ACIERTOS DEL DESTINO (RELATO)
Era por la mañana, una mañana primaveral de sábado. En el cielo unas pocas nubes disfrazadas de patatas de algodón coqueteaban con el sonriente sol. La ciudad tenía un parque extenso, magnífico. Por hallarse este lugar algo alejado del infernal tráfico, el aire estaba mucho menos contaminado y, además, las flores sembradas en los parterres se divertían, generosas, regalando sus deliciosos perfumes a los visitantes de este lugar. Los numerosos árboles allí existentes tenían hojas en reposo, a la espera de que soplase un poco de viento que les hiciese bailar.
El destino se levantó juguetón esa mañana y se fijó en una pareja de adolescentes. El chico se llamaba Rosendo Constancia, y la chica Alfonsina Melenas. Había entre ambos una coincidencia educativa: asistían al mismo instituto.
El destino organizó que sin haberlo ellos planeado, ambos coincidieran en una heladería que existía en equel lugar. Ella había entrado primero y pedido a la dependienta con uniforme blanco y estereotipada sonrisa, un helado de turrón con vainilla.
En aquel momento Rosendo entró en el establecimiento. A Rosendo, en cuanto vio a Alfonsina se le volvió loco el corazón. Ella le gustaba más allá de lo que nunca sería capaz de expresar.
—Hola, Alfonsina, buenos días. Me alegra mucho verte —saludó con cierto tartamudeante gozo.
Ella le igualó la falta de originalidad y el contento.
—Hola, Rosendo, buenos días. También a mí me alegra mucho verte —respondió bellamente turbada.
La dependienta entregó a la muchacha el helado que le había pedido. Repitió la misma sonrisa de antes, pero esta dedicada a Rosendo que le pidió a su vez:
—Un helado de vainilla y aguacate, por favor.
Alfonsina esperó a que se lo sirvieran, y una vez lo hubo recibido y pagado él, salieron juntos demostrando lo que ambos sabían hacerle con la lengua, a las delicias heladas que sostenían en su mano.
—Si nos sentamos en un banco, el helado nos sentará mejor —propuso él, que vestía una camiseta, unos vaqueros rotos por la parte de las rodilas y unos mocasines color avellana.
—Estoy totalmente de acuerdo con lo que acabas de proponer —respondió ella que llevaba puesta una blusita muy mona, de color rosa, una falda verde manzana y unos zapatitos blancos modelo Cenicienta.
Encontraron un banco vacío y lo ocuparon. Durante varios minutos se dedicaron únicamente a irle quitando volumen al helado, hasta que consiguieron quitárselo todo y traspasarlo al interior de su estómago.
Entonces se miraron y en sus ojos apareció un brillo que los dejó fascinados a ambos. Ella fue la primera en reaccionar y decir a su acompañante con manifiesto halago:
—Rosendo, acabo de darme cuenta de que tienes unos ojos preciosos. Mirándolos pienso inmediatamente en el mar.
—Alfonsina, tienes unos ojos bellísimos, viéndolos pienso inmediatamente en un panal lleno de rica miel.
Los dos se mostraron muy satisfechos con lo que acababan de decir.
—Rosendo, ¿qué sabes tú sobre el amor? —investigadora ella.
—Alfonsina, la verdad es que sé muy poco —con franqueza él.
Siguió un silencio en el que ambos aprovecharon para encender sus mejillas con intenso rubor.
—Alfonsina, leí una vez en un libro que una persona descubre que está enamorada de otra porque de pronto se aloja en su corazón una gran orquesta con muchos violines. Yo estoy sintiendo esa orquesta desde el momento mismo de tenerte delante de mí.
—Oh, Rosendo —mostrándose encantadísima ella—, yo estoy escuchando también esa orquesta desde el momento mismo de tenerte delante de mí.
Los dos, con sus miradas presas como dos imanes de igual potencia suspiraron embelesados.
Rosendo avanzó sus dos anhelantes manos hacia las manos de Alfonsina, que no menos anhelantes le salieron al encuentro. Esas manos se juntaron y los corazones de los dos jóvenes interpretaron la misma exultante, divina melodía.
El destino, considerando que ya había hecho bastante por ellos se alejó, para detenerse un momento más tarde en otro banco donde había dos entrañables ancianos, con los que él había jugado cincuenta años atrás, y el destino pensó observándolos: <<Estos dos me han demostrado, a través del inexorable cómplice don Tiempo, que acerté plenamente al juntarlos>>.
El destino se alejó. Los dos viejos cambiaron una amorosa sonrisa con sus dentaduras protésicas y recordaron la original declaración de amor que él le hizo a ella: escribir tres mil veces, en una libreta de anillas, la frase: te amo, y te amaré hasta el fin de mis días.
—“¿Es verdad eso que has escrito? —le preguntó ella entonces mirándolo encandilada.
—“Tan cierto como que nos moriríamos si ahora nos quitasen el aire que respiramos.
Los dos ancianos vieron pasar por delante de ellos a los dos adolescentes cogidos de la mano y mirándose de un modo hipnótico, como si estuviesen viendo el uno en el otro lo más hermoso que existía en el mundo.
—Igual que nosotros cuando íbamos al instituto.
—Sí, igual que nosotros cuando íbamos al instituto.
Las dos parejas, escuchándolos, tuvieron el convencimiento de que los pájaros que revoloteaban entre las ramas de los árboles cercanos les estaban cantando a ellos una canción de amor.
(Copyright Andrés Fornells)