VISITA DE UNOS VIAJEROS DEL ESPACIO (RELATO)
Linda Gómez era extraordinariamente hermosa. Medía 1,80 tenía ojos como zafiros y largos cabellos de oro. Cuando salía a la calle las mujeres pellizcaban a sus acompañantes masculinos y muchos hombres, embobadas, chocaban con farolas.
A Linda le sucedía algo que mucha de la gente que la conocía consideraba excepcional: Eran multitud los que se enamoraban de ella, mientras que ella no demostraba el más mínimo interés por ninguno de los hombres que le demostraban admiración, embeleso, incluso amor.
Pero un viernes que era festivo salió ella a la calle bien vestida con la intención de reunirse con Amanda su mejor amiga (y tan guapa y alta como ella, pero con ojazos negros y cabellera azabache.
Estas dos bellas jóvenes habían acordado ver juntas una película sobre escaladores, tema que resulta muy agradable en verano cuando hace un calor que achicharra.
—A las ocho nos reuniremos delante del cine, ¿vale? —dijo Linda.
—A las ocho estaré allí —se comprometió Amanda.
—Procura ser puntual, ¿eh? Por favor te lo pido. Si te retrasas tendré que aguantar yo sola a todos los babosos que intentarán ligar conmigo.
—Seré puntual como un reloj suizo.
Justo cuando se despedían las dos amigas con una risa, en la plaza situada a muy corta distancia de la sala de proyección donde iban a reunirse ambas amigas, aterrizó una nave espacial. De su interior salió un grupo de alienígenas y mientras la mitad de ellos construían jaulas, la otra mitad se dedicaba a la captura de aves que trinaban pacíficamente en lo alto de los árboles que allí había, pues este tipo de animales de pluma no los tenían en su lejano planeta, les gustaban mucho y habían programado cogerlos y llevárselos allí.
Al llagar Linda y Amanda, extraordinariamente puntuales, delante del cine, se les acercaron los dos tíos más feos que ellas habían visto en toda su joven vida. Pues aquel par de humanoides tenía ojos enormes, una nariz que parecía se la habían desfigurado a martillazos y una boca exhibiendo una sonrisa que parecía un buzón de correos.
Las dos chicas, en vez de asustarse ante aquellos adefesios rompieron a reír y les preguntaron, medio ahogadas por la risa que les había entrado:
—¿De qué zoológico os habéis escapado vosotros?
—No nos hemos escapado de ningún sitio —afirmó el menos agraciado de ambos—. Estamos aquí de visita. Somos alienígenas.
—¡Vaya! —divertidas ellas—. ¿Sabéis hacer algo además de asustar con o feos que sois?
—Sabemos hacer multitud de cosas. Cosas que vosotros, los atrasadísimos terrícolas llamáis mágicas. Pedidnos lo que queráis y os lo conseguiremos enseguida.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—Pues conseguidnos dos entradas para el cine Doriano, que tenemos ahí enfrente, para ahora mismo.
—Inmediatamente —acto seguido aquel ser de otro planeta le dio un tirón a una de sus enormes orejas y del interior de la oreja del otro lado de su cara salieron cuatro entradas que le entregó enseguida.
Linda, cuando fue capaz de salir de su extraordinario asombro, que no era menor que el asombro de su amiga, observó:
—Te he pedido dos entradas, no cuatro.
—Es que dos de las entradas son para vosotras y las otras dos para nosotros dos, mi hermano y yo que entraremos ahí con vosotras.
Pasmadas de asombro Linda y Miranda se quedaron mirando aquellas caras que parecían diseñadas por un Picasso con resaca creando a un par de Frankenstein.
—Si sois magos, como decís, cread para nosotros cuatro cubetas de palomitas, un puñado de chocolatinas y cuatro refrescos --intervino Amanda.
El extraterrestre que llevaba todo el tiempo la voz cantante le dijo a la chica morena que se pusiera cerca de su oreja izquierda.
—Colocaros las dos con vuestras manos abiertas cerca de mi oreja izquierda —indicó el viajero del espacio.
—¡Qué locura, tíos! —siguiendo ellas sus indicaciones.
El extraterrestre tiró hacia arriba de su oreja derecha y por su oreja izquierda salió todo lo que le había pedido Amanda.
Total, que las dos chicas más hermosas del Barrio Brócoli disfrutaron de aquella refrescante película junto a sus acompañantes que, además de no ser mancos, merecían sobresaliente en el apasionado arte del multibeso.
Cuando salieron del cine cogidos de las manos, risueños y encandilados, se reunieron con los extraterrestres que ya tenían las jaulas llenas de pájaros.
—Tenemos que irnos ya si queremos llegar a casa con luz diurna —dijo uno de los compañeros de los acompañantes de las chicas terrícolas. Ellos, que se habían enamorado de las bellezas, les preguntaron a ellas:
—¿Os queréis venir con nosotros? Podemos garantizaros que os haremos más felices de lo que nunca habéis sido.
—¿Existe en vuestro planeta la fidelidad eterna entre las parejas? —quiso saber Linda.
—Existe la fidelidad eterna, pues nadie quiere ser desintegrado que es lo que le sucede a todo aquel que le es infiel a su pareja.
—¿Tendríamos que trabajar muy duro para subsistir en vuestro planeta? —preguntó Amanda.
—Naturalmente que no. Allí no tendríais que trabajar en nada. Para nosotros es el mayor de los honores que las mujeres extranjeras nos dejen cuidarlas, adorarlas y tratarlas como diosas.
Linda y Amanda cambiaron una mirada de inteligencia, sonrieron y preguntaron a dúo:
—¿Hay tiendas en vuestro planeta?
—Multitud de ellas y para cogerde esas tiendas todo aquello que os guste no necesitáis ni dinero ni tarjetas de crédito. Solo tenéis que cogerlo y llevároslo.
—Abrid la puerta de vuestra nave que nos vamos con vosotros —pidieron a la vez las dos amigas, absolutamente decididas.
Y millones de veces más rápido que la velocidad de la luz, la nave extraterrestre y sus ocupantes desaparecieron en el cielo.
(Copyright Andrés Fornells)