LA INOCENTE BELLEZA DE UN PRIMER AMOR (MICRORRELATO)

Share
LA INOCENTE BELLEZA DE UN PRIMER AMOR (MICRORRELATO)

Los dos eran adolescentes. Él se llamaba Ramiro y, ella, Merche. Habían acordado encontrarse, aquel domingo de verano, a las ocho de la mañana en “La Herradura”. Un lugar del río que debía este nombre a la pronunciada curva que la corriente fluvial presentaba en aquel punto. Habían dispuesto que fuese tan temprano, para que nadie pudiese verlos y evitar con ello la posibilidad de que descubriera a sus respectivos padres este encuentro secreto entre ambos.

Ramiro llegó cinco minutos antes de la hora acordada. Estaba muy nervioso. Abría y cerraba sus manos y agitaba sus hombros como si una procesión de hormigas los estuvieran recorriendo. Quedó un momento escuchando el murmullo del agua verdosa iluminada por un sol todavía muy bajo. En los sauces llorones de su entorno multitud de pájaros adornaban el aire con su plumaje y sus cantos.

De pronto le asalto un pensamiento angustiante: <<¿Y si por alguna causa que desconozco ella no puede venir?>>. Clavó la vista en el estrecho sendero que lo había conducido hasta el lugar donde se encontraba.

Expandió su pecho un grito interior de júbilo cuando finalmente la vio venir. Llevaba puesto un ligero y floreado vestido que le llegaba muy por encima de las rodillas. El pelo suelto ondeaba sobre sus hombros. Aceleró sus pasos, ansiosa por llegar cuando antes junto a él. ¡Dios, qué hermosa era!

Avanzaron el uno hacia el otro, temblorosos sus cuerpos. Se detuvieron cuando solo unos pocos centímetros los separaban. En ambos el deseo encendido. Sus anhelantes ojos se miraron fascinados. Sus entreabiertos labios emitiendo profundos suspiros. Él adelantó su trémula mano y acercándola a la mejilla femenina la acarició. Ella sonrió embelesada. Entrecerró sus párpados y las yemas de ambas manos acariciaron el rostro de él.

—Te quiero tanto… —susurró su cálido aliento.

—También yo a ti…—respondió él igualándole la emoción.

—Abrázame muy fuerte para que nunca nada ni nadie pueda separarnos.

Él la encerró en sus brazos y la apretó contra su pecho como si quisiera incrustarla dentro. Durante un tiempo los dos escucharon únicamente como sus corazones latían, se hablaban, exaltados, felices.

Permanecieron así unidos un tiempo delicioso, supremo, único.

Cuando rompieron muy despacio el abrazo, quedaron presas sus hipnóticas, enamoradas miradas.

Luego de una brevísima pausa sus bocas anhelantes, hambrientas, se unieron. El beso, dulce, apasionado, duró hasta que se quedaron sin respiración.

Repitieron, poniendo su alma en ello. Era inmenso el amor que compartían.

—Hace mucho calor hoy, ¿verdad? —Ramiro dijo con voz enronquecida, cuando se separaron.

—Mucho —respondió ella.

—Podríamos bañarnos, ¿no? —propuso él--. El agua estará fresquita, agradable.

—¿Tú sabes nadar?

—Sí, ¿y tú?

—Yo también sé, pero no llevo bañador.

—Tampoco yo. Podríamos bañarnos sin bañador —tratando él de disimular la impetuosa ansiedad que, de repente, lo embargaba.

—No, sin bañador, no. Me daría mucha vergüenza que me vieses desnuda.

—También a mí me la daría que tú me vieses desnudo a mí. Sin embargo…

A ambos se les llenaron de amapolas las mejillas, sus ojos centellearon y sus bocas se estremecieron como si repentinamente les faltase aire. Guardaron un silencio. La tentación y el pudor entablaron una lucha intensa.

Tras un prolongado silencio, sus sentimientos se impusieron. La tentación fue tan fuerte que se impuso al pudor. Merche propuso balbuceante, turbada a más no poder:

—Bueno yo, quizás, si te vuelves de espaldas y no me miras…

Con voz tan insegura como la de ella, Ramiro retorciéndose con fuerza las manos consideró:

—Bueno, yo no te miro mientras tú te desnudas, y tú no me miras mientras me desnudo yo, ¿vale?

—Vale.

Se situaron dándose la espalda. Tuvieron un instante de duda y después se quitaron la ropa con rapidez, para evitar arrepentirse, dejándola sobre la hierba que bordeaba el camino.

—Yo me la he quitado toda ya —anunció él.

—Yo también —replicó ella enseguida.

Era tan inusual este hecho para ellos que, en su desnudez, se sintieron extraños, desasosegados. Pero también muy excitados. El deseo de verse se les hizo más fuerte que ningún otro sentimiento. Y permitieron los venciera.

—Por favor, ¿puede verte solo un segundo? Me gustaría tanto —suplicó él.

—Vale, pero solo un segundo —concedió ella, tras hacerle esperar un minuto largo, enrojecido al máximo su hermoso rostro.

Se giraron los dos al mismo tiempo, temblorosos, expectantes, para quedar, al momento, fascinados por la extraordinaria belleza que veían en el otro. Ramiro quiso decir algo, expresar su admiración, pero se encontró sin voz. Merche también quiso decir algo y tampoco encontró la voz suya. Se recorrieron con los ojos, primero en su totalidad, luego con deleitoso detenimiento, recreándose, sintiendo que la emoción les erizaba la trémula piel. Sus maravillados ojos se hablaron:

—Eres lo más maravillosa que jamás he visto. ¿Puedo tocarte?

—Si tú me tocas, yo te tocaré a ti --balbuceó indecisa.

—Claro.

Temblaban las manos de ambos al posarse en el pecho del otro. Los pezones femeninos se endurecieron. La entrepierna masculina inició una poderosa reacción. Instintivamente juntaron sus cuerpos. La muchacha sintió miedo al notar la alteración de él apoyarse contra su estómago levemente abombado, muy cerca de su ya húmeda flor virginal.

Se apartó de él como si aquel leve contacto la hubiese abrasado. Las enseñanzas represivas se habían enfrentado a sus inclinaciones ancestrales, y vencido. Cogió rápido la mano acariciadora de Ramiro y, tirando de él, le urgió:

—¡Vamos a bañarnos!

Tan turbado como ella, Ramiro la siguió. Se lanzaron de pies al agua. La corriente no era fuerte. Nadaron contra ella para que no les alejara demasiado del lugar donde tenían sus ropas. Jugaron a las ahogadillas. Rieron. De vez en cuando se acariciaron con torpeza y también avidez. Se amaron con la mirada. El deseo iba ganándole terreno a la prudencia. Merche sintió miedo, tanto del arrollador deseo de él, como del impetuoso deseo de ella.

—¡Vámonos! —gritó como pidiendo ayuda.

Le contagio su miedo a Ramiro.

Nadaron rápidamente hacia la orilla. Él llegó antes y le tendió la mano para ayudarle a salir. Una vez fuera del agua, ella corrió hacia donde había dejado su ropa y, mojada como estaba se vistió rápidamente.

Ramiro la estuvo contemplando, maravillado todo el tiempo y solo reaccionó cuando ella se giró en su dirección y manteniendo la vista baja le suplicó:

—Por favor, vístete…

Él lo hizo mientras ella tomaba asiento en el tronco de un árbol situado muy cerca de la orilla de las aguas cantarinas. Se alisó el pelo empapado. Continuaba turbadísima. Había estado tan cerca de permitir ocurriese entre ellos algo de lo que posiblemente se arrepentirían el resto de su vida.

—¿En qué piensas? —él sentado a su lado, tras un largo silencio durante el que eludieron mirarse.

—En nosotros —confesó ella, sincera.

—¿En nosotros cómo? —anhelante él como si esperase arrancarle un grande, importantísimo secreto.

—En nosotros viviendo siempre juntos y sintiéndonos tan felices como nos sentimos ahora, en este momento —convencida de que la certeza que ella experimentaba, era compartida por él.

—Cuando seamos más mayores podremos hacerlo —él tan convencido como ella de que algo así sería posible.

—Sí, cuando seamos más mayores.

En aquel momento ambos creyeron que la grandeza del amor existente entre los dos les permitiría luchar contra el paso del tiempo y el mundo entero, y vencerlos.

Pero como les ocurre a tantos humanos, con su primer amor, el suyo no pudo sobrevivir ni a los despiadados ataques del tiempo y al voluble mundo.

(Copyright Andrés Fornells)

Read more