EL HOMBRE DEL JARDÍN BONITO (RELATO)

relato 24 de feb. de 2017

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Aquel hombre se llamaba David. En nuestra calle, donde todas las viviendas eran casas adosadas con una parcelita de terreno de unos veinte metros cuadrados en la entrada, él había creado un jardín notable por lo bien cuidado y por la gran variedad de hermosas plantas que había reunido en él. A veces, cuando nuestras miradas se encontraban al pasar yo por delante de su propiedad, cambiábamos un breve saludo y una sonrisa.
Él vivía solo, debía pasar de los sesenta y yo pensaba de él que era un buen hombre contento con su soledad. Una tarde de verano me dirigí  al pequeño supermercado Dimas, establecimiento al que solíamos acudir muchos vecinos del barrio. Para ir allí tenía que pasar por delante de la vivienda del señor David, y me sorprendió verle sentado en el rústico banco de madera de su pequeño porche, con una copa en su mano y una botella de champán al lado, de la cual debía haberse bebido una buena parte pues se estaba riendo de un modo ostensible. Aquella muestra de júbilo por su parte me llamo la atención. Así que me detuve y, advirtiendo él inmediatamente mi presencia se volvió a mirarme dando pie a que yo le dirigiera la palabra:
—Parece estar usted muy contento hoy, señor David —le dije.
—Lo estoy —respondió él cuando descendió la intensidad de sus carcajadas.
—¿Le ha tocado la lotería tal vez? —dije, despertada mi curiosidad.
—Me ha sucedido algo infinitamente mejor que un premio en la lotería: se ha muerto mi hermano.
Durante varios segundos, la sorpresa despertada en mí por su inesperada respuesta  retrasó mi reacción. Finalmente, observándole con extrañeza le dije:
—¿Le causa regocijo la muerte de su hermano?
—Me causa una infinita alegría su muerte —afirmó él, contundente, después de haberse tomado otro sorbo de champán—. Llevaba treinta años deseándola y esperándola su muerte.
Aunque no me gusta meterme en la vida de nadie, mi innata curiosidad me animó a preguntarle:
—Al parecer odiaba usted mucho a su hermano.
—Con toda mi alma lo odiaba. Por eso su muerte me colma de felicidad y lo estoy celebrando emborrachándome.
El deseo de averiguar los motivos de este odio fraterno suyo, le pregunté:
—¿Por qué odiaba usted tanto a su hermano? Y perdone usted mi indiscrecón.
—Lo odiaba porque era un maldito canalla. Me robó a mi mujer a la que yo amaba más que a mi vida, y por su culpa he vivido todo este interminable periodo de tiempo, desdichado, enfermo de rencór. La primera alegría mía durante treinta años, me la ha dado él con su fallecimiento y la zorra de su mujer a la que han detenido acusada de haberle envenenado.
—Que tenga usted un buen día. Adiós —dije despidiéndome de él disgustado con lo que acababa de saber.
Y pensando en la breve conversación mantenida con aquel hombre, tan diestro en jardinería como en odio perdurable, consideré que él tenía con su desdichada vida material suficiente para escribir una interesante novela dramática. Yo, en su lugar, la habría escrito.

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