CONOCÍ A UN VAGABUNDO QUE TENÍA UN PERRO (VIVENCIAS MÍAS)
El vagabundo que se colocaba a un lado de la puerta de pequeño supermercado que frecuentaba yo, no era joven. Debido a lo desaseado y barbudo que iba me resultaba difícil calcularle la edad. Posiblemente estuviese más cerca de los sesenta que de lo cincuenta. Mi curiosidad y mi discreción no me permitieron molestarlo pretendiendo averiguar, sobre él, algo que quizás pudiese molestarle.
Este vagabundo no pedía limosna del modo que todos conocemos. Tenía junto a él un cuenco desportillado y un cartel que ponía: No tengo trabajo ni nadie me lo dará. Tengo un perro y él y yo queremos sobrevivir. Gracias en nombre de los dos.
La caligrafía era buena y también la ortografía.
El can permanecía tumbado junto a él dormitando las más de las veces con la cabeza apoyada sobre una pierna de sus dueño. El par de veces que pudo ver se miraban ellos dos a los ojos aprecié existía entre ambos entendimiento y amor.
La mayoría de la gente que pasaba por delante de ellos giraba la cabeza fingiendo que no los veía. Escasos eran los que dejaban caer una moneda dentro del cuento y cambiaban un fugaz esbozo de sonrisa con el marginado. Yo pertenecía al reducido grupo de éstos últimos.
Un día que el vagabundo me buscó la mirada y nos sonreímos, me permití el atrevimiento de preguntarle:
—¿Cuántos años tiene su perro?
—No lo sé. Conmigo lleva seis años. No sé cuántos tenía cuando él decidió quedarse conmigo.
Me descubrió que poseía una voz algo ronca, bien modulada, agradable al oído. Sucumbí al largo tiempo reprimido deseo mío de conversar con él:
—Se nota que su perro lo ama.
—Cierto, y yo lo amo a él. Es el único ser vivo que me ha amado de verdad. Cuando él se muera, yo me moriré también. La vida dejará de importarme, de tener sentido para mí.
Lo dijo con tanta firmeza, con tanto convencimiento, que me resultó creíble una convicción tan dramática por su parte.
—No debería usted pensar así. Los perros viven tres o cuatro veces menos años de los que vivimos los seres humanos. Debemos tomar eso en consideración. ¿No cree?
Encogió los hombros con desgana y me respondió sin elevar casi la voz, como si le cansase darme una respuesta:
—Usted ve la vida con sus ojos, y yo veo la vida con los ojos míos.
Bajó la cabeza y comenzó a acariciar la cabeza del animal con tanta ternura que me conmovió. Y también lo hizo la mirada del animal que reflejaban una felicidad indescriptible.
—¿Cómo se llama su perro?
—Hermano, pues eso es él para mí.
—Voy a ver si compro algunas cosas que me hacen falta —dije despidiéndome.
—Que tenga un buen día.
Cuando salí del establecimiento le entregué dos cosas que había comprado: un bocadillo de jamón para él y una bolsa de comida para perros. Se mostró extrañado y me hizo una pregunta que me desconcertó por completo:
—¿Le damos lástima?
Me tomé un tiempo antes de responderle. Interpreté que él era una persona susceptible, desconfiada y complicada.
—No, no me dan usted y su perro lástima, me despiertan el noble sentimiento de la solidaridad. Por eso he querido comprar para usted y su perro algo que he creído puede servirles.
Sus ojos de un color gris claros, sorprendentemente limpios, me miraron fijamente. En ellos brillaba un agradecimiento que valía muchísimo más que todas las palabras conque me lo hubiese podido decir. Finalmente murmuró con una mirada húmeda:
—Es usted un ser humano genuinamente bueno, de los que ya no nacen muchos.
Me produjo una honda emoción su conducta. Turbado murmuré copiando su frase de minutos antes:
—Que tenga un buen día.
—Igualmente.
Tardé dos días en regresar al supermercado aquel. Me ilusionaba el poder ver y cambiar unas palabras con aquel extraño e interesante vagabundo. No estaban más en la puerta ni él ni su perro.
Lo primero que hice fue preguntarle a la empleada que encontré más cerca, por el vagabundo y su perro.
—¿Os quejasteis, acaso, de él los empleados o la dirección del supermercado?
—No, a nosotros nos caía bien. Era educado y respetuoso. Y su perro no ensuciaba nada. Quizás a alguno de nuestros clientes les molestaba su presencia y lo expresó así a las autoridades. Y por eso ayer por la mañana vino un municipal y le ordenó que se marchase, pues con su presencia molestaba a nuestros clientes, además de la negativa impresión que causaba su mendicidad, sobre nuestro país, a los extranjeros que nos visitan.
Nunca más volví a saber nada de aquel enigmático vagabundo y su can. Tampoco he podido olvidarlos. Para una persona sentimental como yo han quedado representados como la grandeza y el misterio que encierra el alma humana, y en el fondo de mí, allí donde mora la credulidad y la fantasía sobrevive la creencia de que aquel vagabundo había muerto el mismo día en que murió su perro por sin el cariño que aquel animal le tenía, no valoraba más vivir. (Copyright Andrés Fornells)
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