DIEGO EGARA, DETECTIVE (CAPÍTULO II PÁGINAS 27 Y 28) -ACTUALIDAD-

nov 20 de feb. de 2016

cuerpo y tan poco agraciado de rostro que, en un concurso de feos, el jurado no habría tenido que retirarse a deliberar para concederle inmediatamente el primer premio. Poseía una frente enorme que tenía forma de calabaza, un caracol gigante por nariz y montadas encima de este exagerado órgano olfativo unas grandes gafas detrás de cuyos cristales se cobijaban dos enormes ojos de búho estrábico. Su mentón era como una patata deformada y mantenían sus finos labios una posición notoriamente oblicua.

Usando un lenguaje popular: ¡El tío era feo de cojones! Vestía un traje Armani al que, por lo desgarbado de su físico, ningún lucimiento le sacaba. Juzgando las buenas ropas que llevaba y los dos gorilas que iban con él, evidentemente se trataba de un tipo rico. Un par de días más tarde, sabría por boca del comisario Alvarado, que era también un hombre peligroso.

Fue el único de los tres que respondió a mis amables y sorprendidos buenos días, con una voz ronca, profunda y desagradable, que me hizo pensar muy poco habría perdido el mundo de los sonidos si él hubiese nacido mudo. Sin esperar indicación alguna por mi parte, tomó asiento en uno de mis deslucidos sillones quedando frente a mí.

Sus dos fornidos acompañantes se quedaron de pie junto a la puerta, los poderosos brazos cruzados y una adusta expresión en sus graníticos semblantes. El adefesio colocó en lo alto de mi escritorio el maletín de mano que traía. Era de piel de serpiente. Hubiera jurado yo, por su dibujo, debió pertenecer a una pitón que cometió el error de no esconderse a tiempo de un despiadado cazador.

Ni este posible cliente ni quienes venían con él predisponían al sosiego y la tranquilidad. ¡Menuda mañana llevaba!

—Usted dirá en qué puedo ayudarle, caballero —ofrecí forzando una sonrisa comercial.

—Ejem… se trata de un asunto algo complicado —se destapó él.

—Adelante. Los asuntos complicados son mi especialidad.

Mi sombrío visitante carraspeó abriendo mucho su boca y, al hacerlo, descubrí que, para no desentonar del resto de su desafortunado conjunto facial, poseía unos dientes amontonados de cualquier manera y que, hasta los más afamados dentistas del Hollywood, los que atienden a las estrellas cinematográficas, dudo consiguieran ordenarlos.

—Quiero que me ayude a encontrar a una chica —dijo tras una breve pausa que aprovecharon sus enormes, fríos y escalofriantes ojos para registrar a fondo los míos—. Me he enamorado perdidamente de ella, y deseo hacerla mi esposa.

—¡Ah, el amor! Un sentimiento maravilloso, eterno. ¿Qué le ha ocurrido con esa chica? ¿Ha huido de usted? ¿Ha cambiado de identidad? —considerando, debido a su extrema fealdad, factible cualquiera de estas posibilidades.

—No ha huido de mí. Esta divina criatura todavía desconoce mi existencia —. Abrió su magnífico maletín y, de su interior, sacó la lámina de un calendario que colocó al alcance de mi vista. En ella había impresa la fotografía de una mujer joven y guapa, a la que con un bolígrafo negro le habían pintado algo parecido a un traje de traje de baño de principios del siglo XX que la cubría desde el cuello hasta más abajo de

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