ENVIDIOSOS Y CALUMNIADORES (MICRORRELATO)

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ENVIDIOSOS Y CALUMNIADORES (MICRORRELATO)

Un hombre llamado Inocencio Blanco atesoraba tres cualidades humanas muy admirables: era bondadoso, fácil de conmover y nunca le había negado un favor a quien se lo pedía.

Alguna gente de esa que nace con la envidia agarrada al corazón, igual que la lapa se agarra a la roca, envidiaba que él tuviese una mujer honrada y guapa y una pequeña tienda de ultramarinos a la que sacaba buenos beneficios debido a la numerosa clientela con la que contaba y a su inquebrantable honestidad.
A sus espaldas, algunos de esos que sufren con el bien ajeno, no paraban de sembrar cizaña en su contra. Echaban mano, continuamente, de la mentira, la falacia y la calumnia. Decían que tenía las balanzas trucadas y daba menos peso del que ellas señalaban. Decían que vendía más caro que nadie y sus artículos eran de peor calidad, y que se enriquecía no pagando a sus acreedores a los que, con su morosidad arruinaba.
Todas estas falsedades que los envidiosos vertían sobre Inocencio Blanco, no faltaron personas bien intencionadas que se las contaban causándole, con ello, una inmensa tristeza y desdicha.

—Me parten el corazón esas maledicencias. Yo he sido toda mi vida una persona íntegra y no he demostrado todo el tiempo —argumentaba dolorido a más no poder.
Una de esas noches de verano, mágicas, en las que la luna aparece vestida con un ostentoso manto de estrellas sonrientes, Inocencio Blanco en mitad del patio de su casa elevó la mirada al cielo y realizó una súplica:

—Madrina, cuando cumplí los ocho años me dijiste que yo ya no te necesitaba para guardarme de todo mal, jugar al escondite, al pilla-pilla y al 3 en raya, y te irías a jugar con otros niños. Pero que si tenía necesidad de tu ayuda te enviase un mensaje una noche mágica. La noche de hoy es mágica y deseo pedirte algo.

Terminada su petición, Inocencio Blanco se quedó esperando con la mirada puesta en la luna. Transcurridos unos segundos, del manto de estrellas se desprendió una, cayó a la velocidad del relámpago y apareció delante del tendero el hada madrina que durante su niñez lo había protegido, y jugado con él. Nada en ella había cambiado, seguía siendo una bella anciana con un brillo de excelsa bondad en sus ojos.

—¿Qué es lo que te llena de infelicidad, mi niño? —le preguntó con su hechizante voz.  

Emocionadísimo, tembloroso, Inocencio Blanco le contó cuan desdichado le hacía que algunas personas dudasen de su honorabilidad y lo propagaran.

—Desde luego es horrible, imperdonable, lo que te están haciendo, mi niño. ¿Cómo puedo ayudarte yo?

—He pensado que sería un buen escarmiento que dejases mudas a todas las personas que me infaman.

—Bien. Lo haré. ¿Quieres algo más, mi niño?

—Una cosita más si te es posible. Verás, mi mujer y yo pensamos tener un hijo. Cuando lo tengamos, ¿podrás cuidarlo y jugar con él, como me cuidabas a mí y jugabas conmigo?

—Claro. Lo haré con mucho gusto. Hasta dentro de un año.

El hada madrina salió disparada hacia el manto de estrellas. El tendero se acostó y despertando a su mujer le dijo que había llegado el momento de engendrar un bebé. Ella se puso muy contenta y le ayudó, gozosamente, para lograr lo que ambos tanto deseaban.
Al día siguiente Inocencio Blanco descubrió que habían perdido el habla la mitad de las personas que más favores suyos habían recibido, entre ellas la casi totalidad de sus parientes más próximos y más lejanos.

(Copyright Andrés Fornells)