ME SUCEDIÓ EN BERLIN (VIAJES)


(Copyright Andrés Fornells)
En la segunda visita mía a la ciudad de Berlín, tomé asiento en un banco desde el que podía ver el monumento dedicado a un general antiguo montado a caballo (no mencionaré su nombre para evitar la posibilidad de molestar a sus descendientes). Llevaba un par de minutos allí observando a este notorio personaje cuando un hombre vino a ocupar la parte del asiento que yo dejaba libre. No le presté atención porque con mi cámara fotográfica comencé a sacarles varias instantáneas a dos desconsideradas palomas que con sus excrementos estaban ensuciando el casco que coronaba la cabeza de aquel ilustre jinete. Salieron volando ambas aves. Yo cerré el aparato fotográfico y entonces, el sujeto que tenía a mi lado, encontrándose con mi mirada me preguntó:
—¿Haciendo turismo?
Para suerte mía hablo alemán, así que pude contestarle:
—Es mi segunda visita a Berlín, me encanta esta ciudad.
—También a mí. He nacido en ella, Y por nada del mundo me iría a vivir a otra diferente. ¿Sabe qué significa que el caballo de este gran héroe de nuestro país tenga una pata delantera levantada?
—No lo sé, y me gustaría saberlo –yo siempre estoy con la puerta de la curiosidad abierta.
—Pues el que tenga el caballo una de sus patas delanteras elevadas significa que el personaje de este monumento murió de las heridas recibidas en combate.
—Y si el caballo tuviese las dos patas delanteras en el aire, ¿sabe qué qué significaría? 
—Significaría que el héroe habría muerto en combate.
—Vaya, las cosas que sabe usted –reconocí admirado–.¿Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el suelo?
—Significaría que el héroe habría muerto por causas naturales.
—Y si el caballo tuviese las cuatro patas en el aire?
—Significaría que algún extranjero le habría robado el pedestal.
Reímos los dos debido al tono amistoso mantenido por ambos todo el tiempo. Me había caído muy bien aquel desconocido y obedeciendo a un repentino impulso al que sucumbo con frecuencia le dije:
—¿Puedo invitarle a un café?
—Mejor será una cerveza —aceptó risueño.
Entramos en un bar. Aquel berlinés se llama Heinz y lleva diez años siendo uno de mis mejores amigos alemanes.
Mientras nos bebíamos una cerveza me reveló que era historiador y había obtenido mucho éxito con un libro que él había escrito precisamente sobre el heroico militar que dos palomas puercas, algunos minutos antes, habían denigrado con sus heces.