la puerta a ningún desconocido, así que el pequeño preguntó:
—¿Quién llama?
—Soy el Hombre del Saco —le respondió una voz melosa y un tanto cascada desde el otro lado de la puerta.
Como el Hombre del Saco no era ningún desconocido puesto que sus padres se lo habían mencionado frecuentemente, Alfonsito abrió al instante la puerta y nada más verlo sintió enorme simpatía por el visitante, y el visitante sintió también una enorme simpatía por Alfonsito.
—Me encanta conocerte, muchachote —dijo el recién llegado.
—Pues anda que a mí me encanta todavía más conocerte a ti —entusiasmado el chiquillo con aquel afable anciano de rostro bonachón, vieja gorra en su cabeza y gran saco cargado al hombro.
Total, que una hora más tarde, después de haber desayunado opíparamente ambos, Alfonsito y el Hombre del Saco se marcharon juntos, riendo alegremente por la travesura de llevar un saco cada uno y dentro de cada saco las joyas y demás objetos de valor que encontraron en la casa, entre ellos un Rolex de oro con diamantes incrustados regalo del encantador Ministro de Exteriores al papá de Alfonsito, por agradecimiento económico.
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SINOPSIS:
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