JAMÁS ENTENDERÉ A LAS MUJERES (MICRORRELATO

JAMÁS ENTENDERÉ A LAS MUJERES (MICRORRELATO

Yo creía que Pepi y yo estábamos los dos, como se dice en términos vulgares, a partir un piñón. Sobre todo después de una noche en que ambos, con la complicidad de una cama muy acogedora y sólida, nos consumimos con igual entusiasmo que lo hace una vela prendida por los dos cabos a la vez.
Al despedirnos, con el lucero del alba, que vimos colgado como si fuera una bombilla cualquiera, en mitad de un cielo que comenzaba a pintarse de rosa, ella me dijo:
—Amor mío, arde en mí la más intensa llama de pasión que jamás, por hombre alguno, haya ardido en una mujer. Una llama que, para ti, arderá toda una eternidad.
Embelesado le respondí que yo sentía lo mismo por ella.
Una semana más tarde, Pepi se casó con otro del que ella nunca me había hablado y yo ignoraba totalmente su existencia. Fue a partir de esta, para mí, inexplicable conducta suya que yo comencé a repetir, obsesivamente:
—¡Jamás entenderé a las mujeres!

Coincidí con Pepi, en la calle, dos meses más tarde de ella haber contraído matrimonio (estaba de guapa que cegaba como un rayo de sol en los ojos), procurando disimular que yo seguía enganchado de su esplendorosa persona, como un cocainómano irredento, le pedí explicaciones sobre el desbarajuste emocional que me había causado, y ella, sonriéndome como si le estuvieran realizando un spot publicitario, me dio esta descorazonadora explicación:

—Tú fuiste un capricho bonito. Solo un capricho. Evidentemente, no sabes nada sobre mujeres. Adiós, tengo prisa.

Moraleja: No es justo generalizar, por una mala experiencia propia, pero lo hacemos y, a menudo, hasta tenemos razón de hacerlo.

(Copyright Andrés Fornells)