NECESITABAN VEINTE DOLARES PARA EL DESAYUNO (MICRORRELATO)


Arturo Cansado se despertó aquella mañana, para no variar de otros muchísimos días de su existencia, perezoso. La pereza era en él un mal endémico, inevitable, como lo era en el mundo que los guisantes crecieran dentro de vainas, las cerezas crecieran a pares y los patos fueran monosílabos. Estiró los brazos hacia arriba unos pocos centí-metros, ensayó medio bostezo (ambas acciones sin excederse), y murmuró, lánguido, escaso de sonido:
—Estoy hecho polvo. Más hecho polvo que otros días. Hoy sí que no voy a hacer ni el huevo. Me tomaré el día libre. Con lo que sí me desperté fue con hambre. Voy a la cocina a ver que ha preparado mi mujer para desayunar.
Arrastrando los pies y con el cuerpo encorvado hacia adelante, por lo muchísimo que pesa la vagancia a quien carga con ella, Arturo llegó hasta la cocina encontrándose a su mujer allí, ociosa, leyendo una novelita de amor, a las que era muy aficionada, aunque el amor lo practicase poquísimo alegando siempre dolores de cabeza, irritaciones en la parte receptiva de su rellenita figura o que su horóscopo le aconsejaba abstinencia.
Encima de la mesa, los adormilados ojos de Arturo no vieron nada. Disgustado quiso saber:
—¿Es que hoy no desayunamos?
—Desayunaremos cuando te pongas a trabajar y me des el billete de veinte dólares que estoy esperando me des —sin apartar su consorte la mirada anclada en la letra impre-sa.
—Hoy no tengo ganas de hacer nada —manifestó el flojo de Arturo.
—Pues ayunaremos —dándole ella una calada al porrito que mantenía encerrado entre dos dedos su mano izquierda, mientras la lectura la sostenía su mano derecha.
Arturo contrariadísimo se fue al garaje donde tenía su pequeño taller de falsificación, rezongando:
—¡Uf! Por mucho que uno quiera huir del trabajo, el muy cabrón de él te persigue y, lo que es peor, acaba alcanzándote.

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