SUSTO GRANDE (Microrrelato)
Bartolo Sinmangas era albañil de profesión y alpinista aficionado. Cierta noche se le ocurrió darle una sorpresa a Brunilda Botones su enamorada y, poniendo en riesgo su vida escaló por la fachada hasta llegar al balcón de la séptima planta donde se hallaba el apartamento donde ella vivía.
Llegó arriba jadeante, con una gran sonrisa en su boca pensando en la sorpresa que ella iba a llevarse cuando le viese aparecer inesperadamente.
Estaban en verano, la puerta del balcón se hallaba entreabierta para que pasara algo de aire, pero con la cortina cerrada para que desde fuera no se pudiera ver nada del interior del dormitorio.
Muy despacio, para no hacer ruido alguno y conseguir con ello darle una sorpresa mayor a su novia, Bartolo fue apartando lentamente la cortina hacia un lado y entonces, quien se llevó una sorpresa morrocotuda fue él al descubrir que Brunilda se encontraba en la cama, en brazos de otro hombre, los dos desnudos y gozando de sus cuerpo, apasionada y ruidosamente.
Durante un par de minutos Bartolo quedó petrificado, incapaz de reaccionar en modo alguno. Luego, cuando recobró la serenidad y asimiló que había sido dolorosamente traicionado, dominó su primer impulso de violencia, de intensa ira y decidió darles un buen susto.
Se quitó los pantalones se los puso alrededor de la cabeza dándole forma de turbante y entrando en la alcoba gritó con una voz que él creyó podía ser interpretada como de ultratumba:
—¡Del infierno vengo, y al infierno os voy a llevar a los dos, despreciables traidores!
El resultado que consiguió, ni él lo buscaba ni los dos copuladores se lo esperaban, y mucho menos el trágico resultado de perecer ambos de un doble, repentino y fulminante infarto.
Bartolo, después de haberles dado el susto, sin enterarse del resultado conseguido, descendió por la fachada hasta la calle y se marchó a su casa disgustadísimo, pensando en que al día siguiente llamaría por teléfono a Brunilda, le diría que era una asquerosa desvergonzada y que por parte suya quedaba rota para siempre su relación.
Al día siguiente, somnoliento y malhumorado pues apenas había podido dormir por el disgusto recibido la noche anterior con el descubrimiento de la infidelidad de su amada, llamó al teléfono fijo de la casa de ella. Respondió a su llamada, Luciana, la hermana pequeña de Brunilda, quien, entre sollozos le comunicó que a su hermana mayor la habían encontrado aquella mañana muerta en su dormitorio.
Bartolo tardó un tiempo en asimilar aquella terrible desgracia.
—¡Dios santo, muerta! ¿Cómo ha sido posible eso?
Entrecortadamente, sin dejar de llorar, la niña le contó lo siguiente:
—Según me han dicho mis padres, mi hermana se puso muy enferma esta mañana muy temprano. Llamaron a don Sebastián, el médico, que vino enseguida. Discretos, los dejaron a los dos hablando y cerraron el cuarto. Un rato más tarde, preocupados por lo que tardaba don Sebastián en salir entraron en el cuarto y lo encontraron a él en el suelo muerto y a mi hermana, en la cama, muerta también.
—¿Desnudos los dos? —extrañado Bartolo de que la chiquilla no hubiese mencionado este escandaloso detalle.
Esta pregunta suya sorprendió mucho a Luciana que le reconvino:
—Qué tonto estás a veces, Bartolo. Las cosas tan estúpidas que se te ocurren. Mi hermana llevaba su camisón de dormir, y el doctor vestido, como siempre, con traje y pajarita.
—Vale —totalmente aquejado de remordimientos de conciencia—. Cuando pueda vendré a veros. Diles a tus padres que los acompaño en el sentimiento —y cortó la comunicación.
Compungido y aterrado registró en su memoria la escena vivida por él la noche anterior y en un rápido flash pudo ver como se agitaban los dos cuerpos desnudos y después quedaron inmóviles. Y comprendió que aquella reacción no había sido el resultado de un orgasmo sino la doble paralización de sus corazones por causa del susto que él les había causado. Se imaginó que para evitar el escándalo que causaría a todos los habitantes del pueblo aquella tragedia adultera, los padres de Brunilda se habían inventado lo de la indisposición de su hija, y la visita del medido al que debieron vestir rápidamente.
Las dos familias de los fallecidos, programaron el entierro de ambos con dos horas de diferencia, para que todos los que quisieran pudiesen acudir a los dos sepelios.
El albañil escalador recibió tantos pésames como los padres de la difunta y la viuda del facultativo fallecido.
Bartolo fue el único que tuvo conocimiento de haber sido el causante involuntario de aquel doble fallecimiento. A este respecto sería el único que sentiría remordimientos hasta el fin de sus días. Y en cuanto a vergüenza la sentirían los padres de la infortunada Brunilda y Graciana, la esposa del adúltero don Sebastián.
(Copyright Andrés Fornells)