DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión que les dominaba. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad a punto de estallar.
Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca.
Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, con la compra de un nuevo par de zapatos cuando ya contaba con otros diez pares.
Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una maldita vez!
Furiosísimos ambos, ella cogió del perchero su bonita chaquetilla de cuero, él cogió su anorak y los dos salieron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban, con una furiosa expresión en su cara, mirando al frente y sin fijarse en nadie.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja compartía pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, ella les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá enseguida que pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneció callado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos.
Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estás, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito, con esa elegante figura y esa boca llena de delicioso fuego!
—¡Uf, como te deseo, mi vida, con ese cuerpo tuyo de diosa!
—¡No me deseas tú más de lo que yo te deseo a ti, dios Príapo!
Apareció la secretaria del abogado diciendo:
—El señor Mariñas podrá recibirles ahora.
La pareja que se estaba devorando con los ojos, no le prestó atención ninguna. Tino se puso en pie y alargó el brazo. Almudena lo imitó alargando también su brazo y cuando sus manos se juntaron, los dos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria corporal! —le respondió, a dúo, la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor a lo que estaban viendo el uno en los ojos del otro, y viceversa.
Aprovechando que no había nadie cerca que pudiese oírla y censurarla, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho del mes y esta era la tercera vez en la que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse, y escapado a toda prisa antes de hablarlo seriamente con su jefe.
La mujer entró en el despacho y contó al hombre para el que trabajaba lo que acababa de ocurrir por tercera vez en lo que iba de mes.
Enfadadísimo también, el abogado le ordenó:
—La próxima vez que venga ese par de descerebrados no les permita entrar y cierre la puerta en sus narices.
—La próxima vez les haré huir rociándolos con gas pimienta.
—El gas pimienta cómprelo en la tienda de mi yerno que le harán descuento.
—No lo compraré en ninguna parte. Yo sé fabricarlo.
—Es usted inteligentísima y muy buena en artesanía. ¿Dígame una cosa que no sepa usted hacer?
—No sé hacer que usted se divorcie de su mujer y comparta el resto de su vida con la vida mía —contundente ella.
—¿Sigue el cielo nublado en la calle y con pinta de que va a llover? —cambiando el hombre rápidamente de tema.
—Sí, y le permitiré me acompañe a mi casa protegidos los dos con un paraguas construido por mí.
—Adoro su casa y su cama de matrimonio.
—Y yo adoro compartirla con usted. Y de eso muy bien se aprovecha usted, tío granuja.
El leguleyo soltó una risa, mitad astuta, mitad lujuriosa.
(Copyright Andrés Fornells)