EL PASTELITO PRODIGIOSO (MICRORRELATO)

EL PASTELITO PRODIGIOSO (MICRORRELATO)

En el corazón de la bulliciosa capital de Jojolandía, en un pequeño restaurante llamado “El Gusto Loco”, trabajaba don Casimiro, un chef medio tarumba que pasaba las noches inventando recetas imposibles.

Una madrugada, tras mezclar chocolate belga, esencia de vainilla robada de un sueño y un polvo misterioso que juraba haber comprado a una bruja en el mercado de San Nicolás, creó el “Pastelito Prodigioso”.

—Un bocado —murmuró Casimiro mientras lo probaba en la cocina—, y el que lo coma se enamora perdidamente de quien se lo sirva. ¡JE, JE, JE, esto va a ser la repera, mi obra maestra.

Al día siguiente, el restaurante abrió como siempre, una vez montadas las mesas y reunido todo el personal. Casimiro decidió probar su invento con los primeros clientes que pidiesen el postre especial del día.

Lola, la dueña del negocio, una chica de ojos vivaces y sonrisa fácil, sirvió el primer pastelito a un señor de traje gris, don Celestino, un contable jubilado.

Este hombre que era más serio, que morirse sin quererlo, dio un mordisco… y sus ojos se transformaron en dos encendidos corazones.

—Lola… de mi corazón y mis entrañas —susurró, arrodillándose allí mismo delante de ella—. ¡Cásate conmigo! ¡Te compraré mil y un vestidos y una carroza con cuatro caballos pura sangre para ir tú a la compra subida en ella!

Lola soltó la bandeja del susto que se llevó, pues dos Celestino daba miedo de lo feo que era.

En otra mesa, el joven camarero Mateo sirvió otro pastelito prodigioso a una anciana elegante. La mujer, de pronto, le tomó la mano.

—Mateíto mío, desde hoy me convierto en tu obediente esclava. ¡Deja todo y ven a vivir conmigo a la mansión mía!

Mateo, que estaba profundamente enamorado de su PlayStation, empezó a correr entre las mesas gritando:

—¡Socorro, me persigue una abuela millonaria!

El caos se desató en el comedor. Los clientes persiguiendo a los camareros que les habían servido aquel postre tan especial. Y lo mismo ocurrió en la cocina declarando todos amor eterno al jefe de cocina por haberles dado a probar sus pastelitos prodigiosos.

El más insistente de todos fue el bigotudo y paticorto lavaplatos que se peleó con doña Carmen la suegra de Casimiro (que trabajaba allí de pinche) le gritaba:

—El cocinero es el gran amor de mi vida y ni tú ni nadie me lo arrebatará.

En aquel momento Casimiro descubrió que no amaba a su mujer, sino que amaba a su mamá política, y cogiéndola de la mano le gritó:

—¡Te adoro! ¡Eres la luz de mis fogones! ¡Olvidémonos de tu hija y huyamos juntos!

Y juntos huyeron dejando detrás de sí el desaguisado más grande que conoció restaurante alguno. Un auténtico manicomio. El escándalo fue tal que las autoridades lo cerraron.

Casimiro y Carmencita (lo de doña Carmen había quedado en el pasado, como todo lo demás) terminaron en el aeropuerto.

Estos dos seres humanos que se amaban con locura cogieron un vuelo que los llevó a los Estados Unidos. Una vez allí montaron un restaurante en Nueva York, el cual tuvo un éxito extraordinario pues el chef inventó un postre que conseguía se enamorasen los clientes únicamente de los pastelitos que servían allí, y regresaban para comerlos todas las veces que podían. (Copyright Andrés Fornells)

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