EL MISTERIO DE LA DESAPARICIÓN DE MIS MULETAS (final)

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EL MISTERIO DE LA DESAPARICIÓN DE MIS MULETAS (final)

(Continuación) Terminado el almuerzo y lavados los platos, mi mujer se fue a comprarme otro par de muletas y yo salí un momento hasta la puerta a hacer callar a Tristán que no paraba de ladrarle a un gato que desde lo alto del tejado de nuestro vecino de la izquierda que inmóvil, mirándole fijamente sus ojos color musgo, parecía querer burlarse de él:

-¿Te quieres callar ya, escandaloso? Y otra cosa te diré: debería darte vergüenza que unos ladrones se hayan llevado mis muletas y tú ni tan siquiera les hayas regañado.

Él se calló y volviéndose hacia mí me dirigió una mirada tan cargada de tristeza, que terminé pidiéndole perdón por lo que le había dicho.

Una hora más tarde mi consorte me trajo un par de muletas nuevas.

-La dueña de la ortopedia ha lamentado lo que nos ha sucedido y me ha hecho una pequeña rebaja.

-¿Ves como mi madre tiene razón cuando defiende que todavía quedan muchas personas buenas en el mundo?

-A tu madre nunca le han robado un par de muletas nuevas, que yo sepa.

Pasé por alto este comentario, porque la experiencia de algunos años de matrimonio me han enseñado que es mucho más fácil pelearse con la mujer de uno, que reconciliarse.

Al día siguiente repetimos lo del día anterior, mi mujer se marchó al trabajo, yo seguí durmiendo y, cuando me desperté, las muletas habían desaparecido del lugar donde yo las había dejado la noche anterior. Lógicamente, esta repetición de los hechos me disparó la ira y solté tacos tan gordos que me avergüenzo cada vez que los recuerdo.

La llamé por el móvil, dando rabiosos bocados a cada palabra que salía por mi boca le conté la desaparición de las nuevas muletas. Mi mujer, más serena que yo y con mayor conocimiento de cómo funciona esa maldición de los infartos, procuró serenarme.

-Tranquilo, cariño, no vaya a darte algo muy malo. Yo cerré la verja, estoy segura.

-Pero no la puerta de la casa que cualquiera ha podido abrirla con sólo mover la manija.

-¿Y sólo echas en falta las muletas?

-Sólo las malditas muletas.

-Eso tiene que ser otro perturbado coleccionista, sólo que en lugar de bragas colecciona muletas -convencida ella y convenciéndome.

-Voy a coger una lupa e imitando a Sherlock Holmes voy a buscar huellas de pies por todo el jardín y quizás por la marca de las suelas demos con el ladrón.

-Difícil me parece, pero algo tendremos que hacer o nos vamos a arruinar comprando muletas. Te dejo que acaban de traernos a un accidentado.

Yo tenía una lupa, que empleaba para examinar monedas antiguas en las que aparecían medio borradas fechas y letras. Con ella en mi mano salí al jardín usando de muleta improvisada la escoba, apoyándome en ella únicamente lo justo para que no se rompiese. Tristán me recibió con su habitual alegría y sus inagotables ganas de jugar.

-Cuidado que me vas a tirar -le advertí en un tono de severidad que él no entendió, pero que algo le impresionó, pues después de orinar en el palo de la escoba tomó asiento y quedose mirándome como dolido por mi conducta.

Yo me dirigí con la lupa a la valla que separaba nuestra propiedad, de la propiedad de nuestro vecino de la derecha. De pronto vi muy clara la huella dejada por la suela de un zapato deportivo, y exclamé triunfal:

-¡Te pillé, granuja!

Sonreí orgulloso de mi sagacidad. Sin embargo, acto seguido una idea adversa cruzó mi mente: <<¿Y si esta huella es mía? Bueno, luego iré a por la zapatilla de tenis mía del pie izquierdo y lo comprobaré. Desde luego es innegable que llevo a un aguafiestas metido dentro>>. Seguí inspeccionado el jardín y llegué hasta donde teníamos una enorme mata de romero que era la admiración de nuestras visitas por extraordinario tamaño, lo verde y bonita que estaba. Y de pronto vi brillar algo detrás de ella. Despertada mi curiosidad, me acerqué más, aparte dos ramas de las gruesas y descubrí allí detrás los dos pares de muletas que me habían desaparecido. Me quedé durante algunos minutos perplejo, sin saber qué explicación dar a tan inesperado hallazgo. Tristán me ayudó a encontrarla viniendo junto a mí y poniéndose a ladrar furiosamente. Entonces comprendí que las muletas las había cogido él de mi mesita de noche y llevado con su boca hasta allí.

-¿Pero por qué has hecho eso? -le pregunté desconcertado como nunca lo estuviera antes.

Entonces él me demostró que a veces me entendía a la perfección, me mordió los pantalones y echó a correr. Me mordió los pantalones y echó a correr. Y entonces comprendí: él creía que yo había dejado de correr con él por culpa de haberme aficionado a jugar con las muletas.

-De ahora en adelante cerraremos la puerta de casa con llaves, y tú tendrás que esperar a que tenga de nuevo el pie bien para que corramos juntos -le dije furioso.

Mi mujer, no menos enfadada con él, que yo, le llamó desconsiderado ladrón.

Tristán estuvo ladrando furioso el resto del día y de la noche, hasta que harto de oírle el vecino de nuestra derecha le lanzó, no sé si con la intención de darle, un enorme hueso de jamón y nuestro perro tuvo algo con lo que entretenerse durante muchas horas dejándonos descansar a todos.

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