DESPEDIDA MUY BIEN ORGANIZADA (tercer fragmento)

Carmela, que no ha perdido el aplomo en ningún momento, replica otra falsedad más:

—La suerte la hemos tenido las dos, señora Felisa: ella de haber encontrado una buena nuera, y yo una buena suegra.

—Así es, hija. Así es. Dile a Emilia que se pase por aquí un momentito cuanto ella pueda. Quiero pedirle que me haga un mantelito de punto para la mesa del brasero.

—Se lo diré. No se preocupe usted. Debo irme, señora Felisa. En una casa hay siempre tanto que hacer.

Carmelita alucina. Está descubriendo que su madre es la mayor embustera de todo el pueblo.

—Ay, hija, todo el mundo con las prisas hoy en día. Es como una enfermedad de la que se contagian todos —se queja la tendera—. Recuerdos a la abuela.

—De su parte, señora Felisa.

Abandonan la tienda madre e hija. A buen paso la primera, al trotecillo la segunda para no quedarse atrás.

—La tía cotilla. No se quedara muda —murmura, desea, Carmela—. Llévame el bolso —ordena a su hija, dejando el envase de pintura un momento en el suelo para cambiarlo de mano—. El maldito bote pesa lo suyo.

Dos minutos más tarde están de nuevo en casa. La difunta sigue tal como la dejaron.Carmela prepara un cubo con agua y una fregona. Se hacetambién con una brocha y unpalo. Remueve con este último la pintura para mezclarla bien.

—¡Venga, niña, despabila! —apremia—. Yo pinto y tú vas detrás de mí limpiando las gotas que se caigan al suelo.

Acostumbrada ya a guardar silencio, Carmelita dice que sí con la cabeza. Una pinta con rapidez, la otra limpia, mirando de reojo a la yaciente en la cama. <<Como se levante de pronto la abuela pidiendo la merienda, yo salgo pitando de aquí>>, considera la nieta. Les lleva la tarea algo más de una hora. Carmela, sin resuello, los brazos doloridos, lo guarda todo en el trastero.

—Con este airecillo que entra por la ventana abierta, en unos pocos minutos estarán secas las paredes —calcula. Se pone en jarras muy cerca de la difunta y, vengativa, le dice con voz cargada de resentimiento—: ¿Qué…? ¿Se da usted cuenta ahora de lo poco que somos, Emilia? Tanta soberbia, orgullo y mala leche ¿de qué le han valido? Le han valido para morirse igual que cualquiera. Ni más ni menos. Ni menos ni más. Espero que Dios le haga pagar bien caro todo lo que, mientras ha vivido, me ha hecho sufrir a mí. Yo, para que vea lo buena que soy, la perdono —se vuelve hacia su hija que la observa embobaday ordena, enérgica—: Vamos a arreglarnos. Vas sucísima, hija. Te pondrás el vestido azul oscuro.

—Me viene muy chico —le recuerda la niña.

—Pero es el mejor que tienes y muy adecuado para la ocasión.Como tu padre es igual de encogido que su madre, no se gasta un céntimo en comprarnos ropa a nosotras.

Carmela por no escandalizar más a la niña, se guarda el acusar de más cosas a su consorte.

—La que tiene vestidos preciosos es Encarnita Tomales. Ocho tiene, mamá, a cuál de ellos más bonito.

—Su padre tiene una importante empresa y gana mucho —dice con un tonillo de envidia Carmela—. En este mundo hay gente que tienesuertey otra gente que tiene una mierda.

Se lavan un poco, se peinan y cambian de atuendo.

—Ahora ya se pueden enterar todos los del pueblo, de lo que ha pasado aquíesta mañana —decide entoncesCarmela; en sus manos lleva dos pañuelos de su marido porque son mucho más grandes que los suyos—. Coge tú uno —apremia a su hija.

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