UNA NIÑA Y UN NIÑO (cuento infantil)

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UNA NIÑA Y UN NIÑO (cuento infantil)

Por lo que recuerdo, yo era muy pequeño entonces. Vestía pantaloncitos cortos, una camiseta con un Superman impreso en ella, calzaba zapatitos con punteras redondas muy estropeados por darles patadas a las piedras, ejercicio con el que me entrenaba para cuando pudiera cumplir mi gran sueño de convertirme en un extraordinario futbolista.

Sobre el estado de mi ropa, mi madre decía que no me duraba limpia ni cinco minutos, y mi padre siendo benévolo justificaba que eso era porque yo estaba sobrado de energía.

Una mañana, en el parque infantil situado delante del edificio donde vivíamos mis padres y yo, descubrí la presencia de la niña más bonita que yo había visto en toda mi corta vida.

Me enamoré, inmediatamente, de ella. Yo iba armado con mi espada de madera. Espada que me había fabricado mi padre, tras habérsela pedido yo después de haber visto la excitante película Los Tres Mosqueteros e imaginar que yo podía ser uno de ellos.

Aquella niña tenía sus cabellos del color del oro y los ojos del color del mar.

Recordé una escena de aquella apasionante película de espadachines que tanto me había impresionado y le dije blandiendo mi espada delante de aquella maravillosa niña pretendiendo convertirme en su héroe:

—Yo te libraré de los hombres malos que ha enviado ese malísimo cardenal para que te secuestren.

Retrocedí dos pasos y creando mi imaginación a dos esbirros que siguiendo las órdenes del cardenal Richelieu venían a secuestrarla, conseguí con varios mandobles de mi espada, dados en el aire, salir victorioso, jadeante, triunfador, mis dos atacantes tirados en el suelo, derrotados.

La niña muy bonita reaccionó de un modo que me resultó de lo más dolorosamente decepcionante. No me miró como se mira a un héroe que te ha salvado, sino como se mira a alguien muy inquietante y poco de fiar.

–Eres un niño muy raro… Me das miedo… —dijo antes de salir corriendo a echarse en brazos de su madre que, cerca de donde nos encontrábamos nosotros, tenía un libro en sus manos.

No sé qué le diría su hija pues la mujer giró su cabeza hacia mí y me dirigió una mirada tan recriminatoria que de tanto como me dolió me eché a llorar y nunca he podido olvidarla.

(Copyright Andrés Fornells)