CUANDO YO ERA NIÑO YA TENÍAMOS CRISIS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Un día, en la clase a la que yo asistía, la señorita Elvira, nuestra maestra, requirió mi opinión sobre alguna de las diferencias que yo veía entre la antigüedad y la actualidad. Yo llevaba un tiempo escuchando a mis padres que no podían comprarme ninguna de las cosas que yo les pedía, porque estábamos en crisis.

—Apenas si tenemos dinero para comprar de comer, por lo tanto, no tenemos dinero para comprar chuches y otros caprichos tuyos —me aseveraban muy serios.

Habiendo yo asimilado sus explicaciones, respondí a la pedagoga, muy poco agraciada en lo físico, pues escondía sus feos ojos detrás de unas gafas enormes, y tenía tan salidos los dientes de arriba que te hacía sospechar, enemistados con sus vecinos de abajo, pretendían huir de ellos:

—Señorita, debido a la crisis ahora solo pueden vivir las lagartijas. Mientras que, en la antigüedad, como no había crisis, poblaban el mundo bichos tan enormes como los dinosaurios cuya cabeza era más grande que esta escuela.

La clase entera se rio de mi explicación. La poco agraciada señorita Elvira, muy sería, les llamó al orden y, para sorpresa mía, elogió aquella muestra de imaginación por parte mía.

A la señorita Elvira le demostré mi agradecimiento por su amable conducta para conmigo, esmerándome en el estudio, y mi esfuerzo fue recompensado con las excelentes notas que saqué.

El curso siguiente tuvimos una profesora tan guapa que, como decía Gustavito, mi compañero de pupitre, la mirabas y el corazón te daba saltos mortales. Se llamaba Susana y olía mejor que una perfumería de lujo. Yo me enamoré fulminantemente de ella, y en vez de estudiar me pasaba las clases enteras observándola embelesado. La fantasía se me desmadraba y había momentos en que la veía moverse ingrávida como las hadas y con dos alas inmaculadamente blancas en su espalda.

Salvé aquel curso porque Dios, a veces, se compadece de los malos estudiantes. Mi madre estaba furiosísima conmigo. No entendía que un curso hubiera sido yo el primero de mi clase y, el siguiente uno de los últimos. Y me ponía, de gandul y desaplicado, que no había por donde cogerme. Y finalmente le exigió a mi padre fuese a hablar con la señorita Susana y averiguase qué me pasaba en materia de estudio.

Mi padre sólo estuvo unos minutitos hablando con ella. No necesitó más para regresar a casa y decirle a mi madre, en tono benévolo:

—Aurora, no regañes más a nuestro chico que se está haciendo hombre.

Sin duda, hay cosas que los varones entendemos mejor que las hembras.

Por prudencia no le pregunté al hombre que había colaborado en mi venida al mundo si había visto a la señorita Susana, igual que yo, ingrávida y con inmaculadas alas blancas en su espalda.

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