UNA AVENTURA ESPECTACULAR (tercer fragmento)

          Transcurrieron un par de segundos de expectante silencio y de repente se abrió la puerta para dar paso a un botones con una llave en su mano, y detrás de él entró un individuo gigantón embutido dentro de una gabardina color marfil y con un maletín de cuero negro en su mano. Sobre la identidad de este último intruso se enteró inmediatamente Pepe Fiestas al exclamar Diana, aterrada:

        —Oh, God! Mio marito!

        Mientras el joven empleado del hotel quedaba paralizado de estupor, los ojos a  punto de salírsele de las órbitas y la boca descolgada un palmo, en la habitación se inició una actividad febril. El marido de la adultera dejó caer el maletín, lanzó un rugido de fiera rabiosa, al que no habría puesto ningún pero el más enfurecido de los leones, y que sirvió para helar la sangre que circulaba por las venas del aterrado Pepe Fiestas que, viéndole venir hacia él con el evidente deseo de matarle reflejado en sus furibundos ojos, dio un espectacular salto en el aire, eludió las manazas que buscaban su cuello y salió disparado hacia la puerta. Diana, mientras, aterrorizada, se puso a chillar histéricamente.

        Paco Fiestas, totalmente desprovisto de ropa corrió como una exhalación por el pasillo  donde se estaban abriendo ya muchas puertas por las que asomaban rostros alarmados. No se entretuvo en esperar el ascensor.  Estaba en juego su vida y cada segundo le era vital. Cogió las escaleras y, como si se tratase de una nueva modalidad olímpica, fue saltando a velocidad de vértigo y con temeridad suicida, los escalones de seis en seis. Su hombría campaneaba de un lado a otro como un cencerro loco.

          Al llegar al final de la escalera, el pudor frenó un segundo al fugitivo. Al otro lado de la acristalada puerta junto a la se había detenido, se hallaba el vestíbulo del hotel abarrotado de gente vestida. ¡Era para morir de vergüenza  exponerse  delante de todo aquel gentío, tal como lo había parido su buena madre! Pero escuchó a sus espaldas un ruido parecido a pisadas de elefante, y el recato se le esfumó. Abrió la puerta, se tapó con ambas manos la entrepierna —tan orgullosa unos minutos antes y tan humilde y descolgada en aquel momento— cruzó el repleto salón sembrando con su desnudez enorme sorpresa que se tradujo  en chillidos femeninos de muy diversa índole y airados insultos masculinos.

           La gran puerta principal se hallaba en aquel momento de par en par. Pepe Fiestas salió por ella veloz como un cohete. Afuera había dos taxis.  Se metió en el primero de ellos y le suplicó al taxista:

         —¡Por favor, salga usted pitando de aquí o será testigo de mi asesinato!

         El profesional de volante  mostró desconfianza.

       —¿Cómo sé yo que no ha cometido usted algún delito digno de ser castigado? La gente honrada no va por ahí desnuda.

        —El único delito que he cometido es dejar que una tía me sedujera y, mientras ella me estaba exprimiendo igual que a un limón, ha llegado su marido. ¡Por su santa madre, buen hombre, arranque! ¡Ya está ahí el tío cabrón que quiere matarme!

          El taxista miró hacia dónde le señalaba Pepe Fiestas y vio a un mastodonte de más de dos metros de estatura, ancho como un armario de cuatro puertas y cuya mirada criminal buscaba al que perseguía.

      —Desde luego tiene cara de asesino el tío. Que poco moderno es el muy cabrón —reconoció el profesional de volante, pisando el acelerador a fondo.

       —Muy poco moderno —convino Pepe Fiestas—. Hay tíos  que  se han quedado anclados en la época de las cavernas.

         Este intercambio de opiniones liberales y vanguardistas satisfizo a ambos, pues hicieron causa común. El taxista también era soltero.

 

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