ENTRAÑABLE CASA VIEJA (RELATO)

Los lugares, los objetos y las palabras perduran en el tiempo gracias a nuestra memoria. Nosotros somos 4 hermanos. Nacimos y nos criamos en una vieja casona en el campo, casona que habían construido nuestros abuelos paternos. Era un edificio tan sólido que podría durar varios siglos. Las paredes eran de piedra y con más del doble de grosor que suelen tener las paredes construidas con ladrillos. En la vivienda todo era rústico, propio de la época en que fue construida. Cables eléctricos y tuberías, por la dificultad que habría significado incrustarlos en aquellas durísimas rocas de sus paredes, se habían instalado por su parte exterior, circunstancia que afeaba y que notaban enseguida nuestros visitantes, a los que teníamos que explicar los motivos de que fuera así. A la gran mayoría de nuestros visitantes les gustaba este edificio tan parecido a una fortaleza inexpugnable.
Todos nosotros estudiamos en la ciudad, distanciada de nuestra vivienda una veintena de kilómetros. Éramos buenos estudiantes, terminamos una carrera, encontramos trabajo, mis tres hermanos se casaron y yo fui el último que permaneció con nuestros padres hasta el final, a pesar de contrariar con ello a mi novia a la que ayudaba a pagar el alquiler de un apartamento que habíamos convertido en nuestro nido de amor los fines de semana.
Al mes de haber fallecido madre, que había sobrevivido a padre tres años, Samuel, nuestro hermano mayor, nos reunió con él a los otros tres para discutir qué íbamos a hacer con aquella vieja vivienda. Mis tres hermanos tenían problemas económicos y propusieron venderla y repartirnos equitativamente la suma de dinero que obtuviésemos. Yo no estaba de acuerdo con esta decisión, pero no me enfrenté a ellos. Samuel buscó a un tasador profesional y dio por buena la suma de este experto.
—Entonces la vendemos y nos repartimos el dinero que nos darán por ella —decidió nuestro hermano mayor que siempre había tenido ascendencia sobre todos nosotros.
Entonces yo les sorprendí exponiendo lo que había estado rumiando desde el momento mismo de haberse decidido desprenderse del que había sido nuestro querido hogar:
—La casona me la quedaré yo y os la iré pagando poco a poco todos los meses y, si no estáis de acuerdo con ello, me empeñaré pidiendo un préstamo al banco y estaré endeudado toda mi vida.
Mis hermanos se me quedaron mirando, durante unos momentos, perplejos. Luego reaccionaron todos a la vez. Quisieron saber la razón de que yo hubiese decidido algo tan económicamente insensato, según su parecer. Yo era, de todos ellos, el que menos dinero ganaba y pretendía meterme en una deuda que quizás tardase diez años o más en ser capaz de saldar.
—Os lo voy a explicar sobre el terreno. Vamos a llegarnos hasta allí.
Aunque mirándome como si considerasen que yo me había vuelto repentinamente loco, aceptaron. Comunicaron por medio del teléfono a sus cónyuges que quizás llegasen tarde a la comida del mediodía. Subimos todos en el vehículo de Samuel y cogimos la ruta que, en el pasado habíamos recorrido miles de veces. No hablamos mucho durante el camino. El tiempo que llevábamos viviendo separados nos había distanciado en muchos sentidos y nuestra comunicación se había deteriorado considerablemente.
Llegamos a la verja de hierro y la alambrada que rodeaba la propiedad. Nos costó un poco abrir su cerradura.
—Está algo oxidada por dentro —comenté.
Nos detuvimos todos un momento delante de la gruesa puerta de madera. Un alud de recuerdos nos saturó a los cuatro.
—Alguien ha estado limpiando los hierbajos. El entorno de la casa está como madre lo mantenía cuando ella vivía aquí todavía —comentó Agustín, por edad el tercero de los hermanos.
Yo no dije nada de momento. Me encargué también de abrir la puerta de nuestra casona. Entramos. Nos recibió un silencio que nos hizo estremecer. Los recuerdos de tantos años vividos allí dentro inundo nuestras mentes y aceleró los latidos de nuestro corazón.
—¡Joder, está todo limpio! —exclamó perplejo Celso el hermano que, por edad seguía a Samuel.
—Es que yo vengo aquí, de vez en cuando y lo limpio todo —les revelé.
—Vaya, qué callado te lo tenías.
—He querido daros una sorpresa. Id cada uno a vuestro cuarto. He reunido en el de cada uno de vosotros todo lo que he encontrado de cada uno. Encontré muchas cosas, pues ya sabéis que nuestros padres nunca tiraban nada.
Me senté en el viejo y destartalado sofá del salón y desde allí escuché, divertido, las continuas exclamaciones de sorpresa y contento conque mis hermanos reaccionaban a la inesperada sorpresa que yo les había preparado.
Cuando se reunieron conmigo comentaron, excitados, brillantes de nostalgia sus ojos algunas de las cosas del pasado que habían encontrado de nuevo. En cosa de unos pocos minutos volvimos a sentirnos tan unidos como lo estuvimos en el pasado.
Salimos juntos al patio. Seguían en pie los palos de las porterías en las que nosotros habíamos jugado al futbol. La hierba estaba algo alta.
—Buscaré un ratito esta semana para venir a cortarla —manifesté—. Funciona todavía la antigua cortadora manual.
—De la que tú procurabas escapar siempre que podías —me recordó Samuel.
—Sí, cuando era muy chico por el esfuerzo que exigía hacerla funcionar, luego me encantaba utilizarla porque me servía para hacer músculo.
Reímos. Nos dimos empujones como en los viejos tiempos. Nos acercamos al colosal algarrobo donde estaban los dos columpios que allí nos había instalado padre. Gozamos de un nuevo alud de recuerdos. Pude leer en los ojos de mis hermanos invadirles la nostalgia.
—¿Te has columpiado tú recientemente? —quiso saber Cosme.
—No. Estoy aseguro de que las cuerdas se romperían. Deben estar podridas por dentro.
—Lo que nos divertíamos columpiándonos y jugando al futbol —manifestó Agustín.
—Te rompiste un brazo cayéndote del columpio mayor —le recordé.
—Y vosotros me llenaste la escayola de obscenidades. Conseguisteis escandalizar a mamá.
—Pobre mamá como la hacíamos rabiar cuando habiendo ella recién pasada la fregona entrábamos en la casa con nuestro calzado sucio.
Y empezamos a comentar, animadamente, recuperándolos de nuestro pasado, hechos vividos allí, caídas, anécdotas graciosas, cagadas de pájaros recibidas mientras nos columpiábamos, mordeduras de insectos, un lobo que nos mató varias gallinas. Un águila que se nos llevó un corderito. La ayuda que les prestábamos a nuestros padres en la huerta ahora abandonada, convertida en una agreste selva.
Finalmente nos sentamos en el salón después de haber sacado del pozo un cubo de agua. Llenamos vasos de él y comentamos lo rica que estaba esta agua comparada con el agua llena de cloro que teníamos en la ciudad. Yo sorprendí de nuevo a mis hermanos diciéndoles.
—¿No sentís a nuestro alrededor la presencia de ellos dos?
Todos entendieron que me refería a nuestros padres.
—A mí me parece estar viendo ahora mismo la figura de madre saliendo de la cocina y llamándonos, apremiante, para que fuésemos a comer antes de que se enfriaba la comida.
—¡Qué bien cocinaba mamá!
—¡Y papá también! ¡Menudas paellas las que preparaba cuando teníamos invitados a comer!
—Puedo verlo sentado ahí junto a la ventana leyendo el semanal de los domingos en esa mecedora antiguo que había sido de los abuelos.
—Y nosotros, cuando no la ocupaba él peleándonos para mecernos en ella.
Los cuatro hicimos esa mañana reunidos allí lo que no habíamos hecho en años, hablar durante más de dos horas de nuestros entrañables progenitores y de nuestra vida juntos.
Al final decidieron que me venderían la casa, con la condición, porque precisaban de un modo acuciante del dinero si conseguía yo un crédito del banco.
—Haré lo imposible por conseguir ese crédito —me comprometí.
—¿Está Alicia de acuerdo con esta decisión tuya?
Alicia era mi novia.
—No solo está de acuerdo, sino que me ayudará a pagar la deuda.
—Sin la menor duda es una chica extraordinaria —reconocieron mis hermanos.
—Ella creció en un orfanato. Nunca tuvo ni padres ni casa propia. Esta casa será, si puedo conseguirla, tan suya como de todos nosotros.
Alicia y yo tardamos doce años de ahorro, de sacrificio, de privarnos de infinidad de cosas, de no darnos ningún lujo, en devolver el préstamo recibido. No se nos hizo largo ese periodo de tiempo porque fuimos muy felices viviendo en el hogar que anteriormente habían sido de nuestros ancestros, y que sirvió para que de vez en cuando mis hermanos, sus mujeres e hijos se reunieran aquí con nosotros y los ecos acunaron las voces nuevas igual que habían hecho anteriormente con las voces nuestras y de nuestros entrañables antepasados.
Como muy sabiamente decía siempre mi romántica y sensible hija mayor:
—Una casa es parte de una familia igual que los seres vivos que la componen y la habitan.
(Copyright Andrés Fornells)