ENVIDIOSOS Y CALUMNIADORES (MICRORRELATO)

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ENVIDIOSOS Y CALUMNIADORES
Inocencio Blanco atesoraba tres cualidades humanas muy de admirar: era bondadoso, confiado y fácil de conmover, por lo que raramente le negaba un favor a quien se lo pedía. Alguna gente de esa que nace con la envidia agarrada al corazón, envidiaba que él tuviese una mujer buena y guapa. Y además de  lo expuesto ya por mí,  a Inocencio Blanco le envidiban la pequeña tienda de ultramarinos a la que sacaba saneados beneficios debido a la numerosa clientela con la que contaba.
A sus espaldas, los que sufren viendo la prosperiad ajena, no paraban de sembrar cizaña en su contra. Echaban mano, continuamente, de la mentira, la falacia y la calumnia. Decían que tenía las balanzas trucadas y daba menos peso del que éstas señalaban. Decían que vendía más caro que nadie y sus artículos eran de peor calidad, y que se enriquecía no pagando a sus acreedores a los que, con su morosidad arruinaba.
Todas estas falsedades que corrían sobre él, no faltaron personas bien intencionadas que se las fueron contando a Inocencio Blanco causándole una inmensa tristeza, impotencia e indefensión.
Por todo esto, una noche que a Inocencio Blanco se le presentó su hada madrina, a la que no había vuelto a ver desde su llegada a la adolescencia y con la que había jugado de niño, innumerables veces al escondite, al pilla-pilla y al 3 en raya, le contó la serie de injusticias que estaban cometiendo contra él.
—Y todas estas maldades  de las que me hacen víctima me están amargando la vida y haciéndome perder mi fe en la bondad humana, cosas éstas que no deseo para mí porque atacan a mis mejores sentimientos, sentimientos que quiero conservar puros y sin contaminar.
—Te entiendo perfectamente, mi niño. Dime que deseas que haga a tu favor y mañana mismo tus deseos se habrán cumplido.
Inocencio Blanco sólo le pidió a su hada madrina que se quedaran mudos durante un mes todas las personas que lo infamaban.
Al día siguiente Inocencio Blanco se llevó un extrarodinario disgusto al descubrir que habían pedido el habla la mitad de las personas que más favores y generosidades le debían, entre ellas la casi totalidad de su familia.

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