EL PERRO PROVOCADOR Y EL PERRO GUILLOTINA

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EL PERRO PROVOCADOR Y EL PERRO GUILLOTINA

En la tasca del Tuerto hay un letrero situado encima de las estanterías con botellas, que pone lo siguiente: Prohibida la entrada a los perros y a las mujeres embarazadas.

El dueño de este local que posee dos ojos exageradamente autónomos, pues uno de ellos fija su atención en el techo y otro la fija en el suelo, ha escrito -con muy mala letra y rotulador negro- las dos susodichas prohibiciones debido a malas experiencias propias. Tres perros a los que, anteriormente, permitió la entrada se le mearon en el quicio de la puerta y al regañarles por esta incivilizada conducta le mordieron; y dos mujeres embarazadas parieron dentro de su establecimiento haciéndole pasar muy mal rato porque este tabernero sufridor de tan increíble desincronización visual, no tiene ni la más remota idea en prácticas comadronas.

Todas las mañanas, entre los clientes habituales, acude a tomar su carajillo un famoso buscador de caracoles llamado Sergio Cabral. Este hombre, que sobrepasa por muy pocos centímetros la altura del mostrador, tiene un perro tan grande que casi le llega al hombro y que, debido a la prohibición, él deja en la calle, generalmente sentado sobre la dura acera.

Desde hace un par de semana un perrillo pequinés y su dueña una vieja  escuchimizada y con muy mal carácter, pasan por la calle donde está situado el bar del Tuerto y el can de la anciana se va para el perrazo de Sergio Cabral le ladra desaforadamente y para que no lo muerda, el chucho gigantón huye corriendo despavorido.

Los parroquianos del establecimiento se asoman a la puerta, ríen contemplando la ridícula escena y dirigen sus burlas a Sergio Cabral.

–Pero, Sergio, tío, ¿no te da vergüenza que un perro tan grande como el tuyo, escape cagado de miedo de un perrito tan chico?

–Mi perro es un animal muy pacífico, enemigo de la violencia -justifica su dueño.

Hoy es sábado, hora del aperitivo.  El bar del Tuerto está abarrotado de gente, gente que se asoma, risueña, a la calle cuando escucha los ladridos del perro pequinés y corriendo delante de él, realizando veloces círculos, el perrazo de Sergio Cabral. Y las burlas llueven sobre su propietario que encoge los hombros resignado y triste.

De pronto ocurre algo que al principio sorprende a todos, y después horroriza. El perro pequeño comete un fallo y en lugar de morderle -como hace siempre– el pelo de las patas traseras del chucho que persigue, le muerde los dos cocos que forman parte de su puntiagudo aparato reproductor.

El alarido que suelta el animal así mordido, puede ser oído desde el satélite de la Tierra. De repente el gran chucho de Sergio Cabral se detiene, abre su enorme bocaza y, cuando tiene al pequinés a su alcance, la cierra de nuevo y segundos más tarde la reabre para dejar caer al suelo la cabeza del perrillo que lleva tantos días atormentándolo y poniéndolo en ridículo.

Al ver a su perrillo guillotinado, a su vieja dueña le da un soponcio y cae redonda al suelo. Enseguida acuden algunos de los horrorizados espectadores a recogerla y entrarla dentro del bar con la intención de reanimarla.

Sergio Cabral y su dolorido perrazo escapan raudos y considerando tomar la sensata precaución de no aparecer nunca más en el lugar que ha sido cometido el crimen.

Por la noche, el Tuerto ha añadido al cartel de las prohibiciones: Prohibida la entrada a los perros, a las mujeres embarazas y a las viejas.

 

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