CAPERUCITA Y EL LOBO, QUE NO ERA TAL (RELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

CAPERUCITA Y EL LOBO, QUE NO ERA TAL
Yo había escucha la historia de Caperucita Roja siempre contada por ella, y me había creído su versión hasta que un día conocí, por casualidad, al hijo de aquel lobo tan supuestamente feroz que se comía a la abuelita y quería hacer lo mismo con la alegre e inocente Caperucita.
—Mi padre no fue un lobo —me contó este indignado huerfanito—. Mi padre fue un zorro plateado. ¿Quieres que te cuente la verdadera historia de lo que ocurrió entre mi padre, Caperucita, la abuela y el cazador?
Lógicamente con lo bien provisto que yo estoy de la virtud de la curiosidad, le dije:
—Cuéntame esa historia y yo te regalaré un hueso de dinosaurio, que tengo repetido.
—Muy bien, emplea ambas orejas y te enterarás a la perfección de lo que voy a contarte. Resulta que el cazador de esa historia estaba enamorado de Caperucita, que no era una niña sino una joven favorecida por la naturaleza con todas esas voluptuosas formas que tanto gustan a los hombres que no se han desorientado. El cazador que atendía al nombre de Fulgencio, le dijo un día a Caperucita: “Guapísima, estoy que alucino por tus huesos y todavía más por todo el conjunto de curvas que enriquecen tu cuerpazo. Pídeme lo que quieras, que yo lo haré por ti.
—Pues me viene muy bien tu ofrecimiento —poniendo Caperucita cara de perversa—. Hay un zorro plateado que a veces, cuando voy al bosque, se pone pesadísimo dedicándome poesías y regalándome las flores más bonitas que es capaz de encontrar. ¡No lo aguanto más! ¡Búscale y mátalo!
El cazador tenía conciencia, algo que montones de políticos y de capitalistas desconocen lo que es.
—Oye, Caperucita, no se puede matar a nadie porque te dedique poesías y te regale flores bonitas. Vamos, digo yo.
Caperucita se puso furiosísima. Sus ojos echaron chispas, y algunas de esas chipas alcanzaron al cazador chamuscándole la ropa.
—¡Falso más que falso! —le gritó hecha una energúmena (palabra muy usada por la ministra de un nefasto señor con nombre de calzado—. Hace un momento has dicho que harías cualquier cosa por mí, y la primera cosa que te pido, te rindes a los escrúpulos. Pues bien, de mí no conseguirás ni tan siquiera un pisotón.
Cariacontecido, el cazador le pidió perdón por haberse expresado mal y prometió complacer su petición.
—Pues ya estás tardando. A mí me gusta que me sirvan rápido y bien —altiva, displicente Caperucita.
El cazador cogió su escopeta mortífera y marchó al bosque donde solía deambular el zorro plateado al que, por un error de bulto, cierto cuentista muy dado a la confusión había identificado como lobo.
No tardó mucho en dar con él. El zorro plateado estaba admirando a una mariposa de muy vistosos colores, y ensalzando su elegancia de movimientos y su belleza. «Florecilla multicolor que embelleces el aire con tu presencia alada, el batir de tus alas es tan dulce y ligero como un suspiro de amor».
Observando al poético animal, el cazador sintió que le picaban todos los habitantes del avispero que tenía por conciencia. Y manifestó, apesadumbrado e incapaz de cambiar su proposito: 
—¡Eh, zorro!, reza rápido tus oraciones porque te voy a hacer abandonar inmediatamente el mundo de los vivos.
El ente vivo del pelaje bellamente plateado se volvió a mirarle sorprendido a más no poder y, a continuación expuso muy sensatamente:
—¡Dios de los cielos, hombre! ¿Por qué quieres hacerme eso tan perjudicial para mi salud? Yo no te he hecho nada. Cuando disparas y haces un ruido espantoso, me tapo los oídos y me aguanto. Cuando me dejas sin un amigo pájaro o un amigo ciervo o un amigo liebre, lloro de pena pero nada te recrimino porque echando mano de mi benevolencia, considero que matas para sobrevivir. Pero matarme a mí no te serviría de nada. La carne de los de mi especie no os gusta a los humanos. Consideráis que tiene un sabor desagradable.
—Lo siento, zorrito, pero vas a morir. La persona que a mí más me importa en el mundo me ha encargado matarte y no me queda más remedio que hacerlo.
Y como las cosas malas, dicen quienes las cometen que cuanto antes las llevan a cabo, menos las lamentan, el cazador se llevó la escopeta al hombro, apuntó y acto seguido disparó, demostrando su habitual puntería. El zorro, con la cabeza destrozada realizó una última, extraordinaria pirueta en el aire bañando con su sangre a varias flores que con su influencia pictórica cambiaron de color.
—Pobre bestezuela —se compadeció el cazador cuando la pieza que acababa de cobrar cayó al suelo.
Acto seguido metió al animal que acababa de liquidar dentro de un saco, echó a andar. Tres horas más tarde llegaba delante de Caperucita y poniendo al que venía de cazar delante de sus preciosos piececitos le dijo:
—Aquí tienes el zorro que querías. ¿Cuándo nos casamos?
—No corras tanto, ¿eh? Que las cosas de palacio van despacio —le frenó ella el entusiasmo—. Despelleja al zorro, curte su piel, hazme con ella un bolso, unos zapatos y un cinturón bonitos y después hablamos.
El cazador cedió a este nuevo capricho de Caperucita, y algunos días más tarde se presentó ante ella con todas las cosas hechas de piel de zorro plateado que ella le había pedido, y que demostró eran muy de su agrado, tras contemplarse en un espejo con todo ello puesto y encontrarse notablemente elegante.
—Vaya, vaya, eres un gran artista. Hice bien en creer en tu talento.
—Ahora si te casarás conmigo, ¿verdad? —todo ilusionado, anhelante el cazador.
Caperucita le dirigió una mirada fría, desdeñosa, frunció con despreció su boquita en forma de corazón ensangrentado y le dijo con marcada crueldad:
—Ni lo sueñes, palurdo. Si la sucia de la Cenicienta consiguió un príncipe para ella, yo que soy mucho más hermosa y limpia no voy a conformarme con menos. ¡Fuera de mi vista, simple lacayo!
Al cazador, que sentía cierta debilidad por la tragedia, le sentó rematadamente mal el rechazo acompañado de desprecio que recibió de parte de Caperucita y decidió demostrar en sí mismo, la inmejorable puntería de la que siempre había hecho alarde, y se acertó impecablemente en la sien con una sola bala.
Caperucita no consiguió casarse con un príncipe, tuvo que hacerlo con el rey de los teléfonos móviles más rico del planeta.
Moraleja: Los ambiciosos no siempre consiguen alcanzar la meta que persiguen, ya que a menudo logran otra meta todavía mejor.
Y colorín colorado…

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