A UN PAÍS DE CIEGOS LES BASTA POR REY UN TUERTO (RELATO)
Hubo una vez un país en el que padecía ceguera mental la gran mayoría de sus habitantes. Debido a esta deficiencia, multitud de ciegos mentales valiéndose de ser muy superiores en número a los que no padecían ninguna dificultad visual, decidieron que, para gobernar sus vidas bastaría y sobraría con nombrar presidente a un tuerto. Pensaron que, al fin y al cabo, por poco que viese siempre vería algo más que ellos.
Como en ese país funcionaba un sistema político llamado Democracia, que era un sistema tan defectuoso que los humoristas lo llamaban: <<El sistema chicle>>, por cómo podía estirarse para cualquier lado, dependiendo de los escrúpulos o falta de ellos que tuviesen quienes tuvieran ese chicle en sus manos.
Llegaron las campañas de elecciones y pusieron en marcha el sistema democrático. Montañas de publicidad, banderitas, imágenes de los candidatos; todos con miradas falsamente bondadosas y sonrisas más falsas todavía. Y promesas que ninguno de ellos estaba dispuesto a cumplir. Gestionarían tan bien los recursos naturales, pondrían tan bajos los impuestos que cobrarían que hasta los más pobres podrían, con la riqueza creada por ellos, que hasta los más humildes de los humildes podrían vivir como potentados.
Quienes dirigían el partido de ciudadanos poseedores de doble visión mental explicó a los medios de comunicación:
—Con un presidente tuerto o ciego, nosotros no llegaríamos a acuerdo ninguno porque arruinaría este país nuestro y, por lo tanto, votaremos en contra de todos los demás candidatos para que gobierne el candidato nuestro. Y confiamos en que tanto los ciudadanos tuertos como los ciudadanos ciegos que conservan todavía un poco de cerebro sano nos votarán a nosotros.
Los dirigentes del partido de los tuertos arengaban con los altavoces a tope:
--Tanto los que ven mucho, como los que no ven nada, tienen su corazón corrupto, poseen genes inclinados a latrocinio y si mandaran ellos arruinarían el país mientras ellos se convertían en millonarios. Votadnos a nosotros que somos dechados de honradez y un céntimo que cayese en nuestras manos, no ganado con el sudor de nuestra frente, nos las abrasaría.
El dirigente de los simpatizantes del tercer partido, que se hacían pasar por ciegos y ocultaban sus ojos detrás de unas gafas negras, aunque su visión mental era tan notable como su astucia, aseguro, taimado:
—A nosotros nos gustan tan poco los que ven perfectamente, como los que medio ven, nos pondremos del lado de quienes nos perdonen las deudas que tenemos y nos regalen una buena parte del colosal pastel que se consigue con la gobernabilidad de un país.
Se celebraron las elecciones. Obtuvo más votos el partido que poseía la visión perfecta. Pero los dos partidos perdedores juntaron sus votos sumando con ello una cantidad superior al partido que había ganado las elecciones y gracias a unas leyes tan absurdas como los astutos o imbéciles cerebros de quienes las habían creado fue nombrado presidente del país el elegible tuerto.
Y así fue como los ciudadanos más valiosos de aquel país, que eran quienes habrían conseguido grandes avances económicos, tecnológicos y sociales, vieron como se creaba una dictadura que convertía en esclavos a sus trabajadores, forzaba a emigrar a sus jóvenes más valiosos, mientras los que pertenecían al partido gobernante se enriquecían a costa de la explotación de los tesoros naturales, de las industrias, del trabajo y la miseria de sus súbditos.
Cuando a los que mandaban consiguieron algunos jueces íntegros, supervivientes, condenar sus fechorías, todos aquellos embaucadores y criminales delincuentes con mando total huyeron dejando en la ruina total a su país, marchando ellos a otras naciones con leyes que les permitirían gozar con seguridad de la inmensa fortuna que habían acumulado.
Un filósofo honesto al que le pidieron dijera algo a este respecto, respondió con una mezcla de amargura, decepción y pesimismo:
—Nada nuevo bajo el sol. Los de siempre, arruinando a los de siempre.
(Copyright Andrés Fornells)