MARY ERA EL AMOR, LA HERMOSURA Y LA RIQUEZA (RELATO)

MARY ERA EL AMOR, LA HERMOSURA Y LA RIQUEZA (RELATO)

MARY ERA EL AMOR, LA HERMOSURA Y LA RIQUEZA

(Copyright Andrés Fornells)

Dentro del aeropuerto, pasado ya el control de la aduana, busco un asiento libre. Lo encuentro entre una señora gorda y un hombre flaco, ambos de mediana edad. Dejo en el suelo mi pesada mochila y lo ocupo. Falta más de media hora, en el caso de que no sufra demora, para que nos anuncien por la megafonía que podemos embarcar los pasajeros que deseamos coger el avión que nos llevará a Melbourne. Con este viaje pretendo poner la máxima distancia posible entre Mary y yo.

Miro a mi alrededor. Pretendo distraerme. Dejar de pensar en ella. No puedo. La tengo firmemente presa en el pensamiento igual que esos barquitos que encerrados en una botella jamás podrán escapar.

Mary es, para mí, el más maravilloso de todos mis sueños convertido en auténtica realidad. Rubia cerveza y con unos ojos celestes que te deslumbran de tan brillantes y bellos. Su cuerpo atesora todas las voluptuosas redondeces y excitantes cavidades que puede desear el más exigente y apasionado de los hombres. Además de su alto valor físico, Mary ha heredado de sus difuntos padres una inmensa fortuna.

Mary y yo nos conocimos en una subasta. Yo estaba allí cumpliendo un encargo que me había hecho la multinacional norteamericana para la que llevaba trabajando desde hacía cinco años, tiempo con el que me había ganado la confianza de los directivos de esta empresa hasta el punto de haberme encargado, para aumentar su patrimonio, la adquisición de un valioso cuadro de Juan Gris. Me habían marcado un tope de gasto lo suficientemente elevado para lograr comprarlo.

Reparé en Mary cuando yo ofrecí al subastador una suma superior a la que él había mencionado de salida por la magnífica tela, de este famoso pintor español que usaba seudónimo, como cualquier amante de la pintura conoce.

Ella había subido diez mil dólares más la cifra mencionada por el subastador, cuya mansurrona expresión de cara recordaba a la de un caniche demandando golosinas. Posiblemente en su afán por conseguir rejuvenecimiento hombre llevaba puesta una peluca que pugnaba por comérsele hasta las mismas cejas.

Enseguida un señor con gordura y facciones de buda subió otros diez mil dólares la oferta inicial. De inmediato la bellísima Mary aumentó a su vez la puja.

Durante un par de minutos nadie intervino. Aproveché para darle un buen repaso visual a Mary (aunque la estoy llamando todo el tiempo por su nombre, yo lo ignoraba todavía, entonces). Ella era alta, escultural, vestía unos pantalones de terciopelo negro, un jersey blanco y encima de él una chaqueta de visón abierto para que todo el mundo pudiera apreciar la doble, cónica turgente forma de sus orgullosos senos.

Entró más gente en la puja, pero finalmente quedamos solo ella y yo. Y a partir de entonces, cada vez que yo aumentaba una cifra mencionada por el subastador, ella la superaba sonriéndome divertida. Consiguió, en cierta medida, digamos que a partes iguales, irritarme y admirarme. Irritarme porque ella no se rendía, y admirarme porque ella era la mujer más hermosa que yo había visto a lo largo de toda mi vida.

Llegué finalmente al máximo autorizado por la empresa a la que yo representaba y guardé silencio, al tiempo que dejaba caer mis brazos en un evidente gesto de rendición. Entonces ella, triunfante, (interpreté que con guasa) sumó un euro más a lo últimamente ofrecido por mí. Me enfureció tanto su actitud que estuve tentado de seguir pujando con dinero de mi bolsillo, pero sensatamente desistí considerándolo inútil y ruinoso. Ella quería a toda costa conseguir aquella pintura y parecía contar, para salirse con la suya, con una ilimitada cantidad de dinero.

Como mi único interés era aquel cuadro, decidí marcharme. Cuando llegué donde ella se encontraba me detuve y le dije con maligna ironía:

—Mi enhorabuena. Te has salido con la tuya, bonita. El Juan Gris es tuyo. Que te aproveche. Ponlo en tu cuarto de baño, encima del inodoro, para que el personaje del cuadro te pueda estar mirando cada vez que lo utilices.

Ella no se mostró ofendida. Me regaló una seductora sonrisa, una encantadora mirada de sus increíbles ojos zafirinos y una disculpa:

Lo siento. Quiero conseguir ese cuadro por un motivo sentimental. ¿Por qué lo quieres tú?

Su naturalidad, su amable disculpa me aplacaron por completo el enfado.

—Yo quería cumplir un encargo que me han hecho.

—No me guardas rencor, ¿verdad? —me pidió como si le importase muchísimo que fuese así.

—Claro que no te guardo rencor ninguno. Y me gustaría demostrártelo invitándote a tomar algo, fuera de aquí.

Pretendí yo prolongar el placer que me procuraba contemplar su extraordinaria belleza. Ella se levantó de su asiento y con total confianza se cogió de mi brazo. Con su cercanía me llegó de ella el afrodisiaco perfume que usaba.

Llegamos a la salida. Ella le comunicó a la azafata que había junto a la puerta:

—Estaré en el bar Johanson, que se encuentra en esta misma calle. Que me traigan allí el cuadro que acabo de adquirir, lo pagaré con un talón.

—Perfecto, señoría Rockefielter. Voy a comunicárselo enseguida al director de ventas.

Salimos a la calle. Ella continuaba cogida, con la mayor confianza, de mi brazo. Yo la observaba por el rabillo del ojo, enormemente impresionado después de haber escuchado el apellido de ella en boca de la empleada de la importantísima compañía de subastas.

El bar Johanson, donde yo nunca había estado antes, era acogedor y lujoso. Sus precios muy elevados servían para que solo personas con alto nivel económico pudiesen frecuentarlo. Escogimos una mesa al fondo del local. Había muy poca gente en aquel momento. Más tarde, cuando terminase la subasta, seguramente se llenaría.

Ella se quitó la chaqueta de visón plateado y la colocó en el respaldo de su asiento. El jersey blanco de cachemira quedó al descubierto en su totalidad, poniendo en justo valor sus altivos pechos. Pensé de ella que sería la novia o esposa ideal para cualquiera: pues aparte de ser extremadamente hermosa, su elegante y exclusiva vestimenta, las valiosas joyas que llevaba y la astronómica cantidad que se había permitido pagar por un cuadro apuntaba a que era exageradamente rica.

El camarero, un joven de aspecto pulcro, vestido con un uniforme marrón claro llegó junto a nosotros mostrándose claramente impresionado por el arrebatador atractivo que poseía mi acompañante. Ella le dedicó la misma amable sonrisa que anteriormente había tenido para la azafata de la sala de subastas, y le pidió un zumo de naranja.

—Que sean dos los zumos de naranja —dije a mi vez.

Se alejó el empleado. Ella me miró fijamente, en sus ojos un brillo alegre. Me ofreció su mano y dijo con encantadora feminidad:

—Me llamo Mary. ¿Cómo te llamas tú?

Estreché su fina y cálida mano y le dije que mi nombre era David.

—¿El David de Miguel Ángel? —bromeó ella.

—No, el otro David. El listo, el que derrotó a Goliat.

Nos reímos. Mary poseía una risa deliciosa. Producía un enorme placer escucharla.

—Tienes el aspecto de ser un hombre valiente —elogió ella, convencida.

—No me pongas un ratón cerca porque te decepcionaré.

—Me encanta la gente que posee muy buen sentido del humor —aseguró.

—A mí me ocurre lo mismo.

Y comenzamos a charlar animadamente. Sobre deporte, libros, cine, política… Descubrí, admirado, que ella era inteligente, apasionada, ocurrente, divertida. Compartimos opiniones, ideas, sensibilidades. Nos entusiasmamos con las cosas en las que coincidíamos plenamente. Experimentamos enorme placer conversando, cambiando pareceres. En algunos momentos, cuando ella me pedía especial atención sobre algo, me cogía, con absoluta naturalidad las manos. Y yo le respondía de igual modo. Llegamos a un punto en que tuvimos la extraordinaria sensación de que nos conocíamos de toda la vida.

Vinieron junto a nosotros un corpulento vigilante y el contable de la empresa subastadora. Este último traía bien envuelto el cuadro que Mary había adquirido.

—¿Quiere que se lo llevemos a su casa, señorita Rockefielter?

—No hace falta. David me ayudará —señalándome con la cabeza.

Abrió su bolso. De él sacó un talonario. Escribió en un talón la cantidad que había ofrecido por aquella obra pictórica y se lo entregó al contable, cuya expresión preocupada no abandonaba su cara.

—Podemos llevárselo a su casa, con mucho gusto —insistió el empleado.

—No, no. Pueden marcharse. Gracias.

Los dos hombres se alejaron.

—¿No tienes miedo de que te lo roben? —le pregunté asombrado.

—No. Nadie va a sospechar que llevo en mi mano algo tan valioso —absolutamente despreocupada.

—No sé si eres excesivamente temeraria o inconsciente —juzgué.

—Bueno, puede que sea ambas cosas —riéndose.

Nos habíamos terminado los refrescos.

—¿Nos vamos? —me propuso como si en vez de un encuentro casual tuviésemos ella y yo una amistad de años.

No renuncié a la aventura que me había surgido. Dejé un billete en lo alto de la mesa.

—David, ¿puedo abusar de tu caballerosidad pidiéndote que lleves tú mi cuadro? Me apetece fumar un cigarrillo y para ello necesito tener ambas manos libres.

Y con la mayor naturalidad me tendió aquella tela por la que había pagado una fortuna. Su gesto, un gesto de total confianza en mí, al que acababa de conocer, debo confesar que me impresionó muy favorablemente.

Salimos a la calle. Ella sacó un paquete de cigarrillos kool de su bolso.

—¿Tú fumas también? —quiso saber.

Yo no fumaba, pero la idea de tener en mis labios algo que hubiera estado previamente en contacto con los labios suyos era una tentación demasiado grande para rechazarla yo.

—Enciende dos cigarrillos, gracias.

Nos detuvimos en mitad de la acera por la que marchábamos. Ella prendió, con un encendedor de oro dos pitillos colocados entre sus labios carnosos, sensuales. Soltó una bocanada de humo y a continuación me colocó uno de ellos en mi boca levemente entreabierta. No sé si realmente lo noté o fue imaginado por mí, pero sentí en mis labios un delicioso sabor.

Reanudada la marcha, no tardamos en llegar delante de una cafetería. Cerca de su puerta de entrada había media docena de fumadores. Mary y yo tiramos nuestros cigarrillos a medio consumir dentro de un gran cenicero de pie, metálico, que estaba a rebosar de colillas.

Llegamos al aparcamiento. Ella tenía allí un Rolls-Royce y un chófer uniformado que nos saludó risueño y deferente.

Cómodamente sentados en aquel ostentoso vehículo conversamos con gran naturalidad por parte de ella, y nerviosismo por parte mía. Siempre he sido y he querido ser un empleado modélico. Aspiro a convertirme en un importante ejecutivo. Llegar a ser un millonario nunca entró en mis planes.

Cuando llegamos a la enorme y ostentosa mansión de ella me acoquiné. Nos recibieron criados y doncellas. Nos dimos un baño en su piscina climatizada. Mary estaba tan hermosa, en bikini que habría podido devolverle la virilidad a cualquiera que la hubiese perdido.

Y más tarde, sin el bikini y en la cama morimos los dos de placer. Cenamos exquisitamente servidos por dos atentísimos camareros.

Después nos sentamos en la terraza. Hacía una noche agradabilísima. De los extensos jardines nos llegaba la fragancia de miles de flores. En el firmamento miríadas de estrellas y una media luna que sembraba un sendero de espejuelos sobre la inmensa, susurrante, verdosa mar, nos envolvían con su magia.

—Me siento inmensamente feliz aquí contigo —dijo ella con voz enamorada, vueltos hacía mi sus ojos amorosos—. ¿Te reirás de mí si te digo, a pesar del corto tiempo que hace nos conocemos, te amo profundamente? ¡Te amo, David!

Me salió del alma tan fácil como le había salido a ella confesar:

—También yo te amo, Mary. Con toda mi alma.

Nos pasamos la noche haciendo el amor. Resultaba de lo más evidente que habíamos nacido el uno para el otro. Morimos de placer media docena de veces.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos me preguntó si tenía ganas de conocer alguna de las otras siete mansiones que poseía en diferentes países.

Abrumado quise saber:

—¿Qué más cosas tienes además de esas siete mansiones, Mary?

—Unas pocas industrias rentables. No sé cuántas porque de eso se ocupa mi equipo de abogados. También tengo algunos pozos de petróleo, tres minas de no recuerdo qué, y algunas cositas más. No te preocupes que tú y yo nunca pasaremos hambre.

Nos reímos. Fue la última risa que nosotros dos compartimos.

—Tráete tus cosas aquí, mi amor. No necesitas más vivir en una habitación de hotel. Conmigo ya tienes varios hogares.

—Voy a buscar mis cosas, mi amor.

—No tardes mucho en regresar a mi lado. Ya no puedo vivir sin ti. Aun no te has marchado y ya me duele tu ausencia.

Nos despedimos con un beso interminable. Pusimos el alma en él. Yo sentí además del placer de ese beso, el terror que me causaba la inmensa fortuna de ella.

Ni viviendo mil años reuniría yo el valor suficiente para decirle, cara a cara, hasta que punto me aterra su riqueza. Me aterra hasta el punto de renunciar a Mary el sublime amor de mi vida.

Los que no me entiendan me llamarán imbécil, el mayor imbécil del universo. Los que me entiendan me considerarán admirable, heroico.

—¿Por qué llora, joven? —me pregunta compadecida una anciana que se ha detenido delante de mí.

—Lloro porque me he condenado a vivir, sin mi gran amor verdadero, el resto de mi vida.

—Ay, pobrecito. Yo también sé cuan triste es la viudedad.

Acababan de anunciar mi vuelo. A esta humanitaria mujer le regalo el anillo de diamantes que anoche, Mary puso en mi dedo.

—¿Por qué me regala su anillo, joven? —quiere saber la viejecita.

—Porque regalándoselo me libraré de romper a llorar cada vez que lo mire —le explico alejándome de ella cargado con mi equipaje en dirección al control por el que embarcan los viajeros con destino a Melbourne.

Me gustaría secar mis ojos empapados con el corto, perfumado camisón de seda de Mary. Una azafata me ofrece una servilleta de papel. Esta es la primera muestra de la desdicha que de ahora en adelante me aguarda.