SEGUIMOS CONSEJOS DE NUESTROS PADRES (MICRORRELATO)
Margot y yo estábamos muy enamorados. Siendo sincero y sin exagerar, estábamos hasta demasiado enamorados. Había días, por ejemplo, que lo pasábamos tan extraordinariamente bien estando juntos que me obligaba a reflexionar y decirle cosas como las siguientes:
—Margot, mi padre era un buen padre. Me daba excelentes consejos, que yo solía seguir y me funcionaban. Pongo ejemplos:
<<Procura guarecerte de la lluvia, pues siempre que te cae un chaparrón encima te resfrías>>
—De acuerdo, papá. Cuando llueva y me vea obligado a salir a la calle lo haré calzado con botas de goma, vestido con un chubasquero y protegiéndome con un paraguas.
<<Cuando vayas a la playa, hijo, procura que no te dé mucho el sol en la cabeza no sufras una insolación>>.
—De acuerdo papá, cuando vaya a la playa llevaré conmigo un sombrero, crema solar y permaneceré todo el tiempo en la sombra.
<<Hijo, ten mucho cuidado con las mujeres que tienen una sonrisa irresistible porque te hechizarán con ella y no serás capaz de razonar ni tampoco de cuidar tu salud.
Margot dejó de sonreír por un momento y yo aproveché para recoger mi ropa, vestirme con la rapidez del rayo y correr hacia la puerta.
—¿A dónde vas con tanta prisa, amor?
—A comprar comida. No hemos probado bocado desde esta mañana.
—¿Estás siguiendo otro de los excelentes consejos de tu padre? —Margot riéndose de mí.
—No, estoy empleando unos de los consejos que da un manual de supervivencia.
Abandoné el apartamento riendo. Llegué al supermercado que estaba a solo dos bloques del edificio en el que morábamos nosotros dos. Fue al coger un carrito que reparé en que no llevaba mi cartera.
Iba a ir de regreso a la casa cuando apareció mi chica que riendo a carcajadas me soltó:
—¿No te dio tu padre nunca el consejo de que no vayas de compras dejándote la cartera en casa?
—No, pero me dijo que no debía perder nunca la cabeza por una mujer.
—¿Y le has hecho caso?
—Sí, pude hacerle caso hasta que te conocí a ti.
—Eso me gusta, que hayas sido un hombre independiente hasta que al conocerme a mí hayas dejado de serlo.
—Perfecto —asimos el manillar del carrito los dos muy juntos—. Y por favor, Margot, no me sonrías hasta que estemos de vuelta en casa.
—¿Sabes que me aconsejó mi padre, que también me daba excelentes consejos?
—No, ¿qué te aconsejó?
—Nunca te enamores de un hombre al que no hayas fascinado con tu sonrisa.
—Evidentemente, los dos hemos tenido muy padres sabios.
—Sin la menor duda.
Y a continuación decidimos lo que íbamos a almorzar.