TIPOS DUROS (HISTORIAS NEGRAS AMERICANAS)

TIPOS DUROS (HISTORIAS NEGRAS AMERICANAS)

TIPOS DUROS

(Copyright Andrés Fornells)

Johnny, Nick, James y Peter pertenecían a la misma banda de pistoleros. La banda de Ramos Culogordo. Aquella noche se hallaban jugando al póquer en el reservado de un tugurio situado en el Southdown, barrio marginal de la ciudad de Nueva York.

Para evitar abusos que pudieran terminar en pelea, cada uno de ellos tenía su propia botella de whisky de la que iban bebiendo a palo seco, que es como lo beben los tipos muy duros.

Los cuatro estaban fumando gruesos puros y habían conseguido que flotara en la habitación, estrecha y lúgubre, iluminada únicamente por una bombilla metida en el centro de un plato de porcelana amarillenta y decorado con el continuo ametrallamiento de moscas cagonas, una densa y apestosa nube de humo que les obligaba a mantener los ojos entrecerrados lo cual procuraba a sus rostros una expresión entre siniestra y astuta.

Llegó una jugada en la que todos los participantes en la partida reunieron buenas cartas y todos fueron poniendo montoncitos de sucios y arrugados billetes de dólares encima de la mesa mugrienta hasta formar un considerable montón de ellos.

Las miradas de los presentes iban adquiriendo peligrosos brillos de codicia. Como el círculo de luz abarcaba justo el redondel de la mesa, todos tomaban la precaución de ocultar sus rostros en la penumbra que se formaba más allá del mismo. En el juego de póquer los rostros forzadamente impasibles pueden mostrar algún pequeño detalle delator para los agudizados ojos que escrutan, que vigilan, que interpretan.

Después de pensar mucho cada decisión y ejercer pausadamente el cálculo mental que les demostró que todos aspiraban a ganar, se mostraron finalmente las cartas y el ganador resultó ser Nick con una Escalera Real de Color.

—Je, je, os he dejado a todos con el culo al aire, tíos —con recochineo el ganador abriendo los brazos, formando un círculo con ellos y arrastrando hacia él, desde el centro de la mesa, la importante cantidad de dinero amontonado.

Todos, con gestos sombríos, admitieron que era verdad lo que acababa de decir.

—Ocho mil ochocientos cinco dólares —dijo Nick triunfal después de contarlos formando una pila con ellos. Cogió del montón reunido un solo billete que llevaba la cara del barbudo Abraham Lincoln y el número cinco, y sacando del bolsillo su encendedor le prendió fuego diciendo con marcado tono agorero:

—Las cifras impares traen mala suerte. Por eso lo que he quemado.

James y Peter rieron su comentario y su acción. Johnny la desaprobó:

—Eso ha sido una gilipollez por tu parte. Esos cinco pavos eran míos. Y a la mala suerte no le importa una mierda ni los pares ni los nones.

Con la velocidad del rayo Johnny sacó la 38 especial que llevaba en el bolsillo de su arrugada chaqueta y en menos de un segundo le disparó al cuerpo cuatro balazos seguidos. Nick se derrumbó, muerto sin remedio, arrastrando con él la silla en la que estaba sentado. De las dos mangas de su chaqueta cayeron varios naipes que llevaba allí ocultos a los que, con sus estertores de muerte ayudó a salir de su escondite.

—Bien, lo has matado por tramposo —comentó Peter acompañando sus palabras de un aprobador gesto de cabeza.

—No, Peter. Hacer trampas en el juego es perdonable. Todos podemos caer fácilmente en esa tentación —justificó Johnny soplando el humo que salía de su arma recién disparada—. Lo que no le he perdonado a ese capullo es que me haya desprestigiado diciéndoles a los de la banda del Tuerto, que tengo menos puntería que un ciego con legañas.

James que se había acercado al cadáver a quitarle el reloj de pulsera, tuvo un sincero elogio para el que había disparado:

—Mentira asquerosa esa sobre tu mala puntería, Johnny. Las cuatro balas se las has metido a Nick en mitad del corazón y tan juntas que parecen un solo orificio.

Mientras se repartían a partes iguales el dinero que el ofensor había ganado, James y Peter felicitaron también a Johnny que sonreía feliz como un niño al que Papá Noel le ha traído muchos más juguetes de los que él pidió, premiando con ellos su excelente puntería.