EL PELIGRO NÚMERO UNO DE LAS MUJERES (MICRORRELATO)

EL PELIGRO NÚMERO UNO DE LAS MUJERES (MICRORRELATO)

Voy a dar un valioso consejo a los hombres, aunque por la experiencia adquirida en mi larga asistencia a la escuela de la vida me temo que serán muy pocos los que van a seguirlo.

Escuchadme, seres humanos que os vestís por los pies y seguís conservando el género con el que nacisteis: cuando salgáis a la calle acompañados de una fémina que os permite tener intimidades con ella, hacedlo dejando previamente el dinero y las tarjetas de crédito, vuestros y de vuestras amadas o solo compañeras de travesuras cameras, en casa, metidos en la caja de caudales y, si no la tenéis y contáis con un perro rabioso dejádselos a él recomendándole encarecidamente que los vigile como si le fuera la vida en ello, y que cuando regreséis recompensaréis su fiera vigilancia entregándole un magnífico hueso de dinosaurio que, todos los que poseen canes saben de sobra son sus muy exquisitamente preferidos y les duran varios meses.

A continuación, esposad a vuestra consorte, amante o casualmente conocida, y además de esto una vez en la vía pública mantenedla fuertemente cogida de la mano porque como se suelte, se os escape, irá velozmente de compras y aunque no lleve un céntimo encima, con su embaucadora sonrisa y melosa verborrea será perfectamente capaz de conseguir que le vendan cualquier cosa cara, a crédito. Estáis avisados.

Y si intentan ablandaros utilizando sus encantos a los que os sabéis muy vulnerables, pensad en vuestra suegra y en que cuando vuestra Julieta llegue a su edad tendrá ese mismo aspecto y, posiblemente agrio carácter, o poniéndonos en lo peor: feroz carácter.

En cuanto lean este aviso mío todos aquellos que les venden sus artículos a las mujeres me odiarán con toda su alma y a mí no me importarán sus odios porque gozaré del agradecimiento de una multitud de hombres casados, amancebados o locamente enamorados. A partir de este escrito yo me ganaré el odio de todas las mamás políticas. No me importa. Yo seguiré manteniéndome heroicamente soltero y jamás me acercaré a una mujer que no sea huérfana.

Cierto, lo admito, poseer un algo de bienintencionada maldad no me es ajeno.