ELLA REGRESÓ A CASA (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Aniceto acudió a la puerta que su mujer acababa de abrir. Ella empujó su maleta dejándola delante de él y, risueña, cariñosa y cínica le preguntó:
—Hola mi amor, ¿cómo estás?
—Voy tirando, ¿y tú? —sarcástico él, reponiéndose de la sorpresa que su aparición acababa de causarle—. Tú que te marchaste de casa anteayer con tu amante secreto mientras yo estaba en el trabajo, llevándote contigo el poco dinero que teníamos ahorrado, el rosario de plata de mi madre y el doblón de oro que había pertenecido a mi familia desde hacía doscientos años, tienes la enorme desvergüenza de parecer de nuevo, como si tal cosa —le reprochó su indignado marido.
—Me ha hecho regresar el arrepentimiento —confesó ella con lágrimas en los ojos—. Todo lo que me llevé lo he traído de vuelta. Debes tener el buen corazón de personarme. Todos cometemos errores. Tuve un momento tonto. Nadie es perfecto. Me entraron dudas sobre tu amor por mí y pensé que un par de días separados nos haría mucho bien a los dos. Ese breve espacio de tiempo a mí me ha valido para darme cuenta de lo muchísimo que te quiero, para darme cuenta de que no puedo vivir sin ti. ¿Te preparo algo de cena, mi amor? —toda solícita, melosa ella.
—Ya he cenado —seco él.
—Prepararé algo para mí entonces. Estoy hambrienta. ¿Pero que estás haciendo, cariño?
Su esposo había cogido la maleta de ella, que le siguió hasta el pasillo. Anacleto la dejó allí y le dijo contundente y vengativo:
—¡Lárgate con viento fresco que no quiero verte más! ¿Ha sido la Encarna, tu cuñada la que te ha dicho que me han tocado cinco millones en la bono-loto, ¿verdad? Quédate a vivir con ella o con el guarro que te fugaste. Conmigo no te quiero más. Adiós para siempre.
Y el marido traicionado cerró la puerta riéndose con todas sus ganas, recordando una de las sentencias favoritas de su santa madre: “El que ríe último, ríe mejor”.

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