BURRO MEJOR QUE AVESTRUZ (MICRORRELATO)
Mi abuelo Silvino era un hombre socarrón, sabio y divertido. A menudo me daba consejos que creaba su original filosofía.
—Nene, cuando te insulten, ofensa a la que nadie es inmune en este maleducado, grosero y agresivo mundo en el que nos ha tocado vivir, considera preferible que te llamen burro, a que te llamen avestruz.
—¿Y eso por qué, abuelo? —mostrándome sorprendido.
—Te explico enseguida el porqué de esta preferencia de uno sobre el otro. El burro tiene un cerebro tan grande como una tortilla de patata de cuatro huevos, mientras que el cerebro del avestruz es menor, en tamaño, que uno de sus ojos. Ya sabes: el consuelo es la medicina que alivia los pesares de los no violentos. Y procura te dé confianza saber que es infinitamente superior el número de personas que va al maravilloso cielo entre los que visten el mono de obrero, y tienen las manos llenas de callos, que entre los que visten esmoquin y pajarita, y presentan manos de finura femenil que nunca han trabajo duro y, en muchos casos jamás han trabajado, ni duro ni blando.
—¿Estás hablando de los reyes y de los aristócratas, abuelo?
—No, nene, estoy hablando de los que deberían ser nuestros empleados porque nosotros les pagamos sus elevados sueldos y muchas cosas caras más, y que con su astucia y carencia de escrúpulos han conseguido transformarse, de empleados nuestros en dueños nuestros.
A mi abuelo Silvino nunca consiguieron engañarlo con mentiras, falsas promesas, ni comprarlo con míseras subvenciones y paguitas con las que consiguen someter a tantos vendidos, lameculos y perroflautas.
Él se ganaba el sustento saliendo a pescar con su barca, jugándose la vida cuando la mar mostraba su cara mala y quería cobrarse de un modo trágico, todo lo que generosamente le había regalado.
(Copyright Andrés Fornells)