SALOMÉ AMENAZÓ CON MATARSE (RELATO NEGRO AMERICANO)

SALOMÉ AMENAZÓ CON MATARSE (RELATO NEGRO AMERICANO)

Robert Wilson era un hombre inmensamente rico cuya fortuna crecía todos los días por los elevados beneficios que no paraban de procurarle varias industrias suyas. Industrias que funcionaban a pleno rendimiento gracias a los directivos muy bien pagados que tenía al frente de ellos.

Robert Wilson vivía en una espléndida mansión con media docena de empleados que cuidaban de ella y de él.

A sus cincuenta años se mantenía en muy buena forma pues se cuidaba físicamente realizando todos los días algunos ejercicios en el magnífico gimnasio instalado en el sótano de su ostentosa vivienda.

Su enorme fortuna le permitía ver cumplido, inmediatamente, cualquier deseo o capricho que se le antojase. De la mayoría de estos caprichos suyos se cansaba pronto, menos del capricho de gozar sexualmente a diferentes mujeres por un corto periodo de tiempo.

Por esta razón seguía soltero y dispuesto a continuar estándolo el resto de su vida. Alardeaba de ello con sus amigos asegurando:

—Yo no soy tan fácil de seducir como ese tonto sultán de Las Mil y Una Noches. Una mujer puede contarme las historias que quiera que yo no la aguanto más allá de una semana. Y nada de regalarle joyas, ni darle dinero. Ha de conformarse con la ropa que yo le compre, acompañarme a fiestas y quedarse con los vestidos que yo le haya comprado para que esté elegante cuando yo quiera que me acompañe. Y cuando la despido eso es todo lo que le permito se lleve.

Antiguamente, los sultanes contaban con proveedores de mujeres para sus harenes. En la actualidad Robert también contaba con dos de ellos que le suministraban jóvenes hermosas a las que habían instruido sobre lo que significaría para ellas vivir una semana entera disfrutando la misma vida que gozaban los millonarios sin obtener por ello nada más que gozar de su lujosa y regalada existencia, comer los mejores manjares en su mansión, las bebidas más caras, conocer algunos de los restaurantes más lujosos y afamados, asistir a fiestas exclusivas y a selectos espectáculos.

Estos proveedores osados y carentes de escrúpulos encontraban a un buen número de jóvenes dispuestas a llevar esa vida tan regalada a cambio de acostarse con un hombre cincuentón que buscaría más la exquisitez de algunos momentos íntimos, que no la lujuria desenfrenada que pueden procurarles varones jóvenes, fuertes y lascivos, de los que ya estaban hastiadas.

El primer día de un mes de mayo, uno de los proxenetas con los que el acaudalado sexagenario trataba, le trajo una joven de largos cabellos negros, rostro angelical y cuya voluptuosa figura rozaba la perfección.

—Se llama Salomé, tiene dieciocho años y es virgen —afirmó con el aplomo que los mentirosos recalcitrantes suelen emplear.

La joven Salomé, conchabada con él y por su propio interés, mantuvo todo el tiempo la cabeza gacha, la mirada huidiza y una expresión temerosa en su bello rostro de apariencia infantil, actitud que podía interpretarse como de muchacha virtuosa asustada.

En realidad Salomé sumaba veinte años, cinco de los cuales los había empleado trabajado en varios burdeles donde se cotizó alto haciéndose pasar por menor de edad y doncella incluyendo unas manchas rojas que, astutamente se causaba ella, y procuraban falsa veracidad a un engaño repetido infinidad de veces de que era doncella.

Salomé además de extraordinariamente astuta era en igual medida codiciosa. Consiguió del hombre que la había vendido al potentado parte del dinero obtenido por éste, a cambio de interpretar el papel que a él le convenía y que le serviría para engañar al multimillonario.  

Robert gozó mucho en su primer encuentro sexual con Salomé pues ella fue capaz de hacerle creer que la estrenaba él, igual que les había hecho creer, anteriormente, a muchos otros.

Este hombre acaudalado tenía a su servicio a un mayordomo llamado Lucas Largo. Lucas Largo sumaba cuarenta y cinco años y mantenía un cuerpo ágil y musculoso gracias a que madrugando todos los días empleaba el gimnasio de su patrón para mantener su buena forma física que complementaba con una alimentación adecuada.

 Lucas poseía también, además de un cuerpo atlético, un rostro atractivo y un excelente sentido del humor, todo lo cual le ayudaba a ganarse la simpatía de la gente.  

En más de una ocasión, estando ausente quien les pagaba a los dos, Salomé y Lucas habían aprovechado esta circunstancia para disfrutar de sus cuerpos y su notable bagaje sexual en el dormitorio del mayordomo. La ninfomanía de ella necesitaba mucho más que la una o dos atenciones diarias que le procuraba su mantenedor.

Dos días antes de terminar la semana que el multimillonario les concedía a todas las mujeres con las que mantenía una breve relación carnal, mientras almorzaban en el porche, disfrutando la vista y los perfumes del bien cuidado jardín y a pocos metros de una fuente que les transmitía el agradable y refrescante sonido de chorros de agua elevándose en el aire y cayendo en un artístico recipiente.

—Te recuerdo que pasado mañana deberás hacer la maleta y marcharte. Se habrá terminado la semana que acordamos permanecerías conmigo. Podrás llevarte contigo todo lo que te he comprado y regalado.

Inmediatamente, Salomé con sus ojos inundados en llanto le suplicó con voz entrecortada, lastimera:

—Por favor, adorable Robert, deja que me quede algunos días más contigo. Me he enamorado de ti. Te amo tan profundamente que lejos de ti seré tan desdichada que desearé morir.

Esta confesión suya no sorprendió demasiado al magnate, pues Salomé se había expresado en parecidos términos desde el instante mismo en que hicieron el amor por primera vez, todo lo cual había satisfecho su vanidad por su convicción de que era un gran amante.

—Hablas así porque has disfrutado del sexo por primera vez conmigo. Enseguida descubrirás practicando con otros hombres que con ellos disfrutas lo mismo que conmigo, o incluso más —concedió magnánimo.

—Lo que yo siento por ti, Robert, no es solo sexo, es amor. Lo amo todo de ti, tu cuerpo, tu voz, las expresiones de tu cara, la brillante mirada de tus ojos, tu olor afrodisíaco… ¡Todo de ti amo yo!

—Lo siento, bonita. Nadie te pidió que me amaras. Yo hace días que me cansé de ti. Tus arrebatos de pasión me desazonan, me disgustan, me aburren. Por eso no pienso tocarte más y si te marchas ahora mismo me darás una alegría.

—Eres terriblemente cruel conmigo. Si no me permites pasar más tiempo contigo, me mataré. ¿Lo oyes? ¡Me mataré! —aseguró ella entre sollozos, fuera de sí.

Él, no creyéndola capaz de cometer semejante locura, dijo despectivo:

—Si te matas te obsequiaré con un bonito y caro entierro.

Bromeó al respecto, porque ciertamente no la creía capaz de suicidarse. Era joven, bella y apasionada, le sería fácil conquistar a un hombre con dinero, fácil de seducir, y llevar con él una vida lujosa como la que él le había regalado.

El jueves por la mañana después del desayuno que como acostumbraban Robert y Salomé tomaron juntos en el porche situado delante del magnífico jardín, Salomé que se había reunido con él vestida con una brillante vestido de seda, tomó asiento a su lado y con voz extrañamente enronquecida le preguntó:

—¿Sigues queriendo que me marche mañana?

Él, sin dejarse impresionar por la patética expresión que mostraba el pálido rostro de la joven, enojado por la persistencia de ella, le respondió mostrándole enojo:

—Por supuesto quiero que te vayas mañana. Si no lo haces por las buenas, pediré a mis servidores que te echen, y te echen con lo que lleves puesto y sin llevarte nada más, pues yo conservo las facturas de todo cuanto te he regalado y lo reclamaré como mío —amenazador, frío, severo.

—En ese caso tomaré un veneno que actúa muy rápido. Dentro de unos pocos minutos estaré muerta. Y llevarás sobre tu conciencia, el resto de tu vida, mi muerte.

—Bien, muerta o viva mañana no te quiero más aquí —furiosísimo él, pues era la primera vez que una de las mujeres que habían sellado un acuerdo con él se negaba a cumplirlo.

—Me tendrás muerta, puesto que es eso lo que tú quieres —dijo ella soltando una serie de sollozos tan intensos que a él lo impresionaron profundamente.

Acto seguido, Salomé abandonó su asiento y con sus temblorosas manos cubriendo su rostro se alejó de él por el amplio salón.

Robert permaneció un momento paralizado por la indignación y el desconcierto. No estaba acostumbrado a sufrir contrariedades ni a afrontar problemas. Muy alterado llamó Lucas, que se presentó inmediatamente en el porche. Cuando lo tuvo delante, Robert le contó indignadísimo, la aborrecible, desquiciada conducta de la joven Salomé:

—De repente se volvió loca y me gritó que si no quiero tenerla más conmigo se matará. Ha logrado inquietarme su actitud.

Se le puso la cara toda congestionada y un brillo de locura apareció en sus ojos. Estaba fuera de sí. Daba miedo. Tú no la crees capaz de cumplir su amenaza de matarse, ¿verdad?

Robert no obtuvo de parte de su eficiente empleado la tranquilidad que necesitaba, sino todo lo contrario, pues mostrándose muy preocupado su mayordomo le expuso sus propios temores:

—Estimado patrón, creo que tenemos motivos para preocuparnos —mostrando con sus palabras y su actitud que compartía sus temores—: Me temo que esa joven padece problemas mentales. ¿No ha observado conque facilidad, en ocasiones, pasa de la explosiva alegría a la repentina depresión? —El multimillonario realizó un leve movimiento de cabeza que significaba desorientación—. Ese tipo de reacciones suelen tenerlas los psicópatas.

—No puede estar tan loca como para matarse porque yo no la quiero tener más aquí conmigo.  

El movimiento de hombros realizado por el mayordomo le dio a entender que difería de él. Y se lo confirmaron sus próximas palabras:

—¿Dónde está ella ahora?

—El portazo que ella dio, creo que fue en mi dormitorio

—¿Quiere que me acerque y averigüe qué está haciendo ella allí?

—Sírveme primero un coñac. Lo necesito.

El mayordomo le sirvió un coñac dentro de una copa napoleón.

—Por favor, acércate al dormitorio y con alguna excusa averigua que está haciendo esa loca.

—Llevaré conmigo un pijama del señor, aunque esto suele ser labor del ama de llaves. Será una buena excusa

—Bien, yo seguiré aquí en el porche esperando tu respuesta.

El mayordomo tardo diez minutos en reunirse con él, Vino con el rostro demudado, espanto reflejado en sus ojos y temblando de la cabeza a los pies. Tardó unos segundos en poder decir con voz entrecortada:

—Lo ha hecho, señor… Esa loca ha debido tomar algún veneno que le ha causado una muerte fulminante… Está tendida en la cama de su dormitorio: muerta.

—No es posible —aterrado el multimillonario.

—Sí lo es. Venga conmigo y lo comprobará.

Robert Wilson era un cobarde, como suelen serlo aquellos que de la vida han sacado siempre todo lo bueno y jamás lo malo. Sin embargo, sitió la necesidad de ver si era cierto lo que le costaba tanto creer. No podía huir. Su responsabilidad era máxima. Se imaginó el escándalo, las molestias y sinsabores que caerían sobre él cuando todo el mundo supiera que una mujer había muerto envenenada en su casa. Todos esos millones de miserables que odian a los ricos caerían sobre él igual que una jauría de lobos hambrientos y despiadados. Entrarían policías en su casa, la registrarían, a él lo torturarían con miles de preguntas, quizás incluso se atreviesen a formularle malvadas, aterradoras acusaciones.

—Acompáñame, Lucas —pidió, por fin, con un hilo de voz.

Se dirigieron ambos al dormitorio. Se detuvieron delante de la puerta. El cuerpo del magnate se estremecía asustado. Indicó al mayordomo que abriese él la puerta. Éste lo hizo.  Dieron unos pasos dentro de la estancia y pudieron ver a Salomé tendida en la cama, inmóvil, vestida con la mismo vestido de seda blanca que llevaba puesta cuando estuvo en el porche con el dueño de la mansión.

—Le cerré los ojos porque me impresionó su mirada inmóvil, sin vida —explicó, susurrante el mayordomo—. Acérquese y comprobará que no respira. No sé qué veneno habrá empleado, pero la ha matado en muy poco tiempo.

Robert Wilson se mantuvo en la misma distancia, inmóvil, tembloso, aterrado. Dirigió una breve, temerosa mirada a la joven yaciente. Mirada que lo convenció de que era cierto aquel terrible desenlace por parte de Salomé.

—Tendremos que llamar a la policía y contarles que esta chica se ha suicidado —le indicó Lucas.

—¡Oh, no! —exasperándose Robert—. La policía y, sobre todo los medios de comunicación que no paran de propagar a los cuatro vientos lo que ellos llaman mis excentricidades de ricachón, me crucificaran.

El mayordomo le dirigió una mirada en la que se mezclaban comprensión y lástima.

—Tiene razón. Será horrible, insoportable. Acabo de acordarme de aquel juez que, meses atrás, por haberse acostado usted con una menor a punto estuvo de conseguir que lo condenaran a varios años de cárcel.  

—Ayúdame —pidió horrorizado, en pánico, su interlocutor.

Lucas quedó un momento pensativo, como compartiendo la angustia de su patrón, y de pronto le ofreció una posible salida a aquel colosal problema—. ¿Y si nos deshacemos del cadáver.

 Un destello de esperanza prendió en el millonario.

—Vamos fuera. Me enferma estar hablando aquí tan cerca de una persona muerta.

—Sí, vamos fuera.

Regresaron al porche. A Robert las temblorosas piernas apenas lo sostenían. Ocupó de nuevo su asiento. Bebió un buen trago de coñac y pidió ansioso, desesperado—: Has hablado de hacer desaparecer el cadáver…

—Hay un modo de hacer desaparecer ese cadáver, y que nunca sea encontrado.

—¿Qué modo? —mostrando gran interés, esperanzado.

—Mi hermano Liam conduce una hormigonera y está encargado de la cimentación sobre la que construirán un bloque de muchos pisos. Un cuerpo sepultado allí jamás lo encontrarían.

—¿Y es de confianza tu hermano?

—De total confianza, hará cualquier cosa que yo le pida. Claro que este caso es muy especial, tendré que decirle que necesito hacerle un favor a alguien.  A usted no lo mencionaré.  Claro que él correrá un riesgo y querrá le pague bien ese riesgo que podrá correr.

—¿Por qué cantidad haría eso tu hermano? —comprendiendo el millonario que aquel favor lógicamente tenía un precio, y él estaba dispuesto a pagarlo con tal de que desapareciera el peligro que el cuerpo de la suicidada Salomé le significaba.

—Le llamaré ahora mismo. Me adentraré un poco en el jardín para que nadie del servicio pueda escuchar lo que hablo.

—Claro, claro. En nadie, aparte de ti, tengo yo una confianza plena.

Lucas camino hasta donde se encontraba el surtidor de agua y allí estuvo con su teléfono pegado al oído hablando durante varios minutos. Cuando regresó junto a su patrón le expuso el resultado de su llamada telefónica:

—Mi hermano está de acuerdo en sepultar a esa chica debajo de toneladas de hormigón. Pero quiere que le pague por ello una cantidad considerable. He conseguido me la rebajara un poco. Pero no la rebajará más. Hemos llegado al punto de: lo tomas o lo dejas.  

Hizo una pausa esperando a ver cómo reaccionaba. Robert reaccionó casi enseguida, ansioso.

—¿Qué cantidad pide tu hermano?

—Cien mil dólares.

A Robert le pareció una cantidad muy elevada. Pero dinero él tenía de sobra. Podía permitirse ese gasto y quitarse de encima un problema aterrador. Pretendió obtener alguna garantía a este respecto.

—¿Qué ocurriría si pillaran a tu hermano con esa chica muerta?

—Dirá lo mismo que diría yo, que la encontré muerta en la calle y la llevaba a un hospital para que se hicieran cargo de ella. ¿Qué decide? Si le damos demasiado tiempo para pensar, mi hermano puede echarse atrás. Está corriendo un gran riesgo —le recordó el mayordomo.

—Otra solución no tenemos, ¿verdad?

—Yo, por lo menos, no la veo.

—Adelante con ello. Yo me iré a jugar al golf, luego a cenar y después al casino donde tienen una importante atracción. No regresaré aquí hasta que tú me digas que se ha terminado la operación.

—Perfecto. ¿Cómo arreglaremos lo del dinero? Convendría que fuese en billetes.

—Iré a buscarlo a mi caja de caudales. Lo tengo allí.

—Hay otra cosa más, dar libre al personal hasta mañana, para que no puedan ver como cargo yo en el maletero de mi coche el cuerpo de es desgraciada.

—Diles de mi parte que están libres hasta mañana. Que hoy ni comeré ni cenaré aquí. ¿Estás seguro de que todo saldrá bien? —temeroso.

—Saldrá perfectamente. Me ocuparé de ello. Tendría yo una gran responsabilidad si me encontrasen a una muerta en mi coche. No fallaremos ni mi hermano ni yo. Todo saldrá bien. Seguro —afirmó convincente.

—Claro. Bueno, hasta que tú me digas que puedo volver a mi casa. Me voy —el potentado ansioso por escapar de toda responsabilidad.

Los empleados recibieron muy contentos la noticia de que podían marcharse inmediatamente. Media hora más tarde se habían ido todos.

Lucas aprovechó para sentarse en el porche, fumarse uno de los cigarros del señor y beber una copa de su buen coñac francés.

Estando allí gozando del hermoso entorno sonó el teléfono fijo. La llamada era de una vecina, una viuda rica. Esta mujer de cincuenta y pico años había jugado un par de veces al tenis con Salomé.

—Hola, póngame con esa chica tan simpática, Salomé.

—Salomé se marchó esta mañana —con total aplomo el mayordomo.

—¡Qué raro! Habíamos quedado en jugar un rato al tenis a las cuatro y media, pero me ha surgido un imprevisto y quería comunicárselo.

—Lo siento, pero Salomé se ha marchado llevándose su maleta y no creo que vuelva.

—Haga el favor de darme el número de su teléfono móvil. Deseo hablar con ella.

—Lo siento, señora Hallow, pero desconozco el número de su teléfono móvil. No se me ocurrió pedírselo.

—Vaya. ¿Sabe por qué se le ha ocurrido marcharse así de repente?

—Nos dijo que necesita acudir lo más pronto posible junto a un familiar que había enfermado seriamente de repente.

—Por favor, si Salomé les llama díganle que la señora Hallow quiere hablar con ella.

—De acuerdo, señora Hollow. Si ella llama, yo le daré su recado. 

Cortaron la comunicación. Lucas soltó un bufido y un juicio denigrante: <<Esa vieja bruja se había encaprichado de esa chica>>.

Se dirigió al dormitorio. Salomé seguía bajo los efectos del medicamento que le había provocado catalepsia. La tocó y ella no reaccionó. Se puso nervioso. Lo invadieron pensamientos negativos. Si ella tardaba días en salir de aquel estado su plan fracasaría y además de perder el dinero que le había sacado a su patrón pondría en peligro su privilegiado puesto de trabajo, pues si Salomé hablaba más de la cuenta podía descubrirse su inteligente plan.

Levantó la cabeza de ella y consiguió suministrarle el medicamento que Salomé y él se habían informado le haría a ella recobrar la plena consciencia sin haber sufrido ningún daño.

Lucas pasó algunas horas de auténtico pánico, sentado al pie de la cama, esperando a que ella se recobrase, dudando en muchos momentos de que esto sucediera y ella estuviese realmente muerta.

Salomé recobró el conocimiento anocheciendo ya. Se quejó de dolor de cabeza. No obstante, lo primero que le preguntó a Lucas sentado a corta distancia de ella fue:

—¿Ha salido bien nuestro plan?

—No. Ese maldito ricachón no me ha querido pagar los cincuenta mil dólares para yo que me deshiciera de tu cadáver, sino que se ha ido a jugar al golf y cenará fuera. Y me ha ordenado que cuando despertases llamara a la policía acusándote de robo. Así que no podemos partirnos a partes iguales ese dinero.

Fue tan convincente el mayordomo que Salomé le creyó, dedicándole al multimillonario los mayores insultos que conocía, y que no eran pocos:

—¿Y tú que harás ahora, Lucas?

—Seguir aquí trabajando por un sueldo de mierda. Como mi santa madre decía siempre: algo es algo, y menos es nada.

—Pues yo no me voy sin nada. Me marcharé robando lo único que he visto de valor que ese maldito ricachón tiene aquí en el dormitorio, su valiosa colección de gemelos.

—Te buscaría la policía y terminarías en la cárcel. Para que veas que me importas y agradezco los buenos ratos que hemos pasado juntos te daré cinco mil dólares que tengo ahorrados y tu saldrás ganando eso, y en cuanto a mi ganancia será continuar en mi empleo. Nuestro plan era bueno, pero no ha funcionado —lamentó él—. Mira, mientras tú haces la maleta yo iré a mi cuarto a buscar ese dinero.

Cuando el mayordomo regresó con los cinco mil dólares, Salomé tenía dos maletas llenas y aún le quedaban vestidos de los muchos que le había comprado el millonario.

—No pienso dejarlos aquí —dijo ella muy decidida.

—Tranquila, te ayudaré en eso también.

El mayordomo le regaló una maleta suya, y por fin Salomé estuvo lista para irse. Lucas le pidió un taxi, y cuando el vehículo llegó le ayudó a cargar las maletas. Se despidieron con un beso en la boca y un ofrecimiento por parte de Salomé:

—Cuando esté trabajando en un burdel, te diré su dirección y te haré rebaja cada vez que me visites, pues estaré controlada y no podrás tenerme gratis como me has tenido hasta ahora aquí.

—¡Ah, qué hermosa eres por dentro y por fuera —elogió él falsamente conmovido.

Se alejó el taxi. El mayordomo esbozó una sonrisa triunfal, zorruna. Gracias a su astucia, él era 95.000 dólares más rico, y quien lo tenía contratado tendría siempre un motivo para estarle agradecido y por conocerlo tan bien, sabía que sería generoso con él.

Lucas se equivocó en un par de cosas que daba por sentadas, pues tuvo que buscar una explicación creíble para la desaparecida y muy valiosa colección de gemelos de su patrón.

No la encontró, pues la verdad de que se la había llevado una mujer que estaba muerta no le servía y la escogida por él de que habían entrado ladrones y se los habían llevado, tampoco la aceptó su padrón.

Lucas fue despedido. Cierto que se quedó con 95.000 dólares, pero perdió su empleo, un empleo tan bien remunerado que jamás encontró otro igual de bueno. (Copyright Andrés Fornells) Si te ha gustado el relato que acabas de leer quizás también te guste leer mi libro RIQUEZA, AMOR Y MUERTE disponible en AMAZON pulsando este enlace: https://www.amazon.es/dp/B0B2WNCRP3