LA VIEJA BARCA DE MI ABUELO SILVINO (VIVENCIAS MÍAS)

LA VIEJA BARCA DE MI ABUELO SILVINO (VIVENCIAS MÍAS)

Yo nunca conseguí escucharla, aunque empleé todos mis sentidos en ello. La barquita de mi abuelo Silvino, unos jóvenes pescadores nos la trajeron a casa y la dejaron en un rincón del cobertizo que había en el patio de la vieja casita de mis entrañables abuelos maternos con los que yo vivía entonces.

Esto sucedió cuando mi querido abuelo Silvino llevaba algunas semanas fallecido y reposando en un nicho del modesto cementerio de aquel querido, pequeño pueblo. Mi abuela, vestida ya siempre de negro, lo echaba tanto de menos que la tristeza la acompañaba todo el tiempo.

Al día siguiente de tener aquella barquita con nosotros, mi abuela me pidió con voz quebradiza:

—Ven, xiquet —. La seguí hasta donde estaba la barquichuela y cuando estuvimos junto a ella me dijo después de guardar un momento de silencio—: ¿La escuchas?

Agudicé el oído durante algunos segundos y confesé desconcertado:

—No escucho nada, abuela.

Ella me miró sorprendida y añadió:

—¿No oyes como solloza la barca? Lo hace muy bajito, pero solloza.

Me dolió contradecirla, pero siempre fui totalmente honesto con ella.

—Lo siento, abuela, pero yo no oigo sus sollozos —manifesté.

Ella movió su nívea cabeza en un gesto que interpreté como de pena.

—No la oyes, ¿eh? —lamentó.

—No, no lo oigo, abuela. Pero si la oyes tú, será verdad. ¿Por qué crees que puede llorar la barca?

—Llora porque echa de menos el mar y la compañía de tu abuelo.

Esta afirmación suya me resultó increíble, pero la acepté porque nunca dudé de cuánto me decía la gente que me amaba y amaba yo. Aparte de que yo empezaba, a mis diez años, a descubrir la existencia de lo inexplicable, de lo misterioso.

Yo nunca pude escuchar el llanto que emitía esa pequeña, vetusta embarcación cuyas maderas iba carcomiendo el despiadado paso del tiempo. Sin embargo, el casco de la barca estaba todo el tiempo soltando, inexplicablemente, gotas líquidas.

Ahora, pasados muchos años, soy yo el que lloro por mi abuela Rosa, por mi abuelo Silvino y también por la vieja barca, todos ellos irremediablemente perdidos para mí.

 

 

 

 

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