SEGUÍAN LOCAMENTE ENAMORADOS (MICRORRELATO)


(Copyright Andres Fornells)

Ella salía de unos grandes almacenes, y él se disponía a entrar en los mismos. Se reconocieron al instante. Se les desbocó el corazón. Se miraron, el alma asomada a sus ojos. Llevaban cerca de dos años sin verse; para ellos una eternidad insufrible, dolorosísima. Circunstancias de la vida los había atado a otras personas con lazos equivocados pero, por imposiciones familiares, indisolubles.
—¡Ana! —con voz estrangulada el hombre.
—¡Berto! —con un sollozo ahogado la mujer.
Abrieron sus brazos al mismo tiempo y recorriendo la corta distancia que les separaba se fundieron en un estrecho, desesperado abrazo. Y durante algunos minutos permanecieron apretadamente juntos, callados, jadeantes, gozando la dulzura y el calor que desprendían sus cuerpos hechos para estar unidos.
Luego se separaron unos centímetros para poder mirarse larga, profundamente a los ojos, descubriendo que la devastadora hoguera del amor que antaño los abrasó seguía ardiendo en ellos con la misma intensidad de entonces.
Él la cogió con firmeza de la mano y echó a andar. Ella le siguió dócil, anhelante. Se pararon al llegar a la esquina. Él levantó el brazo que le quedaba libre y detuvo un taxi. Entraron juntos en el vehículo. Ella no preguntó a dónde la llevaba. Él no creyó necesario decírselo. Lo único que importaba a los dos en aquel momento era buscar un sitio donde poder morir de amor juntos, de nuevo, otra vez más, y después que fuese lo que Dios quisiera.
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