QUE BONITO ES LO BONITO, MIENTRAS DURA (MICRORRELATO)

QUE BONITO ES LO BONITO, MIENTRAS DURA (MICRORRELATO)

Toñi, la hija del panadero, reunía en su joven y exuberante persona todas esas bellezas físicas con las que las hembras consiguen desnivelarnos el cerebro, los sueños y la libido a los varones.
Un día que me sentí especialmente inspirado, al salir del instituto, mientras ella esperaba a que el ogro feroz de su madre viniese a recogerla, le dije poniendo cara de desesperación máxima:
—Toñi, me estoy marchitando como una florecilla muerta de sed.
Ella abrió mucho el estuchito de sus ojazos azules y mostrando pesar se interesó entreabriendo sus pulposos labios:
—Pobrecito. ¿Estás enfermo?
—Muy, muy enfermo —manifesté en tono pesaroso.
—¿Cuál es tu mal? —quiso saber.
—Mi mal es que, si no me permites besar tus labios de fresa, moriré irremediablemente de sed.
Se echó a reír, divertida, y preguntó burlona:
—¿Necesitas una cura urgente?
—Urgentísima.
—Para que veas que poseo muy buenos sentimientos, y que me he apiadado de ti, ven esta noche, a las diez delante de la puerta trasera de mi casa y trae contigo dos piedras.
La sorpresa se mezcló con mi alegría y me abrió al máximo los estuches de mis ojos negros la sorpresa.
—¿Para qué quieres que traiga las piedras, Toñi?
—Tú tráelas y no preguntes. Que los preguntones se quedan sin premio.
Enmudecí al instante. Con la suerte no se juega. A las nueve y media de aquella noche, con los dientes bien cepillados, los sobacos aromatizados y el cuerpo sacudido por continuadas corrientes de excitación, me presenté en el lugar de la cita. Estaba más nervioso que el jopo de una cabra. Iba a ser aquel el primer beso de mi vida. Mentalmente, repasé las técnicas que en materia de besos me había asesorado Jaime, mi hermano mayor.
A las diez en punto apareció Toñi, risueña, con los labios pintados de rojo guindilla, un ligero vestido floreado y oliendo a vergel paradisíaco.
—Hola, belleza —la saludé con voz entrecortada, sacudido todo yo por un seísmo de emoción.
—Hola, tontito. ¿Has traído las piedras?
—En el bolsillo las tengo —tratando inútilmente de figurarme para qué querría ella los pedruscos.
—Pues afina la puntería, deja sin luz esa farola que nos alumbra escandalosamente, o no habrá beso.
La necesidad me hizo emular a Guillermo Tell, y a la segunda pedrada atiné de lleno en la cabeza de la farola, se escuchó un ruido de cristales rotos y nos quedamos a oscuras.
¡Dios de los cielos y de demonios de los infiernos! Yo me había figurado que besar a una chica debía ser algo extraordinario. La imaginación se me quedó cortísima. Aquel beso con sabor a vainilla, de los labios de Toñi me convirtió en sinfonía de truenos el corazón, me aflojo las piernas y me incendió la sangre que corría exaltada por mis desquiciadas venas.
Una semana entera estuvimos Toñi y yo besándonos en aquel lugar que yo oscurecía ya, con la práctica, a la primera pedrada. Luego Toñi me dijo, estrujándome el alma como si fuese una bayeta empapada, que no nos veríamos más, poniendo una excusa peregrina y cruel:
—Mi mamá me aconseja no besarme con un chico ni un día más de una semana. Porque luego la cosa se sale de cauce y puede terminar en embarazo mío.
En días sucesivos observé, con infinita tristeza, a otros chicos de mi calle recogiendo piedras, y esto me descubrió que Toñi era una coqueta casquivana. Pero a pesar de este decepcionante descubrimiento, aún sigo recordando sus besos con sabor a vainilla.

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(Copyright Andrés Fornells)